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lunes, 16 de abril de 2018

Llamados a la santidad

Por: RALPH MARTIN

      
     Jesús resumió su doctrina en una sorprendente y nada ambigua llamada a sus seguidores: "Vosotros, pues, sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5,48).

Perfectos en pureza, perfectos en compasión y amor, perfectos en obediencia, perfectos en amoldarse a la voluntad del Padre, perfectos en santidad. Cuando oímos estas palabras podemos, y es comprensible, ser tentados al desánimo, pensando que la perfección es imposible para nosotros. Y verdaderamente lo es abandonado a nuestros propios recursos, lo mismo que es imposible para los ricos entrar en el cielo, o para un hombre y una mujer ser mutuamente fieles toda su vida de matrimonio. Pero para Dios todas las cosas son posibles, incluso nuestra transformación.

Juan Pablo II —y puede que él mismo esté algún día entre los reconocidos como doctores—, en su profética interpretación de los acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX y principios del XXI, Novo Milenio Ineuente, señala que el Espíritu Santo está trayendo de nuevo al primer plano de la conciencia de la Iglesia la convicción de que estas palabras de Jesús van dirigidas realmente a cada uno de nosotros. Nos dice que el Jubileo del año 2000 era simplemente la última fase de un período de preparación y renovación que había estado ocurriendo durante cuarenta años a fin de equipar a la Iglesia para los desafíos del nuevo milenio.

El papa Juan Pablo II habla de tres redescubrimientos hacia los cuales ha llevado el Espíritu Santo a la Iglesia, empezando por el Concilio Vaticano II, que concluyó en 1965. Uno de estos redescubrimientos es el de la "llamada universal a la santidad". [2]

Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor (NMI 30). [3]
Juan Pablo vuelve a subrayar que está llamada a la plenitud de santidad es una parte esencial de ser cristiano:

Preguntar a un catecúmeno: "¿Quieres recibir el Bautismo?", significa al mismo tiempo preguntarle: "¿Quieres ser santo?" Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5,48) [...] Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este "alto grado" de la vida cristiana. La vida entera de la comunidad cristiana y de las familias cristianas debe ir en esta dirección (NMI 30, 31)
Antes de ir mucho más allá en nuestro examen del camino espiritual, dirijamos una mirada inicial a lo que realmente significa "santidad". En la Carta a los Efesios leemos: "nos eligió en él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos e inmaculados ante él" (Ef 1,4). Ser santo no es principalmente cuestión de cuántos rosarios rezamos o en cuántas actividades cristianas estamos ocupados; es cuestión de que nuestros corazones sean transformados en un corazón de amor. Es cuestión de cumplir los grandes mandamientos que resumen toda la ley y los profetas: amar a Dios y a nuestro prójimo de todo corazón. O como dice Teresa de Jesús, la santidad es cuestión de llevar nuestra voluntad a la unión con la de Dios.

Teresa de Lisieux lo expresa de manera muy similar: "La perfección consiste en hacer su voluntad, en ser lo que Él quiere que seamos [...] el amor de Nuestro Señor se revela lo mismo en el alma más sencilla, que no opone resistencia alguna a su gracia, que en el alma más sublime". [4] Como dijo hacia el final de su vida: "No es mayor en mí el deseo de morir que el de vivir [...] Me gusta lo que él quiera". [5]

Juan Pablo II hace más adelante una llamada a las parroquias del tercer milenio a ser escuelas de oración y lugares donde se dé un "entrenamiento en santidad":

Nuestras comunidades cristianas deben llegar a ser auténticas “escuelas de oración", donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha, y viveza de afecto hasta el "arrebato del corazón" [...] se equivoca quien piense que el común de los cristianos se puede conformar con una oración superficial, incapaz de llenar su vida (NMI 33, 34).
Juan Pablo da varias razones por las que este cambio a la santidad de vida y a profundidad en la oración son importantes. Aparte del hecho de que es simplemente parte del mensaje del Evangelio, él señala que la cultura protectora de la "cristiandad" ha desaparecido virtualmente y que hoy la vida cristiana tiene que vivirse profundamente o puede no ser posible en absoluto vivirla. También hace notar que en medio de este proceso de secularización a nivel mundial, hay todavía hambre de sentido, de espiritualidad, a la que a veces se responde volviéndose hacia las religiones no cristianas. Es particularmente importante para los creyentes cristianos poder responder a esta hambre y "mostrar hasta qué profundidades puede conducir la relación con Cristo" (NMI 33, 40).

Reconociendo lo desafiante que es esta llamada, Juan Pablo deja claro que será difícil responder adecuadamente sin valernos de la sabiduría de la tradición mística de la Iglesia, ese conjunto de escritos y testimonios de vida centrado en el proceso de la oración y en las etapas de crecimiento en la vida espiritual. Nos dice por qué la tradición mística es importante y lo que podemos esperar que nos proporcione:

La gran tradición mística [...] Muestra cómo la oración puede avanzar, como verdadero y propio diálogo de amor, hasta hacer que la persona humana sea poseída totalmente por el divino Amado, sensible al impulso del Espíritu y abandonada filialmente en el corazón del Padre (NMI 33).

Hay únicamente dos destinos últimos, y si queremos entrar en el cielo debemos prepararnos para ver a Dios. Porque la santidad no es una "opción".

