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martes, 17 de mayo de 2011

Razones para rezar Santo Rosario I

domingo, 15 de mayo de 2011

La catequesis que Juan Pablo II nunca pronunció

Escrito por Zenit
Viernes, 13 de Mayo de 2011 15:08

En el 30 aniversario del atentado en la Plaza de San Pedro



CIUDAD DEL VATICANO- Hace hoy exactamente 30 años, en la Plaza de San Pedro, el terrorista turco Alí Agca atentaba contra la vida de Juan Pablo II, disparándole mientras él recorría en el “papamóvil” la plaza para la audiencia general, con lo que ésta hubo de ser suspendida.

A pesar de que el beato Juan Pablo II nunca pronunció esta catequesis, ésta ha sido incorporada al magisterio pontificio. Por ello, queremos también ofrecerla a los lectores de ZENIT.

* * * * *

JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 13 de mayo de 1981


Nota [1]



1. En las semanas pasadas, durante nuestros encuentros en las audiencias generales de los miércoles, he desarrollado un ciclo de catequesis basadas sobre las palabras de Cristo en el sermón de la montaña.

Hoy, queridos hermanos y hermanas en Cristo, deseo comenzar una serie de reflexiones sobre otro tema, para subrayar dignamente una fecha que merece ser escrita con caracteres de oro en la historia de la Iglesia moderna: el 15 de mayo de 1891. Efectivamente, se cumplen 90 años desde que mi predecesor León XIII publicaba la fundamental Encíclica social "Rerum novarum", que no fue sólo una vigorosa y apremiante condena de la "inmerecida miseria" en que yacían los trabajadores de entonces, después del primer período de la aplicación de la máquina industrial al campo de la empresa, sino que, sobre todo, puso los fundamentos para una solución justa de los graves problemas de la convivencia humana que están comprendidos bajo el nombre de "cuestión social".

2. ¿Por qué, después de tantos años, la Iglesia recuerda todavía la Encíclica "Rerum novarum" ?

Son muchas las razones. Ante todo, la "Rerum novarum" constituye y es "la Carta Magna de la actividad social cristiana", como la definió Pío XII (Radiomensaje para el 50 aniversario de la "Rerum novarum", Discorsi e Radiomessaggi, 1942, vol III, pág. 911); y Pablo VI añadió que su "mensaje sigue inspirando la acción en favor de la justicia" (Octogesima adveniens, 1) en la Iglesia y en el mundo contemporáneo; ella es, además, demostración irrefutable de la viva y solícita atención de la Iglesia en favor del mundo del trabajo.

La voz de León XIII se elevó valiente en defensa de los oprimidos, de los pobres, de los humildes, de los explotados, y no fue sino el eco de la voz de Aquel que había proclamado bienaventurados a los pobres y los hambrientos de justicia. El Papa, siguiendo el impulso y la invitación "de la conciencia de su ministerio apostólico" (cf. Rerum novarum., 1), habló: no sólo tenía el derecho, sino también y sobre todo el deber. En efecto, lo que justifica la intervención de la Iglesia y de su Pastor Supremo en las cuestiones sociales, es siempre la misión recibida de Cristo para salvar al hombre en su dignidad integral.

3. La Iglesia está llamada por vocación a ser en todas partes la defensora fiel de la dignidad humana, la madre de los oprimidos y de los marginados, la Iglesia de los débiles y de los pobres. Quiere vivir toda la verdad contenida en las bienaventuranzas evangélicas, sobre todo, la primera, "Bienaventurados los pobres de espíritu"; la quiere enseñar y practicar lo mismo que hizo su Divino Fundador que vino "a hacer y a enseñar" (cf. Act 1, 1).

Como observaba el año pasado en mi discurso a los obreros de San Pablo en Brasil, "la Iglesia, cuando proclama el Evangelio, procura también lograr, sin por ello abandonar su papel específico de evangelización, que todos los aspectos de la vida social, en los que se manifiesta la injusticia, sufran una transformación para la justicia" (núm. 3; 3 de julio de 1980). La Iglesia es consciente de esta alta misión suya: por esto se inserta en la historia de los pueblos, en sus instituciones, en su cultura, en sus problemas, en sus necesidades. Quiere ser solidaria con sus hijos y con toda la humanidad, compartiendo dificultades y angustias, y haciendo propias las legítimas reivindicaciones del que sufre o es víctima de la injusticia. Con la fuerza de las eternas palabras del Evangelio, denuncia todo lo que ofende al hombre en su dignidad de "imagen de Dios" (Gén 2, 26) y en sus derechos fundamentales, universales, inviolables, inalienables; todo lo que obstaculiza su crecimiento según el plan de Dios. Esto forma parte de su servicio profético.

4. Con toda razón afirmó Pío XI que la Rerum novarum ha presentado a la humanidad un magnífico ideal social, sacándolo de las fuentes siempre vivas y vitales del Evangelio (cf.Quadragesimo anno, 16).

Siguiendo las huellas del fundamental documento leoniano, mis venerados predecesores no han dejado de afirmar, en numerosas circunstancias, este derecho y este deber de la Iglesia de dar directrices morales en un campo, como el económico-social, que tiene vínculos directos con la finalidad religiosa y sobrenatural de su misma misión. El Concilio Vaticano II reanudó esta enseñanza subrayando que "es obligación de toda la Iglesia trabajar para que los hombres se capaciten a fin de establecer rectamente el orden temporal y ordenarlo hacia Dios por Jesucristo" (Apostolicam actuositatem, 7).

Aparece así la primera gran enseñanza de la celebración de este 90 aniversario: la de afirmar de nuevo el derecho y la competencia de la Iglesia a "ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas" (Gaudium et spes, 76): el de hacer cada vez más conscientes a las Iglesias locales, a los sacerdotes, religiosos y religiosas, a los laicos de su derecho-deber de prodigarse por el bien de cada uno de los hombres, y de ser en todo momento los defensores y los artífices de la auténtica justicia en el mundo.

