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domingo, 3 de julio de 2011

Regalos de boda


Escrito por Padre Jorge Ambert
Miércoles, 29 de Junio de 2011 14:48

Los “casados en el Señor” están de plácemes: el primero en darles regalos de boda es el mismo Jesús, su amigo. Dios, Creador del matrimonio, es bueno con todos y concede a los casados un tanque de 20 galones para mantener activo ese motor de su relación mutua. Pero a los “casados en el Señor”, los sacramentados, les añade un tanque de reserva; como la palanquita de los viejos volkis para la milla adicional hasta la gasolinera próxima.

El primer regalo, o gracia, es la fuerza de Dios para conseguir el uno con una para siempre. Es una tarea, en momentos, sobrehumana. Si casarse fuese encontrarse con fulana los viernes a las diez, sería más fácil, pero es con esa en convivencia continua. Si casarse fuera con varias para ir alternando, se suaviza; es con una sola. Hace falta, pues, una fuerza adicional para conseguir la convivencia perfecta.

Esta gracia la expresa así el Concilio Vaticano II: “Además, permanece con ellos para que los esposos, con su mutua entrega, se amen con perpetua fidelidad como El mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella” (G et S.48). Esa es la fuerza para que en los momentos duros puedas exclamar: “Yo no tengo sentido sin ti, con todos los errores y todos los defectos que tengas. Mi amor los tratará de disminuir. “

No es posible comprobar matemáticamente esta gracia para caminar la milla extra. Sin embargo, la hemos visto en acción. Cuando esa pareja sufre ante la cama del hijo moribundo, con resignación y mutuo apoyo, sabemos que en medio de ellos hay un poder para que sean menos egoistas y más fuertes y constantes de lo que son naturalmente. Cuando él se aleja de otra, a quien ha llegado a amar con igual o más pasión que a su esposa, y lo hace porque siente la fuerza para darse una nueva oportunidad y darla a su cónyuge, le está empujando esta gracia.

En los Talleres de Renovación Conyugal he tenido esa experiencia: parejas donde humanamente no aparece el punto de encuentro. Se han agotado todas las posibilidades de arreglo, y el esfuerzo termina en “tendrán que separarse, pero háganlo al menos en paz, sin añadir más dolores a este proceso”. Y en la despedida del Taller me dicen: “vamos a intentarlo de nuevo”. Y yo por dentro pienso “Es la gracia del sacramento que comienza a actuar”.

Jesús tiene mucho interés en que el ‘sí’ que pronunciaste permanezca. Y para eso te ofrece su poder. Ese ‘sí’ produjo su presencia entre Uds. dos. Uds. le interesan mucho y les ha dicho “No quiero que se vayan solos. Quiero ir yo de pegamento. Quiero ser el árbitro en las dificultades que sobrevengan”. La gracia sacramental es eficaz. Si no consigue su efecto, es por la parte humana que impide que se consiga.

domingo, 19 de junio de 2011

El misterio de la Santísima Trinidad


Escrito por Heidy N. Marrero Pérez
Viernes, 17 de Junio de 2011 09:11

“La Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la jerarquía de las verdades de fe” (C.I.C. 234)

Así, en palabras sencillas, el Catecismo de la Iglesia Católica describe la trascendencia del enigma de un Dios Trino. Los debates teológicos sobre este tema han sido milenarios. No obstante, el dogma ha permanecido incólume; la Santísima Trinidad es la revelación de una verdad extraordinaria: Dios Padre; Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.

En la vida de la Iglesia, las parábolas han servido para aleccionar sobre esta realidad compleja. San Patricio, por ejemplo, utilizó un trébol diciendo que la Santísima Trinidad, al igual que el trébol, era una misma unidad pero con tres personas diferentes (una misma hoja con tres foliolos).

De otro lado, se cuenta de San Agustín que, mientras paseaba por la playa, vio a un chico que pretendía sacar todo el agua del mar con una concha de caracol y verterla en un hoyo en la orilla. De inmediato, el Santo catalogó de imposible la proeza y el muchacho replicó diciendo que era más fácil realizar aquella hazaña que explicar la Trinidad, gestión que pretendía hacer San Agustín a través de su obra maestra “De Trinitate”.