  
       Son verdaderamente extraordinarias estas palabras que utiliza aquí Juan Pablo, palabras a las que necesitaremos volver a lo largo de este libro. ¿Cómo es posible esta profundidad de unión con la Trinidad? Porque es ciertamente la respuesta a esta pregunta que nos da la tradición y que este libro intentará comunicar con claridad. Juan Pablo deja claro que esta profundidad de unión no es sólo para unas cuantas personas poco corrientes ("místicos"), sino que es la llamada que todo cristiano recibe de Cristo mismo: "Ésta es la experiencia vivida de la promesa de Cristo: "El que me ama será amado de mi Padre y yo le amaré y me manifestaré en él (Jn 14,21)"" (NMI 33).
A continuación Juan Pablo resume parte de la principal sabiduría que nos enseña la tradición mística acerca del camino espiritual, sabiduría a la que prestaremos mucha atención a lo largo de este libro:
Se trata de un camino sostenido enteramente por la gracia, el cual, sin embargo, requiere un intenso compromiso espiritual que encuentra también dolorosas purificaciones (la "noche oscura"), pero que llega, de tantas formas posibles, al indecible gozo vivido por los místicos como "unión esponsal". ¿Cómo no recordar aquí, entre otros tantos testimonios espléndidos, la doctrina de san Juan de la Cruz y de Santa Teresa de Jesús? (NMI 33).
Los cuatro principios que define Juan Pablo son básicos para una apropiada comprensión del camino espiritual.
1.  La unión con Dios en esta profundidad es totalmente inalcanzable con nuestros propios esfuerzos; es un don que sólo Dios puede dar, pues dependemos totalmente de su gracia para progresar en el camino espiritual. Y, sin embargo, sabemos también que Dios anhela dar esta gracias y llevarnos a la unión profunda.
Sin Él nada podemos hacer, pero con Él todo es posible (cf. Mt 19,26, Mc 10,27, Lc 18,27, Flp 4,13). Sin Dios es imposible completar el camino con éxito, pero, en cierto sentido, con Él estamos ya allí. Él es verdaderamente el Camino y el destino a la vez; y nuestras vidas ahora mismo están, ocultas con Cristo, en Dios (Col 3,3).
2.  Al mismo tiempo nuestro esfuerzo es indispensable. Nuestro esfuerzo no es suficiente para llevar a cabo esa unión, pero es necesario. Los santos hablan de disponernos para la unión. Los esfuerzos que hagamos nos ayudarán a disponernos para recibir los dones de Dios. Si realmente valoramos algo, debemos estar dispuestos a enfocar nuestra atención en las cosas que nos ayuden a alcanzar la meta. Y aun así, sin la gracia de Dios no podemos siquiera saber lo que es posible, ni desearlo, ni tener la fuerza para hacer esfuerzo alguno en ese sentido. Es la gracia de Dios lo que nos permite vivir el necesario "compromiso espiritual intenso".
"Buscaréis al Señor vuestro Dios y le encontraréis si le buscáis con vuestro corazón y con toda vuestra alma" (Dt 4,29).
3.  Como nos dice el Evangelio, es importante considerar lo que se requiere antes de emprender una tarea (antes de empezar a construir una torre o de entablar una batalla en una guerra) si queremos completarla con éxito. Mucho ha de cambiar en nosotros para hacernos capaces de una unión profunda con Dios. Las heridas del pecado original y de nuestros pecados personales son profundas y necesitan ser sanadas y transformadas a través de un proceso que tiene sus momentos necesariamente dolorosos. Al dolor de la purificación lo llama San Juan de la Cruz la "noche oscura". Es importante que no nos sorprendan los momentos dolorosos de nuestra transformación y que sepamos que son una parte necesaria y bendecida de todo el proceso.
"Hemos de pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios" (Hch 14,22).
4. Y, finalmente, sepamos que todos los esfuerzos y dolores ¡valen la pena! ¡Infinitamentela valen! Restrospectivamente, el dolor del camino nos parecerá que ha sido leve comparado con el peso de la gloria para la que nos estábamos preparando (ver 2 Co 4,16-18).
La unión profunda (la "unión esponsal" o "matrimonio espiritual") es posible incluso en esta vida. Teresa de Jesús nos dice que no hay razón para que alguien que ha alcanzado una estabilidad básica viviendo una vida católica (tercera "mansión" en su sistema de clasificación) no pueda proseguir hasta llegar al "matrimonio espiritual" en esta vida (séptima mansión). [6]
Todos estos principios los exploraremos en profundidad en los próximos capítulos. Ahora necesitamos reconocer la trascendencia de este "redescubrimiento" de la llamada universal a la santidad y determinar nuestra propia respuesta a esa llamada.
Todos probablemente sabemos de algún modo que estamos llamados a la santidad, pero tal vez nos resistamos a responder. Sintiendo el desafío de la llamada, pero viendo los obstáculos, es fácil tener razones para retrasarla o hacer concesiones y evitar una respuesta entusiasta e inmediata.

      Las heridas del pecado original y de nuestros pecados personales son profundas y necesitan ser sanadas y transformadas a través de un proceso que tiene sus momentos necesariamente dolorosos.
   No es infrecuente, por ejemplo, pasar la responsabilidad a otros a quienes consideramos con mejores condiciones para responder con entusiasmo. Los que somos laicos católicos miramos a menudo nuestras vidas tan ocupadas y nuestros corazones indolentes y suponemos que los sacerdotes y las monjas están en mejores condiciones para responder a la llamada. Después de todo, podemos pensar para nuestros adentros, ¡para eso les pagamos! Podemos pensar que cuando nuestros niños se hagan mayores, o cuando nos jubilemos, o después de que haya pasado una crisis en el negocio, o cuando nos casemos, o..., que entonces estaremos en mejores condiciones para responder.
Desgraciadamente, ser sacerdote o monja tampoco elimina esa tentación a pasar la responsabilidad a otros. Al reducirse el número de sacerdotes es comprensiblemente fácil que los curas y las monjas se sientan agobiados por sus responsabilidades; y llevan un ritmo de vida tan ocupado que ellos mismos pueden suponer que son las órdenes de clausura las que están en mejor posición para responder con entusiasmo a la llamada a la santidad.
Pero incluso en las órdenes de clausura pueden encontrarse razones para cargarles la responsabilidad a otros. Y, además, teniendo que atender a los huéspedes, supervisar obras de renovación, asistir a asambleas monásticas o hacer queso, pan o mermeladas, es posible suponer que quien realmente puede responder a la llamada con entusiasmo es el ermitaño.
Claro que aun el ser ermitaño no garantiza tal respuesta. Después de todo, los ermitaños necesitan trazarse una regla de vida, tener encuentros con los superiores para revisarla, asegurarse de que su seguro médico los cubre apropiadamente, enfrentarse con distracciones y tentaciones externas e internas, ¡y tal vez hasta contribuir a un boletín para ermitaños!
Lo que realmente nos frena para dar una entusiasta respuesta a la llamada de Jesús, del Vaticano II, de los repetidos apremios del Espíritu, no son realmente las circunstancias externas de nuestras vidas, sino la indolencia interior de nuestros corazones. Tenemos que tener claro que nunca habrá un momento mejor, ni un mejor conjunto de circunstancias, que ahora para responder con todo nuestro corazón a la llamada a la santidad. ¿Quién sabe cuánto tiempo más vamos a estar vivos en la tierra? No sabemos cuánto viviremos o lo que el futuro nos deparará. Ahora es el tiempo aceptable. Las mismas cosas que nos parecen obstáculos son precisamente los medios que Dios nos está dando para llevarnos a depender más profundamente de Él.
Claro que algunas veces lo que nos impide responder sin reservas en nuestras circunstancias presentes es el creer que no tenemos que concentrarnos demasiado en eso ahora mismo porque más tarde o más temprano cualquier purificación que podamos necesitar se hará en el purgatorio. Pero este modo de pensar presenta algunos problemas.
Es cierto que a veces no llegamos a la meta a que apuntamos, y es bueno tener una alternativa. Si apuntamos al cielo en el momento de nuestra muerte y realmente morimos en amistad con Cristo, pero no hemos sido suficientemente transformados para estar preparados para ver a Dios, el purgatorio es una bendición maravillosa. Pero si apuntamos hacia el purgatorio y no acertamos, entonces no hay realmente una buena alternativa disponible.
La fuente de toda nuestra infelicidad y miseria es el pecado y sus efectos, y cuanto antes tenga lugar la purificación del pecado y sus efectos en nuestras vidas, más felices seremos y mejor capacitados estaremos para verdaderamente amar a otros. Sólo entonces podremos entrar en el propósito que Dios tiene para nuestras vidas. Y, la verdad, en este caso, más vale antes que después.
Y, finalmente, es importante darse cuenta de que hay sólo una opción: o pasar por una completa transformación y entrar en el cielo o estar eternamente separados de Dios en el infierno. Hay únicamente dos destinos últimos, y si queremos entrar en el cielo debemos prepararnos para ver a Dios. Porque la santidad no es una "opción". En el cielo sólo hay santos; la transformación total no es una "opción" para los que están interesados en ese tipo de cosas, sino esencial para los que quieren pasar la eternidad con Dios.
Procurad la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor (Hb 12,14)
El único propósito de la creación, el único propósito de nuestra redención es que podamos estar totalmente unidos a Dios en todos los aspectos de nuestro ser. Existimos para la unión; fuimos creados para la unión; fuimos redimidos para la unión eterna. Cuanto antes nos transformemos, más felices y más "cumplidos" estaremos. El único camino hacia "el cumplimiento de todo deseo" es emprender y completar el camino hacia Dios.
En el Antiguo Testamento estaba bien claro que ver realmente a Dios en nuestra condición humana no transformada significaba ser destruido.
Entonces Moisés le dijo [a Yaveh]: "Déjame ver tu gloria" Él le contestó: "Yo haré pasar ante ti toda mi bondad y en tu presencia pronunciaré mi nombre, "SEÑOR"; yo concedo mi gracia a quien quiero y tengo misericordia de quien quiero. Pero mi rostro no puedes verlo, pues ningún hombre puede verme y vivir" (Ex 33,18-20).
Es únicamente Jesús quien ve el rostro del Padre, y es a través de Jesús como podemos prepararnos para compartir su visión del Padre. Es a través de nuestra unión con Jesús, de nuestra contemplación de su "rostro", como somos transformados poco a poco y preparados para la visión beatífica, que es tanto más de lo que comúnmente entendemos por "ver"; es verdaderamente una participación en el conocer y amar a la Trinidad extáticamente, una participación en el Amor mismo.
Cuando el papa Juan Pablo II consideraba qué era el legado más importante que del Año Jubilar 2000 debería transmitirse al nuevo milenio, esto es lo que dijo: "Pero si quisiéramos individuar el núcleo esencial de la gran herencia que nos deja, no dudaría en concretarlo en la contemplación del rostro de Dios" (NMI 15).
Bernardo de Claraval expande nuestra visión de lo que significa contemplar el rostro de Cristo, "poder contemplar al Padre en el Hijo y al Hijo en el Padre" (CC, 76.6). Y nos anima con todo entusiasmo a emprender el camino:
Adonde él está tú no puedes venir ahora; vendrás más tarde. Sin embargo, trabaja, síguelo, búscalo; y que aquella innacesible claridad y sublimidad no te desvíe de buscarlo, ni te haga perder la esperanza de encontrarlo. "Si puedes creer, todo es posible para el que tiene fe" (Mt 9,22). "A tu alcance está la palabra, dice, en tus labios y en tu corazón" (Ro 10,8). Cree, y has encontrado, porque creer es haber encontrado. Saben los fieles que Cristo habita por la fe en sus corazones (Ef 3,17). ¿Hay algo que sea más propio? Búscalo, pues, con confianza; búscalo con devoción. "El Señor es bueno para el alma que lo busca" (Lam 3,25). Búscalo con los deseos, síguelo con las obras, encuéntralo con la fe (CC, 76.6).
Y, naturalmente, este entusiasmado buscar a Dios, esta contemplación de Cristo, es una parte central del mensaje de la Escritura:
Mas todos nosotros, con el rostro descubierto, contemplando la gloria del Señor, nos vamos transformando en su imagen de gloria en gloria por grados; pues esto viene del Señor, que es el Espíritu (2 Co 3,18).
Este texto de la Escritura es un poderoso resumen del proceso de transformación que ahora empezaremos a examinar en más detalle.