5. Al mirar serenamente los acontecimientos histórico-sociales que se han sucedido en el mundo del trabajo desde aquel lejano mayo de 1891, debemos reconocer con satisfacción que se han dado grandes pasos y se han realizado grandes transformaciones con el fin de hacer la vida de las clases obreras más conforme con su dignidad.

La "Rerum novarum" fue levadura y fermento de estas transformaciones fecundas. Por medio de ella el Romano Pontífice infundió en el alma obrera el sentimiento y la conciencia de su dignidad humana, civil y cristiana; favoreció la aparición de asociaciones sindicales obreras en los diversos países; advirtió a los gobernantes y a las naciones sus deberes hacia los débiles y pobres, invitando a los Estados a la creación de una política social, humana e inteligente que logró el reconocimiento, la formulación y el respeto del derecho de trabajo y el trabajo para todos los ciudadanos.

6. La "Rerum novarum" tiene, además, para la Iglesia una particular importancia porqueconstituye un punto de referencia dinámico de su doctrina y de su acción social en el mundo contemporáneo.

Durante los siglos, desde sus orígenes hasta hoy, la Iglesia se ha encontrado y confrontado siempre con el mundo y sus problemas, iluminándolos a la luz de la fe y de la moral de Cristo. Esto ha favorecido la formación y el resurgimiento, a lo largo del arco de la historia, de un cuerpo de principios de moral social cristiana, conocido hoy como doctrina social de la Iglesia. Es mérito del Papa León XIII el haber tratado, antes que nadie, de darle un carácter orgánico y sintético. Así comenzó por parte del Magisterio la nueva y delicada tarea, que es también un gran compromiso, de elaborar de nuevo para un mundo en cambio continuo, una enseñanza capaz de responder a las exigencias modernas, así como a las rápidas y continuas transformaciones de la sociedad industrial; y, al mismo tiempo, apto para tutelar los derechos tanto de la persona humana, como de las jóvenes naciones que entran a formar parte de la comunidad internacional.

7. Esta enseñanza social -como puse de relieve en Puebla-, "nace a la luz de la Palabra de Dios y del Magisterio auténtico, de la presencia de los cristianos en el seno de las situaciones cambiantes del mundo, en contacto con los desafíos que de ésas provienen" (Discurso inaugural, III, 7). Su objeto es y será siempre la dignidad sagrada del hombre, imagen de Dios, y la tutela de sus derechos inalienables; su finalidad, la realización de la justicia entendida como promoción y liberación integral de la persona humana en su dimensión terrena y trascendente; su fundamento, la verdad sobre la misma naturaleza humana, verdad comprendida por la razón e iluminada por la Revelación, su fuerza propulsora, el amor como precepto evangélico y norma de acción. La Iglesia, forjadora de fina concepción siempre actual y fecunda de la vida social, al desarrollar en este último siglo, con la colaboración de sacerdotes y de laicos iluminados, su enseñanza social, de naturaleza religiosa y moral, no se limita a ofrecer principios de reflexión, orientaciones, directrices, constataciones o llamadas, sino que presentan también normas de juicio y directrices para la acción que cada uno de los católicos está llamado a poner en la base de su prudente experiencia, para traducirla luego concretamente en categorías operativas de colaboración y de compromiso (cf.Evangelii nuntiandi, 38).

La doctrina social, dinámica y vital como toda realidad viviente, se compone de elementos duraderos y supremos, y de elementos contingentes, que permiten su evolución y desarrollo en sintonía con las urgencias de los problemas prioritarios, sin disminuir su estabilidad y la certeza en los principios y en las normas fundamentales.

8. Al recordar el 90 aniversario de la Encíclica leoniana, siguiendo las huellas y en consonancia con el Magisterio de mis predecesores, deseo, por tanto, volver a afirmar la importancia de la enseñanza social como parte integrante de la concepción cristiana de la vida.

Sobre este tema no he dejado, en los frecuentes encuentros con mis hermanos en el Episcopado, de recomendar a su pastoral solicitud la necesidad y la urgencia de sensibilizar a sus fieles sobre el pensamiento social cristiano, a fin de que todos los hijos de la Iglesia sean no sólo instruidos en la doctrina sino también educados en la acción social.

Hermanos y hermanas: Volveremos todavía más ampliamente sobre los varios temas y problemas que evoca el aniversario de la Encíclica "Rerum novarum". Para concluir esta reflexión de hoy quiero responder al interrogante planteado al comienzo. Sí, la Encíclica "Rerum novarurn" tiene también hoy vitalidad y validez estimulante y operante para el Pueblo de Dios, aún cuando haya aparecido en el lejano 1891. El tiempo no la ha agotado, sino corroborado; tanto, que los cristianos la sienten tan fecunda que pueden sacar de ella valentía y acción para los nuevos desarrollos del orden social en los que está interesado el mundo del trabajo. Continuemos, pues, viviendo su espíritu con impulso y generosidad, profundizando con amor operante en los caminos trazados por el actual Magisterio social e interpretando con ingenio creativo las experiencias de los tiempos nuevos.

Juan Pablo II tenía previsto saludar durante la audiencia general a diversos grupos de fieles y de peregrinos. Concretamente iba a saludar en inglés, alemán e italiano.

Retrato de un buen pastor


Escrito por Verónica Cruz Pillich
Viernes, 13 de Mayo de 2011 00:00

Jesús se aplicó a sí mismo esta imagen que aparece en el Evangelio de Juan 10:14. Dice la Palabra que Cristo es el buen pastor que, muriendo en la cruz, da la vida por los hombres. De esta forma, se establece una profunda comunión entre el buen pastor y su congregación. La vida terrenal de Jesús fue, en sí misma, reflejo contundente de lo que debía ser un presbítero, estableciendo un ministerio de servicio, en lugar de ser servido. Los apóstoles fueron los primeros escogidos para continuar la gran labor de Cristo, la cual ha de mantenerse indefinidamente en todos los periodos de la historia.