“El misterio trinitario se escapa a nuestra razón. Pero está ahí y nos ayuda con nuestra fe y nuestro crecimiento espiritual. Su comprensión no condiciona nuestra salvación. Lo importante es vivir bajo la inspiración de ese misterio”, explica el teólogo Padre Floyd McCoy Jordán, Ph. D.

Es una verdad de fe que no debe quedarse en mero raciocinio. Para un evangelio práctico, es prioritario comprender la importancia de acercarse a las manifestaciones del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

“Cada persona de la Trinidad representa algo en el misterio salvífico. Tradicionalmente, se dice que el Padre es creador, el Hijo es redentor y el Espíritu Santo es santificador. Pues bien, el hombre precisa conocer a Dios como su creador, recibir la redención del Hijo y la santidad del Espíritu Santo. En nuestra dimensión humana, necesitamos identificarnos con cada una de esas manifestaciones”, dijo el teólogo.

El hecho de que la Biblia no mencione el concepto de la Santísima Trinidad directamente, no implica que no sea real.

“La Tres Personas son manifiestas en toda la historia bíblica, pero ha sido el cristianismo, desde la formación de la Iglesia primitiva, el que ha ido descubriendo esa verdad. La Iglesia ha venido reflexionando sobre esto, inspirada por el Espíritu Santo, a la luz de las Sagradas Escrituras”, explicó el sacerdote.

Esa dimensión trinitaria está presente en la vida y los sacramentos de la Iglesia. Bautizar “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”, explicó el sacerdote, responde a la reafirmación de ese dogma de fe.

“Los bautizados son adheridos al cuerpo místico de Cristo con una invocación al Dios Todopoderoso. Esa es la identificación de nuestra fe”, añadió.

Esa convicción se inserta en la vida diaria del creyente. En cada oración, bendición y acción de gracias se reafirma la fe del “Dios uno y trino”.

Así lo expuso el Papa Benedicto XVI, en una reflexión con motivo de la solemnidad de la Santísima Trinidad.

“La Trinidad divina, en efecto, pone su morada en nosotros el día del Bautismo (…) El nombre de Dios, en el cual fuimos bautizados, lo recordamos cada vez que nos santiguamos. El teólogo Romano Guardini, a propósito del signo de la cruz, afirma: «Lo hacemos antes de la oración, para que… nos ponga espiritualmente en orden; concentre en Dios pensamientos, corazón y voluntad; después de la oración, para que permanezca en nosotros lo que Dios nos ha dado… Esto abraza todo el ser, cuerpo y alma… y todo se convierte en consagrado en el nombre del Dios Uno y Trino»”, expresó el Pontífice el pasado año.

“La Santísima Trinidad resume la historia de la salvación, desde la creación del ser humano en el libro de Génesis, hasta el momento en que Jesús regrese. Es esa presencia trinitaria la que gobierna la historia. Como cristianos, debemos permanecer abiertos a ella. San Agustín decía que el Espíritu Santo es el lazo de amor que une al Padre con el Hijo. Entonces, el amor no es algo que debamos hacer, sino que es parte del misterio. Al acercarnos a un Dios trino, nos acercamos también al amor”, concluyó Padre Floyd.

Mensaje el Papa JMJ de 2011- Madrid "Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe''


Escrito por Redacción EV
Viernes, 17 de Junio de 2011 08:59

Nuestra mirada se dirige ahora a la próxima Jornada Mundial de la Juventud, que tendrá lugar en Madrid, en el mes de agosto de 2011.

Quisiera que todos los jóvenes, tanto los que comparten nuestra fe, como los que vacilan, dudan o no creen, puedan vivir esta experiencia, que puede ser decisiva para la vida: la experiencia del Señor Jesús resucitado y vivo, y de su amor por cada uno de nosotros.