lunes, 26 de marzo de 2018

Jueves Santo

Jueves en que Cristo instituyó el sacramento de la Eucaristía, también conocido como la Última Cena. Por: Teresa Vallés | Fuente: Catholic.net

   Significado de la celebración

El Jueves Santo se celebra:
  •  La Última Cena.
  •  El Lavatorio de los pies,
  •  La institución de la Eucaristía y del Sacerdocio
  • La oración de Jesús en el Huerto de Getsemaní.
En la mañana de este día, en todas las catedrales de cada diócesis, el obispo reúne a los sacerdotes en torno al altar y, en una Misa solemne, se consagran los Santos Óleos que se usan en los Sacramentos del Bautismo, Confirmación, Orden Sacerdotal y Unción de los Enfermos.

En la Misa vespertina, antes del ofertorio, el sacerdote celebrante toma una toalla y una bandeja con agua y lava los pies de doce varones, recordando el mismo gesto de Jesús con sus apóstoles en la Última Cena.

a)Lecturas bíblicas:

Libro del Éxodo 12, 1-8. 11-14; Primera carta del apóstol San Pablo a los corintios 11, 23-26; Evangelio según San Juan 13, 1-15.
b)La Eucaristía

Este es el día en que se instituyó la Eucaristía, el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo bajo las especies de pan y vino. Cristo tuvo la Última Cena con sus apóstoles y por el gran amor que nos tiene, se quedó con nosotros en la Eucaristía, para guiarnos en el camino de la salvación.
Todos estamos invitados a celebrar la cena instituida por Jesús. Esta noche santa, Cristo nos deja su Cuerpo y su Sangre. Revivamos este gran don y comprometámonos a servir a nuestros hermanos.
c)El lavatorio de los pies

Jesús en este pasaje del Evangelio nos enseña a servir con humildad y de corazón a los demás. Este es el mejor camino para seguir a Jesús y para demostrarle nuestra fe en Él. Recordar que esta no es la única vez que Jesús nos habla acerca del servicio. Debemos procurar esta virtud para nuestra vida de todos los días. Vivir como servidores unos de otros.
d)La noche en el huerto de los Olivos

Lectura del Evangelio según San Marcos14, 32-42.: 

Reflexionemos con Jesús en lo que sentía en estos momentos: su miedo, la angustia ante la muerte, la tristeza por ser traicionado, su soledad, su compromiso por cumplir la voluntad de Dios, su obediencia a Dios Padre y su confianza en Él. Las virtudes que nos enseña Jesús este día, entre otras, son la obediencia, la generosidad y la humildad.

Los monumentos y la visita de las siete iglesias 

Se acostumbra, después de la Misa vespertina, hacer un monumento para resaltar la Eucaristía y exponerla de una manera solemne para la adoración de los fieles.
La Iglesia pide dedicar un momento de adoración y de agradecimiento a Jesús, un acompañar a Jesús en la oración del huerto. Es por esta razón que las Iglesias preparan sus monumentos. Este es un día solemne.

En la visita de las siete iglesias o siete templos, se acostumbra llevar a cabo una breve oración en la que se dan gracias al Señor por todo su amor al quedarse con nosotros. Esto se hace en siete templos diferentes y simboliza el ir y venir de Jesús en la noche de la traición. Es a lo que refieren cuando dicen “traerte de Herodes a Pilatos”.

viernes, 23 de marzo de 2018

¿QUÉ ES LA CONFIANZA?