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“Los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor, proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu. En una palabra, los presbíteros existen y actúan para el anuncio del Evangelio al mundo y para la edificación de la Iglesia, personificando a Cristo, Cabeza y Pastor, y en su nombre”, manifestó el beato Juan Pablo II en la exhortación apostólica Pastores Dabo Vobis.

Para el vicario de Educación de la Arquidiócesis de San Juan, Padre Juan Santa, un buen sacerdote debe ser un hombre de adoración y un amigo de Jesús. “Tiene que conocer, verdaderamente, a Cristo, tener conciencia de que es un enviado y pensar y sentir con el pueblo”, apuntó.

El vicario del Santuario Divina Providencia de la Arquidiócesis de San Juan, Padre Marco Rivera, coincidió con Santa. “Tiene que ser una persona de adoración, que esté en comunión con Cristo. Una persona de recta intención y de coherencia de vida. Hay que vivir lo que se dice en el púlpito y estar preparados para servir 24 horas, los siete días de la semana, tanto en los momentos alegres, como en los de dolor y dificultad”, abundó.

Por su parte, el vicario de Desarrollo de la Arquidiócesis de San Juan, Padre Ángel Ciappi, explicó que el sacerdote debe tener como meta la evangelización. “Debe ser líder y guía en el proceso del encuentro de la comunidad con Dios y en el encuentro con el hermano. Tiene que ser capaz de atraer y acercar a las personas,” sostuvo.

De igual forma, el vicario Pastoral de la Diócesis de Caguas, Padre Feliciano Rodríguez, relató que, “un buen pastor debe poseer fe y un cariño especial por las personas. No puede insultar ni maltratar a nadie. Debe asegurarse de atender a los más débiles, a los que sufren. También, es bueno que tengan alegría y un buen humor”.

A modo de consejo a los jóvenes que se encuentran en los diferentes seminarios conducentes al sacerdocio, los entrevistados advierten a los estudiantes que ser sacerdote no es una tarea fácil, pero es la experiencia más gratificante. “Que tengan siempre en cuenta que no hay nada que tenga tanto valor como la amistad con Jesús. Todo lo demás debe dejarse a un lado para darse a Él”, apuntó Padre Juan Santa. Asimismo, el Padre Marco Rivera les recomienda a los alumnos “que perseveren en el encuentro con Jesucristo. Hay que dar el máximo, ser humildes y dejarse formar por el Señor”.

Constructores de la Iglesia del mañana


Escrito por Natalie Negrón Torrens
Viernes, 13 de Mayo de 2011 10:30

El sacerdote es sin duda la imagen de Cristo presente entre los hombres. En el documento conclusivo de Aparecida (198) dice que “el presbítero, a imagen del Buen Pastor, está llamado a ser hombre de la misericordia y la compasión, cercano a su pueblo y servidor de todos”. Evidentemente, esto incluye un sector de gran urgencia pastoral para Puerto Rico y América Latina, los jóvenes. En este mismo documento en el capítulo 9 se revela cuan apremiante es el impulsar y fortalecer la Pastoral Juvenil. Sin embargo se enfatiza que en el proceso de evangelización del joven, este debe ir acompañado de sus pastores.



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Teniendo presente el rol vital del sacerdote en la vida del joven, El Visitante se dio a la tarea de auscultar cómo la juventud percibe a sus pastores en la actualidad y cuáles son, ante sus ojos, las cualidades esenciales de un buen pastor.

Para uno de los coordinadores de Pastoral Juvenil de la diócesis de Caguas, Ángel Montes, un buen sacerdote es uno que ante todo, es cuidador y servicial.

“Un buen pastor cuida las ovejas de su rebaño, es un hombre de servicio y entrega a su comunidad. Ve a la Iglesia como su esposa y a nosotros como sus hijos, a quienes les enriquece con todo lo que sabe” dijo.

El joven laico también recalcó la importancia de la empatía y la sinceridad en el sacerdote, ya que éste no siempre ha vivido las mismas experiencias que los feligreses.

“La empatía es importante; en la medida que él se ponga en el lugar de los demás y pueda comprenderlo realmente, ahí será más efectivo. La empatía que se desarrolla con los jóvenes es esencial, son uno más y a la hora de hablar, uno se siente en familia. Ante la necesidad que existe de mantener la Iglesia activa y en crecimiento; nuestros pastores tienen que asumir la responsabilidad de motivar a sus jóvenes” puntualizó.

Para Cinthia Martínez, quien es coordinadora juvenil de la diócesis de Fajardo-Humacao, un buen pastor tiene que ir al par de los tiempos. “Debe ser moderno, que entienda la actualidad sin perder la perspectiva de los valores fundamentales de nuestra fe, ante todo debe querer enseñar a sus jóvenes y que su vida sea un ejemplo… un buen pastor no tiene que ser un superhéroe, simplemente lo más parecido a Cristo posible”, explicó.

El factor de entrega y dinamismo son claves para crear mayor afinidad entre los pastores y los jóvenes. En este punto hizo hincapié Juan Carmenaty, quien colabora en la pastoral juvenil de la diócesis del Yunque junto a Cinthia.

“Nuestros pastores son más eficaces en la medida que dan la milla extra por llegar al joven. La juventud tiene mucho vigor y amor a la Iglesia. Muchas veces necesitamos un pequeño impulso y ese debe venir de nuestros sacerdotes. Un buen pastor cree en sus jóvenes y así crea vínculos de genuina solidaridad y fraternidad que construye la Iglesia del mañana”, concluyó.

viernes, 13 de mayo de 2011

BEATO JUAN PABLO II, PAPA


CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO
Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS

Carlos José Wojtyla nació en Wadowic, Polonia, el año 1920. Ordenado presbítero y realizados sus estudios de teología en Roma, regresó a su patria donde desempeñó diversas tareas pastorales y universitarias. Nombrado Obispo auxiliar de Cracovia, pasó a ser Arzobispo de esa sede en 1964; participó en el Concilio Vaticano II. Elegido Papa el 16 de octubre de 1978, tomó el nombre de Juan Pablo II, se distinguió por su extraordinaria actividad apostólica, especialmente hacia las familias, los jóvenes y los enfermos, y realizó innumerables visitas pastorales en todo el mundo. Los frutos más significativos que ha dejado en herencia a la Iglesia son, entre otros, su riquísimo magisterio, la promulgación del Catecismo de la Iglesia Católica y los Códigos de Derecho Canónico para la Iglesia Latina y para las Iglesias Orientales. Murió piadosamente en Roma, el 2 de abril del 2005, vigilia del Domingo II de Pascua, o de la Divina Misericordia.