En cada época, también en nuestros días, numerosos jóvenes sienten el profundo deseo de que las relaciones interpersonales se vivan en la verdad y la solidaridad. Muchos manifiestan la aspiración de construir relaciones auténticas de amistad, de conocer el verdadero amor, de fundar una familia unida, de adquirir una estabilidad personal y una seguridad real, que puedan garantizar un futuro sereno y feliz.

Al recordar mi juventud, veo que, en realidad, la estabilidad y la seguridad no son las cuestiones que más ocupan la mente de los jóvenes. Sí, la cuestión del lugar de trabajo, y con ello la de tener el porvenir asegurado, es un problema grande y apremiante, pero al mismo tiempo la juventud sigue siendo la edad en la que se busca una vida más grande.

Al pensar en mis años de entonces, sencillamente, no queríamos perdernos en la mediocridad de la vida aburguesada. Queríamos lo que era grande, nuevo. Queríamos encontrar la vida misma en su inmensidad y belleza. Desear algo más que la cotidianidad regular de un empleo seguro y sentir el anhelo de lo que es realmente grande forma parte del ser joven.

¿Se trata sólo de un sueño vacío que se desvanece cuando uno se hace adulto? No, el hombre en verdad está creado para lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente. San Agustín tenía razón: nuestro corazón está inquieto, hasta que no descansa en Ti.

Comprendemos que es un contrasentido pretender eliminar a Dios para que el hombre viva. Dios es la fuente de la vida; eliminarlo equivale a separarse de esta fuente e, inevitablemente, privarse de la plenitud y la alegría: «sin el Creador la criatura se diluye» (Con. Ecum. Vaticano. II, Const. Gaudium et Spes, 36).

La cultura actual, en algunas partes del mundo, sobre todo en Occidente, tiende a excluir a Dios, o a considerar la fe como un hecho privado, sin ninguna relevancia en la vida social. Aunque el conjunto de los valores, que son el fundamento de la sociedad, provenga del Evangelio -como el sentido de la dignidad de la persona, de la solidaridad, del trabajo y de la familia-, se constata una especie de “eclipse de Dios”, una cierta amnesia, más aún, un verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida, con el riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza.

Por este motivo, queridos amigos, os invito a intensificar vuestro camino de fe en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Vosotros sois el futuro de la sociedad y de la Iglesia. Como escribía el apóstol Pablo a los cristianos de la ciudad de Colosas, es vital tener raíces y bases sólidas.



Arraigados y edificados en Cristo

Echar raíces, para el profeta, significa volver a poner su confianza en Dios. De Él viene nuestra vida; sin Él no podríamos vivir de verdad. Por ello, la fe cristiana no es sólo creer en la verdad, sino sobre todo es tener una relación personal con Jesucristo. El encuentro con el Hijo de Dios proporciona un dinamismo nuevo a toda la existencia. Cuando comenzamos a tener una relación personal con Él, Cristo nos revela nuestra identidad y, con su amistad, la vida crece y se realiza en plenitud.

Como las raíces del árbol lo mantienen plantado firmemente en la tierra, así los cimientos dan a la casa una estabilidad perdurable. Mediante la fe, estamos arraigados en Cristo (cf. Col 2, 7), así como una casa está construida sobre los cimientos.

Queridos amigos, construid vuestra casa sobre roca, como el hombre que “cavó y ahondó”. Intentad también vosotros acoger cada día la Palabra de Cri

to. Escuchadle como al verdadero Amigo con quien compartir el camino de vuestra vida. Con Él a vuestro lado seréis capaces de afrontar con valentía y esperanza las dificultades, los problemas, también las desilusiones y los fracasos. Continuamente se os presentarán propuestas más fáciles, pero vosotros mismos os daréis cuenta de que se revelan como engañosas, no dan serenidad ni alegría. Sólo la Palabra de Dios nos muestra la auténtica senda, sólo la fe que nos ha sido transmitida es la luz que ilumina el camino. Acoged con gratitud este don espiritual que habéis recibido de vuestras familias y esforzaos por responder con responsabilidad a la llamada de Dios, convirtiéndoos en adultos en la fe. No creáis a los que os digan que no necesitáis a los demás para construir vuestra vida. Apoyaos, en cambio, en la fe de vuestros seres queridos, en la fe de la Iglesia, y agradeced al Señor el haberla recibido y haberla hecho vuestra.