La confianza es la fe puesta en práctica. 
 Es la fe, primero, en la Divina Providencia, en la Paternidad misma de Dios. Dios no es un ser lejano, frío, indiferente, es nuestro Buen Padre. Está pendiente de cada uno de nosotros con inmensa bondad.  a) Ya en el Antiguo Testamento  se nos insta a la confianza en Dios.   En todos los géneros de la Biblia encontramos exhortaciones a la confianza en Dios. b) En el Nuevo Testamento, con la visión más clara, profunda y espiritual que nos da de Dios, se aumenta la exigencia de la confianza. Esta confianza también se va centrando cada vez más en el Emmanuel, en Dios con nosotros, Jesús el Cristo. La fe, es pues, el fundamento de la confianza. La misma palabra confianza incluye la fe. Con-fe, con-fianza. El miedo es lo contrario, es el inicio de la desconfianza. La inseguridad nace cuando se debilita la fe. Jesús, en el Sermón de la Montaña nos recordará que si Dios su Padre cuida de los pájaros y de las flores del campo, cfr. Mt 6… ¿cuánto más no cuidará de nosotros: “No teman, ustedes valen más que muchos pájaros” (Lc 12,7).  La confianza es la medicina para barrer de nuestras vidas los miedos, las tensiones y las ansiedades que socavan la confianza. Dios nunca llega tarde para socorrer a sus hijos. Aún en los casos más extremos, Dios llega siempre, aunque sea de modo misterioso, oculto, casi inoportuno… ¿Se recuerdan de la muerte de Lázaro, de la hija de Jairo? En Dios debemos tener una confianza inquebrantable. Gracias a Él debemos andar sin miedos… Jesús le dice a Jairo cuando le avisan que si hija ha muerto, que ya no moleste al Maestro: “No temas, ten sólo fe” (Lc 8,50).   El cristiano, es pues, por su propia definición, el hombre que pone su confianza, no en sus propias fuerzas, sino en Jesucristo que vive en él. Jesús sabe bien todo lo que nos pasa; y todo, cogidos de su mano, es para bien.  Antes de sufrir su Pasión, a los discípulos en la última Cena Jesús les dice: “Esto es lo que les he dicho para que tengan paz en mí; en el mundo han de tener tribulación; pero confíen: yo he vencido al mundo”(Jn 16,33). c) escuchemos a algunos santos. Santa Teresa de Jesús escribía: “Fíense de su bondad, que nunca falló a sus amigos” (Vida 11,4). Y añade: “Es muy piadoso (el Señor), y a personas afligidas y desfavorecidas jamás falta si confían en El Solo” (CP 29,2). Y recalca: “Dios nunca falta de ayudar a quien por El se determina a dejarlo todo” (CP 1,2). “Mirad que lo puede todo y nosotras no podemos nada sino lo que El nos hace poder” (CP 16,10).  Los santos en su magisterio insisten en que mientras menos confiados estemos de nuestras propias fuerzas, más confiados debemos de estar en las divinas. A pesar de las propias faltas y pecados, debemos confiar en Dios. Los pequeños videntes, ya sean San Juan Diego o Santa Bernardita, o los pastorcitos de Fátima, son ejemplos de esa confianza en Dios, no es sus propias capacidades, para transmitir un mensaje.  La oración aumenta la confianza. Aunque también la confianza en Dios aumenta con la oración y las buenas obras. Así nos los asegura San Juan Crisóstomo: “Las buenas obras mueven la fe del corazón, y dan confianza al alma para dirigirse a Dios” (Catena Aurea, vol 1, p. 345). San Josemaría Escrivá dice: “Hay un solo modo de crecer en la familiaridad y en la confianza con Dios: tratarle en la oración, hablar con Él, manifestarle- de corazón a corazón- nuestro afecto”(Amigos de Dios, 294). Y añade: “Si no le dejas, El no te dejará” (Camino 730). 

TOP 10 DE PORQUÉ LA MISA EN ESTA PARROQUIA “TARDA TANTO”

“Misa tarde mucho, sino que su amor es poco…” 

Por: Luis Norberto

10. Porque estamos en una Cena, no en un “fast  food”. La comida importante tarda en ser preparada. Es la diferencia entre lo más exquisito y comida chatarra.  9. Porque hemos venido a adorar, no solamente a “saludar al Señor” como cuando encontramos a alguien en la calle.  8. Porque hay un orden. Se siguen todos los pasos que manda el Misal Romano. El amor está en los detalles.  7. Porque la prisa indica desamor. Sino dígamelo usted cómo se siente cuando lo atienden con prisa.  6. Porque cuando uno está con la persona que ama, en este caso Cristo, no quiere que el tiempo se acabe.  5. Porque este es el “Día del Señor” y no “la hora del Señor” o los “minutos del Señor”.   4. Porque su párroco los respeta y prepara la homilía y la Misa a pesar de que celebra tantas en domingo. Les faltaría el respeto haciendo una Misa “fast track”.  3. Porque uno hace las cosas rápido cuando “quiere salir de eso”, por tanto, cuando “no importan”.  2. Porque es una asamblea litúrgica y no una carrera, un maratón o un 5K.  1. Porque es el único encuentro semanal de una gran mayoría de fieles y presupongo que lo extrañaron -al Señor- y quieren pasar tiempo con Él. De no querer ese tiempo me pregunto si realmente amo a quien me da lo mismo dedicarle mucho o poco tiempo una vez a la semana. Ya en sí mismo “una vez” es poquísimo.  *Reflexione sobre su prisa y yo le diré cuánto ama. No es que la “Misa tarde mucho, sino que su amor es poco…”   Luis Norberto, Pbro.