Del Común de pastores: para un papa.

Oficio de lectura

Segunda lectura

De la Homilía del beato Juan Pablo II, papa, en el inicio de su pontificado

(22 de octubre 1978: AAS 70 [1978] 945-947)

¡No tengáis miedo! ¡Abrid las puertas a Cristo!

¡Pedro vino a Roma! ¿Qué fue lo que le guió y condujo a esta Urbe, corazón del Imperio Romano, sino la obediencia a la inspiración recibida del Señor? Es posible que este pescador de Galilea no hubiera querido venir hasta aquí; que hubiera preferido quedarse allá, a orillas del Lago de Genesaret, con su barca, con sus redes. Pero guiado por el Señor, obediente a su inspiración, llegó hasta aquí.

Según una antigua tradición durante la persecución de Nerón, Pedro quería abandonar Roma. Pero el Señor intervino, le salió al encuentro. Pedro se dirigió a El preguntándole: «Quo vadis, Domine?: ¿Dónde vas, Señor?». Y el Señor le respondió enseguida: «Voy a Roma para ser crucificado por segunda vez». Pedro volvió a Roma y permaneció aquí hasta su crucifixión.

Nuestro tiempo nos invita, nos impulsa y nos obliga a mirar al Señor y a sumergirnos en una meditación humilde y devota sobre el misterio de la suprema potestad del mismo Cristo.

El que nació de María Virgen, el Hijo del carpintero – como se le consideraba –, el Hijo del Dios vivo, como confesó Pedro, vino para hacer de todos nosotros «un reino de sacerdotes».

El Concilio Vaticano II nos ha recordado el misterio de esta potestad y el hecho de que la misión de Cristo –Sacerdote, Profeta-Maestro, Rey– continúa en la Iglesia. Todos, todo el Pueblo de Dios participa de esta triple misión. Y quizás en el pasado se colocaba sobre la cabeza del Papa la tiara, esa triple corona, para expresar, por medio de tal símbolo, el designio del Señor sobre su Iglesia, es decir, que todo el orden jerárquico de la Iglesia de Cristo, toda su "sagrada potestad" ejercitada en ella no es otra cosa que el servicio, servicio que tiene un objetivo único: que todo el Pueblo de Dios participe en esta triple misión de Cristo y permanezca siempre bajo la potestad del Señor, la cual tiene su origen no en los poderes de este mundo, sino en el Padre celestial y en el misterio de la cruz y de la resurrección.

La potestad absoluta y también dulce y suave del Señor responde a lo más profundo del hombre, a sus más elevadas aspiraciones de la inteligencia, de la voluntad y del corazón. Esta potestad no habla con un lenguaje de fuerza, sino que se expresa en la caridad y en la verdad.

El nuevo Sucesor de Pedro en la Sede de Roma eleva hoy una oración fervorosa, humilde y confiada: ¡Oh Cristo! ¡Haz que yo me convierta en servidor, y lo sea, de tu única potestad! ¡Servidor de tu dulce potestad! ¡Servidor de tu potestad que no conoce ocaso! ¡Haz que yo sea un siervo! Más aún, siervo de tus siervos.

¡Hermanos y hermanas! ¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!

¡Ayudad al Papa y a todos los que quieren servir a Cristo y, con la potestad de Cristo, servir al hombre y a la humanidad entera!

¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! Abrid a su potestad salvadora los confines de los Estados, los sistemas económicos y los políticos, los extensos campos de la cultura. de la civilización y del desarrollo. ¡No tengáis miedo! Cristo conoce «lo que hay dentro del hombre». ¡Sólo El lo conoce!

Con frecuencia el hombre actual no sabe lo que lleva dentro, en lo profundo de su ánimo, de su corazón. Muchas veces se siente inseguro sobre el sentido de su vida en este mundo. Se siente invadido por la duda que se transforma en desesperación. Permitid, pues, – os lo ruego, os lo imploro con humildad y con confianza – permitid que Cristo hable al hombre. ¡Sólo El tiene palabras de vida, sí, de vida eterna!

Responsorio

R/. No tengáis miedo: el Redentor del hombre ha revelado el poder de la cruz y ha dado la vida por nosotros. * Abrid de par en par las puertas a Cristo.

V/. Somos llamados en la Iglesia a participar de su potestad. * Abrid.

Oración

Oh Dios, rico en misericordia, que has querido que el beato Juan Pablo II, papa, guiara toda tu Iglesia, te pedimos que, instruidos por sus enseñanzas, nos concedas abrir confiadamente nuestros corazones a la gracia salvadora de Cristo, único redentor del hombre. Él, que vive y reina.

DECRETO SOBRE EL CULTO LITÚRGICO POR TRIBUTAR EN HONOR DEL BEATO JUAN PABLO II, PAPA


CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO
Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS

La beatificación del venerable Juan Pablo II, de feliz memoria, que tendrá lugar el 1 de mayo de 2011 delante de la basílica de San Pedro en Roma, presidida por el Santo Padre Benedicto XVI reviste un carácter excepcional, reconocido por toda la Iglesia católica esparcida por el mundo entero. Teniendo en cuenta este carácter extraordinario, así como las numerosas peticiones en relación con el culto litúrgico en honor del próximo beato, según los lugares y los modos establecidos por el derecho, esta Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos se apresura a comunicar cuanto se ha dispuesto al respecto.