Benedictus PP. XVI

(Para leer el mensaje en su totalidad acceda www.elvisitantepr.com.)

Alabanzas a Cristo Eucaristía


Escrito por Natalie Negrón Torrens
Viernes, 17 de Junio de 2011 09:16

Guaynabo- En pasados días sobre 400 jóvenes provenientes de todos los rincones de la Isla se dieron cita en el primer Congreso Eucarístico Juvenil “Adoremus”, evento cumbre para la pastoral juvenil de la Alianza de los Dos Corazones, movimiento que persigue (bajo el aval pontificio) promover la santificación de la familia y la juventud.

Por cuatro días los jóvenes presentes pudieron vivir un encuentro evangelizador en donde lograron experimentar la presencia real de Jesús en la Eucaristía y entender el amor maternal e incondicional de María Santísima.

El congreso contó con seis charlas, todas dirigidas a animar al joven y fortalecer su fe a través de la comunión eucarística y la adoración, el Sacramento de la Reconciliación, y el rezo del Santo Rosario.

Los jóvenes allí presentes manifestaron que su experiencia en el congreso había sido muy buena, espiritual y para toda la vida ya que pudieron sentir a Dios muy cerca.

El Visitante conversó con algunos de los jóvenes del grupo juvenil MHCC de la Parroquia San José, quienes se proyectaron alegres y vigorosos tras ser parte de tan importante encuentro para la juventud puertorriqueña.

“Mi hogar fue entronizado a la Alianza de los dos Corazones hace un tiempo atrás y se nos motivó a participar en los congresos “Adore” celebrados en California y Nebraska. La experiencia fue única y cuando me enteré que iban hacer el congreso en Puerto Rico me animé muchísimo y ha sido una experiencia muy especial ya que en esta ocasión estoy ayudando a otros a vivir lo que ya yo viví”, dijo Tania González, de 15 años.

Por su parte, Jesús García, de 13 años, reveló estar contento y gozoso de poder ser parte de este encuentro, y explicó que sin duda volverá el próximo año.

“Lo más que he disfrutado ha sido la adoración al Santísimo… No hay palabras para describirlo”, manifestó.

Para una de las coordinadoras del evento, Carmen Marrero, el hecho de que se hayan dado cita cientos de jóvenes de todo Puerto Rico es un gran signo de que Dios está en control.

“Esta experiencia ha sido hermosa, gratificante y sobre todo un gran triunfo para el Señor”, declaró.

Padre Ricardo ofreció la primera charla del congreso llamada “¡Estad Alerta! Que nadie te engañe”. Se ofrecieron también las charlas “No dudes más, cree”, “Apóstoles sin miedo de la Eucaristía”, “Valor para ser puro”, “No hay Amor más grande” y “Llamado a la santidad”.

Padre Edgardo “Bing” Arellano y Padre José Viola fueron parte del equipo de conferenciantes. El evento finalizó con la misa de clausura celebrada por Padre Edgardo Arellano.

Además de las charlas, durante el congreso hubo una procesión eucarística, presentación de testimonios, intermedios de animación, música, alabanza y adoración.

viernes, 10 de junio de 2011

Ser piedras vivas


Escrito por P. José P. Benabarre Vigo
Miércoles, 01 de Junio de 2011 14:59

Cristo volverá a este mundo para recoger a sus seguidores, invitados a estar con Él en el Cielo por toda la eternidad (Jn 17, 24). Mientras, tienen que ayudar a edificar el cuerpo, templo del Espíritu, y ofrecer sacrificios agradables a Dios. La Iglesia, obra de Dios, no está formada por ángeles impecables, sino por hombres y mujeres pecadores, sujetos a todas las debilidades humanas, secuelas del pecado original.