miércoles, 14 de marzo de 2018

Recordando Audiencia General del 14 de marzo de 1979

JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 14 de marzo de 1979
Cuaresma: oración, ayuno, limosna
1. Durante la Cuaresma oímos frecuentemente las palabras: oración, ayuno, limosna, que ya recordé el miércoles de ceniza. Estamos habituados a pensar en ellas como en obras piadosas y buenas que todo cristiano debe realizar sobre todo en este período. Tal modo de pensar es correcto, pero no completo. La oración, la limosna y el ayuno requieren ser comprendidos más profundamente, si queremos insertarlos más a fondo en nuestra vida, y no considerarlos simplemente como prácticas pasajeras, que exigen de nosotros sólo algo momentáneo o que sólo momentáneamente nos privan de algo. Con tal modo de pensar no llegaremos todavía al verdadero sentido y a la verdadera fuerza que la oración, el ayuno y la limosna tienen en el proceso de la conversión a Dios y de nuestra madurez espiritual. Una y otra van unidas: maduramos espiritualmente convirtiéndonos a Dios, y la conversión se realiza mediante la oración, como también mediante el ayuno y la limosna, entendidos adecuadamente.
Acaso convenga decir enseguida que aquí no se trata sólo de “prácticas” pasajeras, sino de actitudes constantes que dan una forma duradera a nuestra conversión a Dios. La Cuaresma, como tiempo litúrgico, dura sólo 40 días al año: en cambio, debemos tender siempre a Dios; esto significa que es necesario convertirse continuamente. La Cuaresma debe dejar una impronta fuerte e indeleble en nuestra vida. Debe renovar en nosotros la conciencia de nuestra unión con Jesucristo, que nos hace ver la necesidad de la conversión y nos indica los caninos para realizarla. La oración, el ayuno y la limosna son precisamente los caminos que Cristo nos ha indicado.
En las meditaciones que seguirán trataremos de entrever cuán profundamente penetran en el hombre estos caminos: qué significan para él. El cristiano debe comprender el verdadero sentido de estos caminos, si quiere seguirlos.
2. Primero, pues, el camino de la oración. Digo “primero”, porque deseo hablar de ella antes que de las otras. Pero diciendo “primero”, quiero añadir hoy que en la obra total de nuestra conversión, esto es, de nuestra maduración espiritual, la oración no está aislada de los otros dos caminos que la Iglesia define con el término evangélico de “ayuno y limosna”. El camino de la oración quizá nos resulta más familiar. Quizá comprendemos con más facilidad que sin ella no es posible convertirse a Dios, permanecer en unión con Él, en esa comunión que nos hace madurar espiritualmente. Sin duda, entre vosotros, que ahora me escucháis, hay muchísimos que tienen una experiencia propia de oración, que conocen sus varios aspectos y pueden hacer partícipes de ella a los demás. En efecto, aprendemos a orar, orando. El Señor Jesús nos ha enseñado a orar ante todo orando Él mismo: “y pasó la noche orando” (Lc 6, 12); otro día, como escribe San Mateo, “ subió a un monte apartado para orar y, llegada la noche, estaba allí solo” (Mt 14, 23). Antes de su pasión y de su muerte fue al monte de los Olivos y animó a los Apóstoles a orar, y Él mismo, puesto de rodillas, oraba. Lleno de angustia, oraba más intensamente (cf. Lc 22, 39-46). Sólo una vez, cuando le preguntaron los Apóstoles: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11, 1), les dio el contenido más sencillo y más profundo de su oración: el “Padrenuestro”.
Dado que es imposible encerrar en un breve discurso todo lo que se puede decir o lo que se ha escrito sobre el tema de la oración, querría hoy poner de relieve una sola cosa. Todos nosotros, cuando oramos, somos discípulos de Cristo, no porque repitamos las palabras que Él nos enseñó una vez -palabras sublimes, contenido completo de la oración-, somos discípulos de Cristo incluso cuando no utilizamos esas palabras. Somos sus discípulos sólo porque oramos: “Escucha al Maestro que ora; aprende a orar. Efectivamente, para esto oró Él, para enseñar a orar” afirma San Agustín (Enarrationes in Ps. 56, 5). Y un autor contemporáneo escribe: “Puesto que el fin del camino de la oración se pierde en Dios, y nadie conoce el camino excepto el que viene de Dios, Jesucristo, es necesario (...) fijar los ojos en Él sólo. Es el camino, la verdad y la vida. Sólo Él ha recorrido el camino en las dos direcciones. Es necesario poner nuestra mano en la suya y partir” (Y. Raguin, Chemins de la contemplation, Desclée de Brower, 1969, pág. 179). Orar significa hablar con Dios -o diría aún más-, orar significa encontrarse en el Único Verbo eterno a través del cual habla el Padre y que habla al Padre. Este Verbo se ha hecho carne, para que nos sea más fácil encontrarnos en Él también con nuestra palabra humana de oración. Esta palabra puede ser muy imperfecta a veces, puede tal vez hasta faltarnos, sin embargo esta incapacidad de nuestras palabras humanas se completa continuamente en el Verbo que se ha hecho carne para hablar al Padre con la plenitud de esa unión mística que forma con Él cada hombre que ora, que todos los que oran forman con Él. En esta particular unión con el Verbo está la grandeza de la oración, su dignidad y, de algún modo, su definición.
Es necesario sobre todo comprender bien la grandeza fundamental y la dignidad de la oración. Oración de cada hombre Y también de toda la Iglesia orante. La Iglesia llega, en cierto modo, tan lejos como la oración. Dondequiera haya un hombre que ora.
3. Es necesario orar basándose en este concepto esencial de la oración. Cuando los discípulos pidieron al Señor Jesús: “Enséñanos a orar”, Él respondió pronunciando las palabras de la oración del Padrenuestro, creando así un modelo concreto y al mismo tiempo universal. De hecho, todo lo que se puede y se debe decir al Padre está encerrado en las siete peticiones que todos sabemos de memoria. Hay en ellas una sencillez tal, que hasta un niño las aprende, y a la vez una profundidad tal, que se puede consumir una vida entera en meditar el sentido de cada una de ellas. ¿Acaso no es así? ¿No nos habla cada una de ellas, una tras otra, de lo que es esencial para nuestra existencia, dirigida totalmente a Dios, al Padre? ¿No nos habla del “pan de cada día”, del “perdón de nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos”, y al mismo tiempo de preservarnos de la “tentación” y de “librarnos del mal”?
Cuando Cristo, respondiendo a la pregunta de los discípulos “enséñanos a orar”, pronuncia las palabras de su oración, enseña no sólo las palabras, sino enseña que en nuestro coloquio con el Padre debemos tener una sinceridad total y una apertura plena. La oración debe abrazar todo lo que forma parte de nuestra vida. No puede ser algo suplementario o marginal. Todo debe encontrar en ella su propia voz. También todo lo que nos oprime; de lo que nos avergonzamos; lo que por su naturaleza nos separa de Dios. Precisamente esto, sobre todo. La oración es la que siempre, primera y esencialmente, derriba la barrera que el pecado y el mal pueden haber levantado entre nosotros y Dios.
A través de la oración todo el mundo debe encontrar su referencia justa: esto es, la referencia a Dios: mi mundo interior y también el mundo objetivo, en el que vivimos y tal como lo conocemos. Si nos convertimos a Dios, todo en nosotros se dirige a Él. La oración es la expresión precisamente de este dirigirse a Dios; y esto es, al mismo tiempo, nuestra conversión continua: nuestro camino.
Dice la Sagrada Escritura:
“Como baja la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá sin haber empapado y fecundado la tierra y haberla hecho germinar, dando la simiente para sembrar y el pan para comer, así la palabra que sale de mi boca no vuelve a mí vacía, sino que hace lo que yo quiero y cumple su misión” (Is 55, 10-11).
La oración es el camino del Verbo que abraza todo. Camino del Verbo eterno que atraviesa lo íntimo de tantos corazones, que vuelve a llevar al Padre todo lo que en Él tiene su origen.
La oración es el sacrificio de nuestros labios (cf. Heb 13, 15). Es, como escribe San Ignacio de Antioquía, “agua viva que susurra dentro de nosotros y dice: ven al Padre” (cf. Carta a los romanos VII, 2).
Con mi bendición apostólica.

Saludos
Quiero ahora saludar con especial afecto a los superiores y sacerdotes del Pontificio Colegio español de Roma, exhortándoles vivamente a continuar la tradición secular de la iglesia de España de mantener siempre una estrecha comunión de sentimientos con la Sede de Pedro y con el Vicario de Cristo.
(En inglés)
Deseo dar una bienvenida especial a los estudiantes inválidos de la Asociación de Estudiantes de Universidades a distancia. de Inglaterra, y también a quienes los atienden. Tened la convicción de que los esfuerzos que hacéis para superar todas las desventajas y estar al servicio de los demás, son de gran valor. Y recordad siempre la parte que tiene Dios. Padre nuestro, en vuestras vidas; cuán cerca está de vosotros y lo mucho que os ama
(En alemán)
Entre los grupos presentes de lengua alemana, deseo saludar a los diáconos de la archidiócesis de Paderborn y a los encargados de los alumnos del semina­rio sacerdotal de la diócesis de Maguncia. Acompaño con mi oración y mi bendición especial vuestro camino hacía el sacer­docio.
(A los enfermos)
Mi alma se abre ahora con ternura paterna a cuantos de entre vosotros sufren a causa de la enfermedad. Sabed que no estáis solos en el calvario hacia el que camináis por designio misterioso: la Iglesia toda sufre con vosotros participando fraterna y solidariamente en el drama que os aflige. Y vosotros, por vuestra parte, acertad a dirigiros en las pruebas dolorosas a Aquel que venció el sufrimiento con su propia cruz; y ofrecedle el don de vuestro llanto y vuestras lágrimas, que así no se derramarán en vano, sino que serán redentoras de la humanidad. Os ayude siempre mi bendición apostólica.
(A los recién casados)
A vosotros, recién casados, que habéis inaugurado una vida nueva bajo el signo de bendición del Señor para hacer sagrado e indestructible vuestro amor conyugal, os deseo que consigáis sentir de modo creciente la belleza del gozo cristiano, vivido en vuestras familias en plena concordia y armonía, a imitación de la familia de Nazaret. Con este fin os bendigo de corazón.