Misa de acción de gracias

Se dispone que en el arco del año sucesivo a la beatificación de Juan Pablo II, o sea, hasta el 1 de mayo de 2012, sea posible celebrar una santa misa de acción de gracias a Dios en lugares y días significativos. La responsabilidad de establecer el día o los días, así como el lugar o los lugares de reunión del pueblo de Dios, compete al obispo diocesano para su diócesis. Teniendo en cuenta las exigencias locales y las conveniencias pastorales, se concede que se pueda celebrar una santa misa en honor del nuevo beato en un domingo durante el año, o en un día comprendido entre los números 10-13 de la Tabla de los días litúrgicos.

Análogamente, para las familias religiosas, compete al superior general establecer los días y los lugares significativos para toda la familia religiosa.

Para la santa misa, además de la posibilidad de cantar el Gloria, se reza la oración colecta propia en honor del beato (ver anexo); las demás oraciones, el prefacio, las antífonas y las lecturas bíblicas se toman del Común de los pastores, para un Papa. Si el día de la celebración coincide con un domingo durante el año, para las lecturas bíblicas se podrán elegir textos adecuados del Común de los pastores para la primera lectura, salmo responsorial, y para el Evangelio.

Inscripción del nuevo beato en los calendarios particulares

Se dispone que en el calendario propio de la diócesis de Roma y de las diócesis de Polonia, la celebración del beato Juan Pablo II, Papa, se inscriba el 22 de octubre y se celebre cada año como memoria.

Sobre los textos litúrgicos se conceden como propios la oración colecta y la segunda lectura del Oficio de lectura, con el correspondiente responsorio (ver anexo). Los demás textos se toman del Común de los pastores, para un Papa.

En cuanto a los demás calendarios propios, la petición de inscripción de la memoria facultativa del beato Juan Pablo II podrán presentarla a esta Congregación las Conferencias episcopales para su territorio, el obispo diocesano para su diócesis, y el superior general para su familia religiosa.

Dedicación de una iglesia a Dios en honor del nuevo beato

La elección del beato Juan Pablo II como titular de una iglesia prevé el indulto de la Sede Apostólica (cf. Ordo dedicationis ecclesiae, Praenotanda n. 4), excepto cuando su celebración ya esté inscrita en el calendario particular: en este caso no se requiere el indulto y al beato, en la iglesia de la que es titular, se le reserva el grado de fiesta (cf. Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, Notificatio de cultu Beatorum, 21 de mayo de 1999, n. 9).

No obstante cualquier disposición contraria.

Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, 2 de abril de 2011.



Antonius Card. Cañizares Llovera,
Praefectus

Iosephus Augustinus Di Noia, o.p.,
Archiepiscopus, a Secretis

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI


CAPILLA PAPAL
CON OCASIÓN DE LA
BEATIFICACIÓN DEL SIERVO DE DIOS JUAN PABLO II

Plaza de San Pedro
Domingo 1 de mayo de 2011

Queridos hermanos y hermanas:

Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato.

Deseo dirigir un cordial saludo a todos los que, en número tan grande, desde todo el mundo, habéis venido a Roma, para esta feliz circunstancia, a los señores cardenales, a los patriarcas de las Iglesias católicas orientales, hermanos en el episcopado y el sacerdocio, delegaciones oficiales, embajadores y autoridades, personas consagradas y fieles laicos, y lo extiendo a todos los que se unen a nosotros a través de la radio y la televisión.

Éste es el segundo domingo de Pascua, que el beato Juan Pablo II dedicó a la Divina Misericordia. Por eso se eligió este día para la celebración de hoy, porque mi Predecesor, gracias a un designio providencial, entregó el espíritu a Dios precisamente en la tarde de la vigilia de esta fiesta. Además, hoy es el primer día del mes de mayo, el mes de María; y es también la memoria de san José obrero. Estos elementos contribuyen a enriquecer nuestra oración, nos ayudan a nosotros que todavía peregrinamos en el tiempo y el espacio. En cambio, qué diferente es la fiesta en el Cielo entre los ángeles y santos. Y, sin embargo, hay un solo Dios, y un Cristo Señor que, como un puente une la tierra y el cielo, y nosotros nos sentimos en este momento más cerca que nunca, como participando de la Liturgia celestial.

«Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). En el evangelio de hoy, Jesús pronuncia esta bienaventuranza: la bienaventuranza de la fe. Nos concierne de un modo particular, porque estamos reunidos precisamente para celebrar una beatificación, y más aún porque hoy un Papa ha sido proclamado Beato, un Sucesor de Pedro, llamado a confirmar en la fe a los hermanos. Juan Pablo II es beato por su fe, fuerte y generosa, apostólica. E inmediatamente recordamos otra bienaventuranza: «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16, 17). ¿Qué es lo que el Padre celestial reveló a Simón? Que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios vivo. Por esta fe Simón se convierte en «Pedro», la roca sobre la que Jesús edifica su Iglesia. La bienaventuranza eterna de Juan Pablo II, que la Iglesia tiene el gozo de proclamar hoy, está incluida en estas palabras de Cristo: «Dichoso, tú, Simón» y «Dichosos los que crean sin haber visto». Ésta es la bienaventuranza de la fe, que también Juan Pablo II recibió de Dios Padre, como un don para la edificación de la Iglesia de Cristo.

Pero nuestro pensamiento se dirige a otra bienaventuranza, que en el evangelio precede a todas las demás. Es la de la Virgen María, la Madre del Redentor. A ella, que acababa de concebir a Jesús en su seno, santa Isabel le dice: «Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45). La bienaventuranza de la fe tiene su modelo en María, y todos nos alegramos de que la beatificación de Juan Pablo II tenga lugar en el primer día del mes mariano, bajo la mirada maternal de Aquella que, con su fe, sostuvo la fe de los Apóstoles, y sostiene continuamente la fe de sus sucesores, especialmente de los que han sido llamados a ocupar la cátedra de Pedro. María no aparece en las narraciones de la resurrección de Cristo, pero su presencia está como oculta en todas partes: ella es la Madre a la que Jesús confió cada uno de los discípulos y toda la comunidad. De modo particular, notamos que la presencia efectiva y materna de María ha sido registrada por san Juan y san Lucas en los contextos que preceden a los del evangelio de hoy y de la primera lectura: en la narración de la muerte de Jesús, donde María aparece al pie de la cruz (cf. Jn 19, 25); y al comienzo de los Hechos de los Apóstoles, que la presentan en medio de los discípulos reunidos en oración en el cenáculo (cf. Hch. 1, 14).