No obstante, esas miserias y debilidades, el cristiano está llamado a ser santo (Lev 20, 26), a convertirse, en imitación de Cristo, en piedra viva para ayudar a construir el templo del Espíritu, en el cual se ofrezcan a Dios sacrificios espirituales (1 P 2, 5). La piedra angular, es decir, el fundamento sobre el cual se levanta ese templo fue, es y será siempre Jesús, rechazado por los hombres (1 P 2, 7), pero glorificado por Dios por su resurrección de entre los muertos.

Por el bautismo, todos los cristianos son constituidos en sacerdotes de Cristo (sacerdocio común); sacerdocio que no hay que confundir con el sacerdocio ministerial, que se confiere a los llamados (Heb 5, 4) mediante el sacramento del Orden (Código de Derecho Canónico, Cánones 1533 ss).

Santificación

El primer deber del cristiano como sacerdote es santificarse a sí mismo. Es tarea de toda la vida, y cuanto antes se consiga, tanto mejor.

Son muchos los que juzgan imposible ser santos. Difícil sí lo es, pero no imposible, si se aceptan los medios que Dios y su Iglesia generosamente nos ofrecen: oración humilde, frecuente y dirigida a Cristo (Jn 14, 13); frecuencia de los sacramentos de la Confesión y Comunión; huir de las ocasiones de pecar; ferviente y sincero deseo de agradar a Dios en todo; practicar las obras de misericordia. Convertirse en piedras vivas y conseguir la santificación consiste en hacer BIEN todo lo que debemos hacer.

Trabajar con Cristo

El cristiano, con los demás, forma un cuerpo cuya cabeza es Cristo (1 Co 10, 17; Col 1, 18, 24). Esta unidad exige que trabajemos con Cristo, en sus mismas cosas y para los mismos fines para los que vino a este mundo. “He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10, 10). No basta que seamos católicos; es preciso dar fruto, pues con él damos gloria al Padre celestial, según el buen Jesús. Ese fruto puede ser el “ciento por uno” (Mt 13, 8). No se nos exige lo mismo a todos; y en la santidad hay muchos grados.

A Dios, infinitamente perfecto, nada podemos hacer para darle más gloria de la que tiene, propiamente hablando. Pero, al hacer cualquier obra buena y mucho más, al santificarnos, manifestamos su bondad y poder. Pero, no podremos santificarnos ni dar gloria al Padre celestial si no trabajamos con Cristo. Nos lo advierte Él claramente: “Quien no está conmigo, está contra mí; el que no recoge conmigo, dispersa” (Mt 12, 30).

... y con su Iglesia

Cumplida su misión, Cristo subió triunfante y glorioso, a los Cielos, donde está sentado a la diestra de Dios Padre (Credo). Para continuar su misión, creó su Iglesia, a la que dio los mismos poderes que Él tenía de su Padre celestial: “Como el Padre me envió, así os envío a vosotros” (Jn 20, 21). Si a este texto unimos este otro: “Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza; y el que me rechaza a mí, rechaza al que me envió [el Padre]” (Lc 10, 16), entenderemos que hemos de trabajar para los fines que la Iglesia trabaja, seguros de que hacemos la voluntad del Padre celestial.

La Ascensión del Señor


Escrito por P. Ángel M. Santos Santos
Miércoles, 01 de Junio de 2011 15:00

Después de dos milenios, la Iglesia tiene las mismas debilidades humanas que en su inicio; pero también posee la fuerza de Cristo para cumplir su misión. Debilidad humana y potencia de Dios, pecado y gracia, trigo y cizaña están presentes en la Iglesia, en cada momento de su historia. El bautizado, miembro de la Iglesia que siempre necesita purificación, lucha por mantenerse en la amistad con Cristo para no perder la fortaleza de lo Alto.