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martes, 13 de marzo de 2018


Desde San Pedro hasta el actual Papa Francisco. Una linea ininterrumpida.

NOMBRE PONTIFICALINICIO DEL PONTIFICADOFIN DEL PONTIFICADONOMBRE SECULARNACIMIENTOSIGLO
1Pedro64 o 67 Bethsaida in Galilea1
2Lino6879 Tuscia1
3Anacleto8092 Romano1
4Clemente9299 Romano1
5Evaristo99 o 96108 Greco1
6Alejandro I108 o 109116 o 119 Romano2
7Sixto I117 o 119126 o 128 Romano2
8Telesforo127 o 128137 o 138 Greco2
9Higinio138142 o 149 Greco2
10Pío I142 o 146157 o 161 Aquileia2
11Aniceto150 o 157153 o 168 Emesa (Siria)2
12Sotero162 o 168170 o 177 Fondi2
13Eleuterio171 o 177185 o 193 Nicopoli (Epiro)2
14Víctor I186 o 189197 o 201 Africano2
15Ceferino198217 o 218 Romano2
16Calixto I218222  3
17Urbano I222230 Romano3
18Ponciano21.VII.23028.IX.235 Romano3
19Antero21.XI.2353.I.236 Greco3
20Fabián... 23620.I.250 Romano3
21Cornelio6 o 13.III.251... VI.253 Romano3
22Lucio I... VI o VII.2535.III.254 Romano3
23Esteban I12.III.2542.VIII.257 Romano3
24Sixto II30.VIII.2576.VIII.258 Greco3
25Dionisio22.VII.25926.XII.268 patria ignota3
26Félix I5.I.26930.XII.274 Romano3
27Eutiquiano4.I.2757.XII.283 Luni3
28Cayo17.XII.28322.IV.296 Dalmata3
29Marcelino30.VI.29625.X.304 Romano3
30Marcelo I30616.I.309 Romano4
31Eusebio18.IV.30917.VIII.309 Greco4
32Melquíades2.VII.31110.I.314 Africano4
33Silvestre I31.I.31431.XII.335 Romano4
34Marcos18.I.3367.X.336 Romano4
35Julio I6.II.33712.IV.352 Romano4
36Liberio17.V.35224.IX.366 Romano4
37Dámaso I1.X.36611.XII.384 Romano4
38Siricio15 o 22 o 29.XII.38426.XI.399 Romano4
39Anastasio I27.XI.39919.XII.401 Romano4
40Inocencio I22.XII.40112.III.417 Albano5
41Cósimo18.III.41726.XII.418 Greco5
42Bonifacio I28,29.XII.4184.IX.422 Romano5
43Celestino I10.IX.42227.VII.432 Campania5
44Sixto III31.VII.43219.VIII.440 Romano5
45León I29.IX.44010.XI.461 Tuscia5
46Hilario19.XI.46129.II.468 Sardo5
47Simplicio3.III.46810.III.483 Tivoli5
48Félix III13.III.48325.II o 1.III.492 Romano5
49Gelasio I1.III.49221.XI.496 Africano5
50Atanasio II24.XI.49619.XI.498 Romano5
51Símaco22.XI.49819.VII.514 Sardo5
52Hormisdas20.VII.5146.VIII.523  6
53Juan I13.VIII.52318.V.526 Tuscia6
54Félix IV12.VII.52620 o 22.IX.530 Sannio6
55Bonifacio II20 o 22.IX.53017.X.532 Romano6
56Juan II31.XII.532, 2.I.5338.V.535MercurioRomano6
57Agapito I13.V.53522.IV.536 Romano6
58Silverio, martire8.VI.536... 537 Frosinone6
59Vigilio29.III.5377.VI.555 Romano6
60Pelagio I16.IV.5564.III.561 Romano6
61Juan III17.VII.56113.VII.574CatalinoRomano6
62Benedicto I2.VI.57530.VII.579 Romano6
63Pelagio II26.XI.5797.II.590 Romano6
64Gregorio I, Magno3.IX.59012.III.604 Romano6
65Sabiniano... III, 13.IX.60422.II.606 Blera nella Tuscia7
66Bonifacio III19.II.60710.XI.607 Romano7
67Bonifacio IV25.VIII.6088.V.615 Territorio dei Marsi7
68Adeodato I19.X.6158.XI.618 Romano7
69Bonifacio V23.XII.61923.X.625 Napoli7
70Honorio I27.X.62512.X.638 Campania7
71Severino... X.638, 28.V.6402.VIII.640 Romano7
72Juan IV... VIII, 24.XII.64012.X.642 Dalmata7
73Teodoro I12.X, 24.XI.64214.V.649 Gerusalemme7
74Martín I5.VII.64916.IX.655 Todi7
75Eugenio I10.VIII.6542.VI.657 Romano7
76Vitaliano30.VII.65727.I.672 Segni7
77Adeodato II11.IV.67216.VI.676 Romano7
78Dono2.XI.67611.IV.678 Romano7
79Agatón27.VI.67810.I.681 Siciliano7
80León II... I.681, 17.VIII.6823.VII.683 Siciliano7
81Benedicto II26.VI.6848.V.685 Romano7
82Juan V23.VII.6852.VIII.686 Siro7
83Conón23.X.68621.IX.687 patria ignota7
84Sergio I15.XII.6877.IX.701 Siro7
85Juan VI30.X.70111.I.705 Greco8
86Juan VII1.III.70518.X.707 Greco8
87Sisiinio15.I.7084.II.708 Siro8
88Constantino25.III.7089.IV.715 Siro8
89Gregorio II19.V.71511.II.731 Romano8
90Gregorio III18.III.73128.XI.741 Siro8
91Zacarías3.XII.74115.III.752 Greco8
92Esteban II26.III.75226.IV.757 Romano8
93Paulo I... IV, 29.V.75728.VI.767 Romano8
94Esteban III1,7.VIII.76824.I.772 Siciliano8
95Adriano I1,9.II.77225.XII.795 Romano8
96León III26,27.XII.79512.VI.816 Romano8
97Esteban IV22.VI.81624.I.817 Romano9
98Pascual I25.I.817... II-V.824 Romano9
99Eugenio II... II-V.824...VIII.827 Romano9
100Valentín... VIII.827...IX.827 Romano9
101Gregorio IV... IX.827, 29.III.82825.I.844 Romano9
102Sergio II25.I.84427.I.847 Romano9
103León IV...I,10.V.84717.VII.855 Romano9
104Benedicto III...VII, 29.IX.85517.IV.858 Romano9
105Nicolás24.IV.85813.XI.867 Romano9
106Adriano II14.XII.867...XI o XII.872 Romano9
107Juan VIII14.XII.87216.XII.882 Romano9
108Marino I... XII.88215.V.884 Gallese9
109Adriano III17.V.884...VIII o IX.885 Romano9
110Esteban V...IX.88514.IX.891 Romano9
111Formoso6.X.8914.IV.896 Vescovo di Porto9
112Bonifacio VI11.IV.89626.IV.896 Romano9
113Esteban VI...V o VI.896...VII o VIII.897 Romano9
114Romano...VII o VIII.897...XI.897 Gallese9
115Teodoro II...XII.897...XII.897 o I.898 Romano9
116Juan IX..XII.897 o I.898...I-V.900 Tivoli9
117Benedicto IV...I-V.900...VII.903 Romano10
118León V... VII.903... IX.903 Ardea10
119Sergio III29.I.90414.IV.911 Romano10