También la segunda lectura de hoy nos habla de la fe, y es precisamente san Pedro quien escribe, lleno de entusiasmo espiritual, indicando a los nuevos bautizados las razones de su esperanza y su alegría. Me complace observar que en este pasaje, al comienzo de su Primera carta, Pedro no se expresa en un modo exhortativo, sino indicativo; escribe, en efecto: «Por ello os alegráis», y añade: «No habéis visto a Jesucristo, y lo amáis; no lo veis, y creéis en él; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación» (1 P 1, 6.8-9). Todo está en indicativo porque hay una nueva realidad, generada por la resurrección de Cristo, una realidad accesible a la fe. «Es el Señor quien lo ha hecho –dice el Salmo (118, 23)– ha sido un milagro patente», patente a los ojos de la fe.

Queridos hermanos y hermanas, hoy resplandece ante nuestros ojos, bajo la plena luz espiritual de Cristo resucitado, la figura amada y venerada de Juan Pablo II. Hoy, su nombre se añade a la multitud de santos y beatos que él proclamó durante sus casi 27 años de pontificado, recordando con fuerza la vocación universal a la medida alta de la vida cristiana, a la santidad, como afirma la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen gentium. Todos los miembros del Pueblo de Dios –obispos, sacerdotes, diáconos, fieles laicos, religiosos, religiosas– estamos en camino hacia la patria celestial, donde nos ha precedido la Virgen María, asociada de modo singular y perfecto al misterio de Cristo y de la Iglesia. Karol Wojtyła, primero como Obispo Auxiliar y después como Arzobispo de Cracovia, participó en el Concilio Vaticano II y sabía que dedicar a María el último capítulo del Documento sobre la Iglesia significaba poner a la Madre del Redentor como imagen y modelo de santidad para todos los cristianos y para la Iglesia entera. Esta visión teológica es la que el beato Juan Pablo II descubrió de joven y que después conservó y profundizó durante toda su vida. Una visión que se resume en el icono bíblico de Cristo en la cruz, y a sus pies María, su madre. Un icono que se encuentra en el evangelio de Juan (19, 25-27) y que quedó sintetizado en el escudo episcopal y posteriormente papal de Karol Wojtyła: una cruz de oro, una «eme» abajo, a la derecha, y el lema: «Totus tuus», que corresponde a la célebre expresión de san Luis María Grignion de Monfort, en la que Karol Wojtyła encontró un principio fundamental para su vida: «Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt. Accipio Te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum, Maria -Soy todo tuyo y todo cuanto tengo es tuyo. Tú eres mi todo, oh María; préstame tu corazón». (Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, n. 266).

El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszyński, me dijo: “La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio”». Y añadía: «Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado». ¿Y cuál es esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!». Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de su primera Encíclica e hilo conductor de todas las demás.

Karol Wojtyła subió al Solio de Pedro llevando consigo la profunda reflexión sobre la confrontación entre el marxismo y el cristianismo, centrada en el hombre. Su mensaje fue éste: el hombre es el camino de la Iglesia, y Cristo es el camino del hombre. Con este mensaje, que es la gran herencia del Concilio Vaticano II y de su «timonel», el Siervo de Dios el Papa Pablo VI, Juan Pablo II condujo al Pueblo de Dios a atravesar el umbral del Tercer Milenio, que gracias precisamente a Cristo él pudo llamar «umbral de la esperanza». Sí, él, a través del largo camino de preparación para el Gran Jubileo, dio al cristianismo una renovada orientación hacia el futuro, el futuro de Dios, trascendente respecto a la historia, pero que incide también en la historia. Aquella carga de esperanza que en cierta manera se le dio al marxismo y a la ideología del progreso, él la reivindicó legítimamente para el cristianismo, restituyéndole la fisonomía auténtica de la esperanza, de vivir en la historia con un espíritu de «adviento», con una existencia personal y comunitaria orientada a Cristo, plenitud del hombre y cumplimiento de su anhelo de justicia y de paz.

Quisiera finalmente dar gracias también a Dios por la experiencia personal que me concedió, de colaborar durante mucho tiempo con el beato Papa Juan Pablo II. Ya antes había tenido ocasión de conocerlo y de estimarlo, pero desde 1982, cuando me llamó a Roma como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, durante 23 años pude estar cerca de él y venerar cada vez más su persona. Su profundidad espiritual y la riqueza de sus intuiciones sostenían mi servicio. El ejemplo de su oración siempre me ha impresionado y edificado: él se sumergía en el encuentro con Dios, aun en medio de las múltiples ocupaciones de su ministerio. Y después, su testimonio en el sufrimiento: el Señor lo fue despojando lentamente de todo, sin embargo él permanecía siempre como una «roca», como Cristo quería. Su profunda humildad, arraigada en la íntima unión con Cristo, le permitió seguir guiando a la Iglesia y dar al mundo un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas físicas iban disminuyendo. Así, él realizó de modo extraordinario la vocación de cada sacerdote y obispo: ser uno con aquel Jesús al que cotidianamente recibe y ofrece en la Iglesia.

¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el Cielo la fe del Pueblo de Dios. Desde el Palacio nos has bendecido muchas veces en esta Plaza. Hoy te rogamos: Santo Padre: bendícenos. Amén.