120Anastasio III... VI o IX.911... VI o VIII o X.913 Romano10
121Landón... VII o XI.913... III.914 Sabina10
122Juan X... III o IV.914... V o VI.928 Tossignano (Imola)10
123León VI... V o VI.928... XII.928 o I.929 Romano10
124Esteban VII...I.929...II.931 Romano10
125Juan XI...III.931...I.936 Romano10
126León VII...I.93613.VII.939 Romano10
127Esteban VIII14.VII.939... X.942 Romano10
128Marino II30.X,...XI.942...V.946 Romano10
129Agapito II10.V.946...XII.955 Romano10
130Juan XII16.XII.95514.V.964Ottavianodei conti di Tuscolo10
131León VIII4,6.XII.963...III.965 Romano10
132Benedicto V...V.9644.VII.964 o 965 Romano10
133Juan XIII1.X.9656.IX.972 Romano10
134Benedicto VI...XII.972, 19.I.973...VII.974 Romano10
135Benedicto VII...X.97410.VII.983 Romano10
136Juan XIV...XI o XII.98320.VIII.984PietroPavia10
137Juan XV...VIII.985...III.996 Romano10
138Gregorio V3.V.996...II o III.999Brunone dei duchi di CarinziaSassonia10
139Silvestre II2.IV.99912.V.1003GelbertoAquitania10
140Juan XVII16.V.10036.XI.1003SicconeRomano11
141Juan XVIII25.XII.1003...VI o VII.1009FasanoRomano11
142Sergio IV31.VII.100912.V.1012PietroRomano11
143Benedicto VIII18.V.10129.IV.1024Teofilatto dei conti di Tuscolo 11
144Juan XIX19.IV.1024...1032Romano dei conti di Tuscolo 11
145Benedicto IX...VIII o IX.1032...IX.1044Teofilatto dei conti di Tuscolo 11
146Silvestre III13 o 20.I.1045...III.1045GiovanniRomano11
147Benedicto IX10.III.10451.V.1045Teofilatto dei conti di Tuscolo 11
148Gregorio VI1.V.104520.XII.1046Giovanni GrazianoRomano11
149Clemente II24.XII.10469.X.1047Suitgero dei signori di Morsleben von HorneburgSassonia11
150Benedicto IX...X.1047... VIII.1048Teofilatto dei conti di Tuscolo 11
151Dámaso II17.VII.10489.VIII.1048PopponeTirolo11
152León IX2,12.II.104919.IV.1054Brunone dei conti di EgisheimAlsaziano11
153Víctor II13.IV.105528.VII.1057Gebeardo dei conti di Dollnstein-HirschbergSvevo11
154Esteban IX2,3.VIII.105729.III.1058Federico dei duchi di Lorena 11
155Nicolás II...XII.1058, 24.I.105927.VII.1061GerardoBorgogna11
156Alejandro II30.IX, 1.X.106121.IV.1073AnselmoBaggio (Milano)11
157Gregorio VII22.IV,30.VI.107325.V.1085IldebrandoTuscia11
158Víctor III24.V.1086, 9.V.108716.IX.1087Dauferio (Desiderio)Benevento11
159Urbano II12.III.108829.VII.1099Oddone di LageryChâtillon-sur-Marne11
160Pascual II13,14.VIII.109921.I.1118RanieroBleda o Galeata11
161Gelasio II24.I,10.III.111828.I.1119Giovanni CaetaniGaeta12
162Callixto II2,9.II.111913 o 14.XII.1124Guido di Borgogna 12
163Honorio II15,21.XII.112413 o 14.II.1130Lamberto ScannabecchiFiagnano (Imola)12
164Inocencio II14,23.II.113024.IX.1143Gregorio PapareschiRomano12
165Celestino II26.IX,3.X.11438.III.1144GuidoCittà di Castello12
166Lucio II12.III.114415.II.1145GerardoBolognese12
167Eugenio III15,18.II.11458.VII.1153BernardoPisa12
168Anastasio IV12.VII.11533.XII.1154CorradoRomano12
169Adriano IV4,5.XII.11541.IX.1159Nicola BreakspearAbbot's Lagnley (Hertfordshire)12
170Alejandro III7,20.IX.115930.VIII.1181Rolando BandinelliSiena12
171Lucio III1. 6.IX.118125.IX.1185Ubaldo AllucingoliLucchese12
172Urbano III25.XI,1.XII.118520.X.1187Umberto CrivelliMilanese12
173Gregorio VIII21.25.X.118717.XII.1187Alberto di MorraBenevento12
174Clemente III19,20.XII.1187...III.1191Paolo ScolariRomano12
175Celestino III10,14.IV.11918.I.1198Giacinto BoboneRomano12
176Inocencio III8.I,22.II.119816.VII.1216Lotario dei conti di SegniGavignano (Roma)12
177Honorio III18,24.VII.121618.III.1227CencioRomano13
178Gregorio IX19,21.III.122722.VIII.1241Ugolino dei conti di SegniAnagni13
179Celestino IV25,28.X.124110.XI.1241Goffredo da CastiglioneMilanese13
180Inocencio IV25,28.VI.12437.XII.1254Sinibaldo FieschiLavagna (Genova)13
181Alejandro IV12,20.XII.125425.V.1261Rinaldo dei signori di IenneIenne (Roma)13
182Urbano IV29.VIII,4.IX.12612.X.1264Giacomo PantaléonTroyes13
183Clemente IV5,22.II.126529.XI.1268Guido FoulquesSaint-Gilles (Francia meridionale)13
184Gregorio X1.IX.1271,27.III.127210.I.1276Tebaldo ViscontiPiacenza13
185Inocencio V21.I,22.II.127622.VI.1276Pietro di TarentaiseSavoia13
186Adriano V11.VII.127618.VIII.1276Ottobono FieschiGenovese13
187Juan XXI16,20.IX.127620.V.1277Pietro di Giuliano o Pietro IspanoLisbona13
188Nicolás III25.XI, 26.XII.127722.VIII.1280Giovanni Gaetano OrsiniRomano13
189Martino IV22.II,23.III.128129.III.1285Simone de Brie o di Brion o di MainpincienFrancese13
190Honorio IV2.IV, 20.V.12853.IV.1287Giacomo SavelliRomano13
191Nicolás IV22.II.12884.IV.1292GirolamoLisciano (Ascoli PIceno)13
192Celestino V5.VII, 29.VIII.129413.XII.1294Pietro del MorroneMolise13
193Bonifacio VIII24.XII.1294, 23.I.129511.X.1303Benedetto CaetaniAnagni13
194Benedicto XI22,27.X.13037.VII.1304Niccolò di BoccasioTreviso14
195Clemente V5.VI, 14.XI.130520.IV.1314Bertrando de GotVillandraut (Gironde)14
196Juan XXII7.VIII,5.IX.13164.XII.1334Giacomo DuèseCahors14
197Benedicto XII20.XII.1334, 8.I.133525.IV.1342Giacomo FournierSaverdun (Francia meridionale)14
198Clemente VI7,19.V.13426.XII.1352Pietro RogerMaumont (Limosino)14