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domingo, 8 de mayo de 2011

Jesús acompaña al bautizado


Escrito por P. Ángel M. Santos Santos
Miércoles, 04 de Mayo de 2011 16:35

Los cristianos viven la experiencia de los discípulos de Emaús. Mientras éstos caminaban y conversaban, Jesús en persona se les unió pero estaban cegados y no podían reconocerlo (Lc 24, 16). Jesús acompaña a los que reciben el primero de los sacramentos. Los bautizados en la infancia no lo recuerdan. Muchos, como si estuvieran ciegos, no reconocen a Jesús actuando en sus vidas. Necesitan la ayuda de los demás hermanos en la Iglesia para darse cuenta de la presencia del Señor.

Los bautizados, como todos los seres humanos, suelen hablar de los acontecimientos del momento. Todos examinan los sucesos cotidianos y dan su opinión. Muchos, aunque están bautizados, no se preguntan sobre el sentido de la vida. Pero esta inquietud está escondida en el alma. En la circunstancia menos esperada aflora la más importante de las preguntas: ¿Por qué estoy en este mundo y para qué vivo y muero?

Los bautizados encuentran el sentido de la vida en el mensaje, obra y persona de Jesús. No sólo hablan acerca de Jesús, sino también dialogan con él como lo hicieron los discípulos de Emaús. En la conversación con Jesús descubren el sentido de la vida y su propia identidad como hijos amados de Dios. Este ejercicio espiritual se llama oración, dialogar con Jesús escuchando su Palabra y contándole las preocupaciones cotidianas. Jesús prometió su presencia a los que oran. El Señor está presente cuando dos o más discípulos se reúnen en su nombre.

La Palabra de Dios

Jesús está presente en la vida de los bautizados por su Palabra comunicada en la Sagrada Escritura. El Señor, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, explicó a los dos discípulos lo que se refería a él en las Escrituras (Lc 24, 27). Muchos están ciegos a la presencia de Jesús en sus vidas porque desconocen la Palabra de Dios. La ignorancia de la Sagrada Escritura es desconocimiento de la presencia de Jesús.

Por eso, el bautizado debe encontrar tiempo para meditar el mensaje de Jesús. Por el conocimiento de su Palabra, el cristiano descubrirá el corazón amoroso de Dios. Este encuentro con Dios llena al cristiano del verdadero amor. Por eso aquellos dos discípulos ardían internamente mientras Jesús por el camino les explicaba las Escrituras (Lc 24, 32). Así también se inflama el espíritu del bautizado que escucha con atención la Palabra de Dios.

Al partir el pan

En el caminar de la vida, el bautizado se detiene para comer con el Señor y dejarse alimentar por Él. Ese momento es la Santa Misa celebrada cada domingo. El sacerdote repite los gestos de Jesús en la Última Cena y todos los asistentes reconocen a Cristo Resucitado. Cada semana, el cristiano se acerca a la Eucaristía para contemplar la presencia del Señor al partir el pan. Los que todavía no pueden recibir a Cristo en la Sagrada Comunión, lo acogen en la Palabra y en la oración.

Los bautizados tienen la oportunidad de tener un encuentro con Cristo en la Iglesia. El Señor está presente en la oración, en la Palabra, en los Sacramentos y en el amor mutuo. Muchos pierden esta oportunidad porque viven sin congregarse en la Iglesia, aunque son miembros de ella con todo derecho por el bautismo. Es necesario que la evangelización se dirija a lograr este encuentro con el Señor atrayendo a los alejados al rebaño de la Iglesia. Los cristianos, entusiasmados por la participación en la Eucaristía, se acercan a los demás para conducirlos al encuentro con Cristo vivo.

Sólo Dios restaura la dignidad del preso


Escrito por Dr. Miguel Arrieta y Linda Rivera
Miércoles, 04 de Mayo de 2011 16:34

El ministerio de la Pastoral Carcelaria Católica de Bayamón 501, dirigido por los coordinadores Wally Lorenzo y Linda Rivera, celebró en un ambiente de recogimiento y reflexión, su retiro anual en la referida institución penitenciaria, con la entusiasta participación de 42 confinados.

El tema central fue “Una Voz que Habla con Dios”. Respondiendo al llamado y alineados con las palabras del Santo Padre, Benedicto XVI, el cual nos recuerda: “...trabajar en favor de los hombres y mujeres que han perdido la libertad, mas no la dignidad...”, la luz de Cristo Resucitado iluminó el recinto penal, brillando en los corazones de los voluntarios de capellanía, amigos y en el personal de la institución, incluyendo a los oficiales custodios.



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La obra de tan importante ministerio carcelario trasciende todo asunto de justicia humana. Va más allá de actos filantrópicos o de índole humano y queda justificada por las propias palabras de nuestro Señor en Mateo 25: 31-45: “Porque estuve preso y me fuiste a visitar”.

El retiro fue planificado con meses de antelación, sobre la base de mucha oración para, irrespectivo de las limitaciones humanas del equipo misionero, obrar como instrumentos de un Dios Padre dispuesto siempre a mostrar su misericordia.

Allí donde imperan el encerramiento y las restricciones; donde viven y conviven seres humanos despojados de su libertad, fue imperativo mostrar una ventana del amor que Dios les tiene.

Para tan especial ocasión, Dios se sirvió de valiosos recursos que llevaron eficazmente su mensaje. Personas de Dios que se convierten en instrumentos de evangelización en esta época, cuyos ejemplos inspiran a los reos a trascender de lo corporal a lo espiritual, reconociendo la inmediatez de las miserias humanas y su dignidad como hijos de Dios.

Algunos de los conferenciantes o predicadores fueron Padre Adrián Gnandt con su importante tema “Comunión Íntima con Cristo: Roca de Salvación”, y el hermano Elis Martínez, con la charla “El Poder de Cristo en Su Vida”, el cual ilumina la realidad de la homosexualidad en las cárceles.

En la tarde, cerramos con una última exposición por Monseñor Wilfredo Peña. Padre Willie expuso los elementos esenciales de la oración, además de la fe, en la prédica “Disposición de Ánimo, Corazón Puro y Recta Intención”.