199Inocencio VI18,30.XII.135212.IX.1362Stefano AubertMonts (Limosino)14
200Urbano V28.IX,6.XI.136219.XII.1370Guglielmo GrimoardGrizac (Francia meridionale)14
201Gregorio XI30.XII.1370, 3.I.137126.III.1378Pietro Roger de BeaufortRosiers d'Egletons (Limosino)14
202Urbano VI8,18.IV.137815.X.1389Bartolomeo PrignanoNapoli14
203Bonifacio IX2,9.XI.13891.X.1404Pietro TomacelliNapoli14
204Inocencio VII17.X,11.XI.14046.XI.1406Cosma MiglioratiSulmona15
205Gregorio XII30.XI,19.XII.14064.VII.1415Angelo CorrerVeneziano15
206Martín V11,21.XI.141720.II.1431Oddone ColonnaGenazzano15
207Eugenio IV3,11.III.143123.II.1447Gabriele CondulmerVeneziano15
208Nicolás V6,19.III.144724.III.1455Tommaso ParentucelliSarzana15
209Callixto III8,20.IV.14556.VIII.1458Alonso BorjaTorre del Canals presso Játiva (Valencia)15
210Pío II19.VIII, 3.IX.145814.VIII.1464Enea Silvio PiccolominiCorsignano (Siena)15
211Paulo II30.VIII, 16.IX.146426.VII.1471Pietro BarboVeneziano15
212Sixto IV1,9,25.VIII.147112.VIII.1484Francesco della RovereCelle (Savona)15
213Inocencio VIII29.VIII, 12.IX.148425.VII.1492Giovanni Battista CiboGenovese15
214Alejandro VI11,26.VIII.149218.VIII.1503Rodrigo de BorjaJátiva (Valencia)15
215Pío III22.IX, 1,8.X.150318.X.1503Francesco Todeschini-PiccolominiSiena16
216Julio II1,26.XI.150321.II.1513Giuliano della RovereAlbisola (Savona)16
217León X11,19.III.15131.XII.1521Giovanni de' MediciFiorentino16
218Adriano VI9.I,31.VIII.152214.IX.1523Adriano FlorenszUtrecht16
219Clemente VII19,26.XI.152325.IX.1534Giulio de' MediciFiorentino16
220Paulo III13.X, 3.XI.153410.XI.1549Alessandro FarneseCanino (Viterbo)16
221Julio III7,22.II.155023.III.1555Giovanni Maria Ciocchi del MonteRomano16
222Marcelo II9,10.IV.15551.V.1555Marcello CerviniMontefano16
223Paulo IV23,26.V.155518.VIII.1559Gian Pietro CarafaCapriglia (Avellino)16
224Pío IV26.XII.1559, 6.I.15609.XII.1565Giovan Angelo MediciMilanese16
225Pío V7,17.I.15661.V.1572Antonio (Michele) GhisleriBosco (Alessandria)16
226Gregorio XIII13,25.V.157210.IV.1585Ugo BoncompagniBolognese16
227Sixto V24.IV, 1.V.158527.VIII.1590Felice PerettiGrottammare (Ascoli Piceno)16
228Urbano VII15.IX.159027.IX.1590Giambattista CastagnaRomano16
229Gregorio XIV5,8.XII.159016.X.1591Niccolò SfondratiSomma Lombarda16
230Inocencio IX29.X,3.XI.159130.XII.1591Giovan Antonio FacchinettiBolognese16
231Clemente VIII30.I,9.II.15923.III.1605Ippolito AldobrandiniFano16
232León XI1,10.IV.160527.IV.1605Alessandro de' MediciFiorentino17
233Paulo V16,29.V.160528.I.1621Camillo BorgheseRomano17
234Gregorio XV9,14.II.16218.VII.1623Alessandro LudovisiBolognese17
235Urbano VIII6.VIII, 29.IX.162329.VII.1644Maffeo BarberiniFiorentino17
236Inocencio X15.IX,4.X.16447.I.1655Giovanni Battista PamphiljRomano17
237Alejandro VII7,18.IV.165522.V.1667Fabio ChigiSiena17
238Clemente IX20,26.VI.16679.XII.1669Giulio RospigliosiPistoia17
239Clemente X29.IV,11.V.167022.VII.1676Emilio AltieriRomano17
240Inocencio XI21.IX, 4.X.167612.VIII.1689Benedetto OdescalchiComo17
241Alejandro VIII6,16.X.16891.II.1691Pietro OttoboniVeneziano17
242Inocencio XII12,15.VII.169127.IX.1700Antonio PignatelliSpinazzola17
243Clemente XI23,30.XI, 8.XII.170019.III.1721Giovanni Francesco AlbaniUrbino18
244Inocencio XIII8,18.V.17217.III.1724Michelangelo ContiPoli18
245Benedicto XIII29.V, 4.VI.172421.II.1730Pietro Francesco (Vincenzo Maria) OrsiniGravina18
246Clemente XII12,16.VII.17306.II.1740Lorenzo CorsiniFiorentino18
247Benedicto XIV17,22.VIII.17403.V.1758Prospero LambertiniBolognese18
248Clemente XIII6,16.VII.17582.II.1769Carlo RezzonicoVeneziano18
249Clemente XIV19,28.V, 4.VI.176922.IX.1774Giovanni Vincenzo Antonio (Lorenzo) GanganelliSant'Arcangelo di Romagna18
250Pío VI15,22.II.177529.VIII.1799Giannangelo BraschiCesena18
251Pío VII14,21.III.180020.VIII.1823Barnaba (Gregorio) ChiaramontiCesena19
252León XII28.IX, 5.X.182310.II.1829Annibale della GengaMonticelli di Genga (Fabriano)19
253Pío VIII31.III, 5.IV.182930.XI.1830Francesco Saverio CastiglioniCingoli19
254Gregorio XVI2,6.II.18311.VI.1846Bartolomeo Alberto (Mauro) CappellariBelluno19
255Pío IX16,21.VI.18467.II.1878Giovanni Maria Mastai FerrettiSenigallia19
256León XIII20.II, 3.III.187820.VII.1903Vincenzo Gioacchino PecciCarpineto Romano19
257Pío X4,9.VIII.190320.VIII.1914Giuseppe Melchiorre SartoRiese (Treviso)20
258Benedicto XV3,6.IX.191422.I.1922Giacomo della Chiesa 20
259Pío XI6,12.II.192210.II.1939Achille RattiDesio (Milano)20
260Pío XII2,12.III.19399.X.1958Eugenio PacelliRomano20
261Juan XXIII28.X, 4.XI.19583.VI.1963Angelo Giuseppe RoncalliSotto il Monte (Bergamo)20
262Pablo VI21,30.VI.19636.VIII.1978Giovanni Battista MontiniConcesio (Brescia)20
263Juan Pablo I26.VIII, 3.IX.197828.IX.1978Albino LucianiForno di Canale (Belluno)20
264Juan Pablo II16,22.X.19782.IV.2005Karol WojtyłaWadowice (Kraków)20
265Benedicto XVI19,24.IV.200528.II.2013Joseph RatzingerMarktl am Inn (Baviera)21
266Francisco13,19.III.2013Jorge Mario BergoglioBuenos Aires (Argentina)21