Esta jornada de gracia fue sellada con el banquete de la Santa Misa, presidida por Padre Willie, en compañía de Padre Adrián, del Rev. Diácono Florencio Mercado, de Barranquitas, y demás ayudantes de la capellanía, que los domingos y lunes hacen posible que nuestros hermanos confinados se nutran de la palabra de Dios.

El grupo Magníficat, dirigido por la reconocida cantante cristiana, Lydia Hernández, de la Parroquia Santa Bernardita, aportó sus hermosas canciones a la Liturgia.

Hubo confesiones y oración por los confinados. Todo, primeramente gracias a Dios y a la cooperación de las autoridades del Departamento de Corrección, particularmente el Director de Capellanía Católica, Reverendo Diácono José Manuel Sánchez.

Esta experiencia única se hizo en presencia del Santísimo Sacramento, expuesto durante todo el día. Tres laicos estuvieron en oración íntima con Dios para que se cumpliera su voluntad: la conversión y sanación espiritual de los hermanos confinados.

Al final del retiro, ciertamente una inolvidable experiencia de resurrección, los confinados expresaron su agradecimiento. Fue un día intenso, de emociones espirituales a granel, y de ricas y grandes bendiciones para todos los hijos de Dios presentes en la 501 de Bayamón.

El poder de perdonar los pecados en la Iglesia de Jesús


Escrito por P. José P. Benabarre Vigo
Miércoles, 04 de Mayo de 2011 16:39

Al dar a sus apóstoles el poder de perdonar los pecados (Jn 20,21-23) Jesús no dio indicación alguna de cómo debían hacerlo. La forma podría ser determinada por ellos, pues les había dado otros amplios poderes (Lc10, 16). Quiero indicar aquí que esos poderes son amplísimos, si es que interpreto bien las palabras de Jesús “COMO EL PADRE ME ENVIÓ, ASÍ OS ENVÍO YO A VOSOTROS” (Jn 20, 21). O sea, es como decir: ¡Os transfiero mi misión y mis poderes para llevarla a cabo!

El sacerdote sabe de lo que se trata la confesión. Tiene dos buenas razones: indicar al penitente lo que debe hacer para no volver a pecar, y darle la penitencia consiguiente. Esta confesión puede hacerse de viva voz, por escrito o por señales, si no puede hacerse de otro modo.

Confesión secreta

La forma ordinaria de confesar hoy nuestros pecados es mediante la manifestación secreta de los mismos al legítimamente ordenado sacerdote de la Iglesia. La absolución general sólo está permitida en casos de emergencia.

No está del todo claro cuándo comenzó a generalizarse esta forma de confesión, pues consta que no siempre fue así. Mientras Orígenes (184 ó 185+253 ó 254), sacerdote alejandrino, y san Ireneo (c.140-160+c.202), obispo de Lión, Francia, exigían que fuera pública, el papa san León I Magno (440-461) condenó enérgicamente que en algunas partes se obligara a confesar públicamente los pecados. Parece que en el siglo VI entre los monjes irlandeses la confesión privada era lo común. Aunque tarde, la Iglesia se dio cuenta de los inconvenientes de la confesión pública, especialmente tratándose de ciertas personas y pecados.

Condiciones de la buena confesión

Es muy serio ofender a Dios y a los hermanos. Y la única forma de obtener su perdón es humillarnos y decirles que estamos bien arrepentidos de haberles ofendido. Dios perdona siempre que estemos debidamente preparados, no así los hombres, no obstante el mandato divino de perdonar “hasta setenta veces siete”, es decir, siempre (Mt 18, 22); peor para ellos si no lo hacen.

Los no católicos u ortodoxos pueden obtener de Dios el perdón de sus pecados mediante un profundo arrepentimiento por haber ofendido a la Majestad de Dios, y con el propósito firme y eficaz de no volver a ofenderle más. Los católicos, por el contrario, sólo mediante el sacramento de la Confesión, si lo tienen a su alcance. Aunque parezca lo contrario a primera vista, los católicos tenemos la ventaja, pues podemos oír de un representante de Dios las consoladoras palabras: “Hijo, tus pecados te son perdonados”, obteniendo así la certeza de que también nos ha perdonado Dios. Esta certeza no pueden tenerla los protestantes ni evangélicos.

Para que la confesión sea buena, ha de estar precedida de un serio examen de conciencia, tanto más exhausto cuanto más tiempo haya pasado desde la última confesión bien hecha. Las otras condiciones son las siguientes:

Completa. El penitente debe confesar todos los pecados mortales cometidos desde la última confesión u olvidados en anteriores confesiones que haya encontrado durante el examen. Si, por vergüenza o por otra cualquier causa, deja de confesar algún pecado mortal, la confesión no es buena, es decir, los pecados no quedan perdonados, aunque el sacerdote haya pronunciado las palabras de la absolución.

Sincero arrepentimiento. Dios puede descubrirlo; el sacerdote, no. Por eso tiene que fiarse del penitente cuando le manifiesta que está dolido de haber ofendido a Dios o, al menos, por haber merecido el infierno. Sin este dolor, no puede haber perdón.

Firme propósito de la enmienda. Este propósito de la enmienda requiere que el penitente ponga todos los medios a su alcance (oraciones más frecuentes y mejores, confesarse de cuando en cuando; evitar las ocasiones de pecado, hacer alguna penitencia, etc.) para no volver a pecar. Sin este propósito firme y eficaz, la confesión no es buena.

Cumplir la penitencia. Para satisfacer de algún modo por los pecados cometidos y como medida medicinal para no volver a cometerlos, el sacerdote impone al penitente alguna penitencia al final de la confesión.

Estas condiciones para una buena confesión son una necesidad para obtener de Dios el perdón de nuestros pecados, pues con Él no podemos jugar. Es inadmisible que le pidamos perdón hoy y le volvamos a ofender mañana. Claro que somos flacos y que, no obstante las buenas confesiones, aún volvemos a pecar. No debemos desesperarnos, pues no son santos sólo los que nunca han pecado, sino también los que siempre se han levantado. O como he leído en estos días, todo ser humano tiene un porvenir, y todo santo ha tenido un pasado.