La fuerza en la

debilidad

La duda de los 11, viendo a Jesús antes de su ascensión al Cielo, muestra la flaqueza de sus discípulos ya desde el principio. La grandeza de la Iglesia no se encuentra sólo en la virtud de sus fieles, que son siempre débiles y necesitados de asistencia. La fuerza de los cristianos está en Cristo y su Espíritu. Cuando la Iglesia acoge un nuevo creyente, éste sabe que no ingresa a un grupo de cristianos perfectos. Se hace discípulo de Jesús para ayudar a los otros en el camino hacia Dios viviendo la santidad.

Ante la vacilación y la duda de los 11, Jesús les asegura que ha recibido pleno poder en el Cielo y en la tierra. La presencia de Jesús concede a la Iglesia la fuerza para la misión. Como enseña el Papa: “Una vida santa no es fruto principalmente de nuestro esfuerzo, de nuestras acciones, porque es Dios, el tres veces santo, quien nos hace santos; es la acción del Espíritu Santo que nos anima desde nuestro interior; es la vida misma de Cristo resucitado la que se nos comunica y la que nos transforma” (Benedicto XVI, Audiencia general, 13 abril 2011).



Los pecados de hoy

Actualmente, en la Iglesia se encuentran muchos pecados que la afean y que le quitan su credibilidad ante un mundo descreído. El pecado es una realidad social y muchas veces está presente dentro de la Iglesia por sus miembros infieles a los mandamientos de Cristo. Pero la Iglesia, por la presencia de Cristo, libera del pecado ofreciendo el perdón a quien se arrepiente.

A veces, se podría pensar que una acusación de pecado contra algún miembro de la Iglesia es sólo una señal de persecución. Pero la imputación de pecado siempre es un llamado de conversión y una oportunidad de purificación. Ante el reproche por el pecado, la Iglesia sólo tiene una manera de defenderse: proclamando la verdad sobre el ser humano, Dios y la Iglesia.



El bautismo y la Palabra

La misión de la Iglesia es hacer discípulos de Cristo mediante el sacramento del Bautismo, y enseñar a cumplir todo lo que El mandó. Este sacramento requiere la observancia de dos promesas: renunciar al pecado y creer en Cristo Jesús. El pecado no pertenece a Cristo ni a su Iglesia. Ni siquiera es propio de la naturaleza humana. El pecado es la negación de Cristo, rechazo del amor de Dios y negación de la santidad de la Iglesia. El pecado deshumaniza y descristianiza.

A veces los padres pretenden que la Iglesia bautice a un niño sin la presencia de un compromiso auténtico con Cristo. Se olvidan que la Iglesia bautiza con la condición de que los padres enseñen a su hijo a guardar todo lo que Jesús mandó. La misión de la Iglesia es el anuncio y la práctica de este sencillo evangelio que hace libre al ser humano y lo conduce hacia Dios. La buena nueva de Jesucristo es la fuerza y la libertad de los hijos de Dios en la Iglesia, a pesar de su evidente debilidad humana.

martes, 31 de mayo de 2011

Amor que actúa


Escrito por P. José P. Benabarre Vigo
Viernes, 27 de Mayo de 2011 09:17

Hay dos pensamientos en las lecturas del VI Domingo de Pascua que dan mucho de sí. El uno nos lo ofrece san Pedro: “Hemos de estar preparados para dar cuenta de nuestra esperanza” (1 P 3, 15); y el otro nos lo propone el buen Jesús en el Evangelio: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos” (Jn 14, 15-21)

Cristo, nuestra esperanza

Al pedir San Pedro a los cristianos que estemos preparados para dar cuenta de nuestra esperanza, si así se nos pide, quiso decirnos dos cosas: que tengamos un buen conocimiento de nuestra fe; y que la demos a conocer a aquellos que nos pidan explicársela. Ahora bien, como nuestra mayor esperanza -única, debería decir-, es Cristo, a Él debemos buscar, amar y servir con toda lealtad, creyendo firmemente que nos dará lo que nos promete.

La condición del cristiano en este mundo sería bien triste si cifráramos sólo en esta vida terrera nuestro último gozo y ambición. Nos lo advirtió San Pablo (ver 1 Corintios 15, 19). Nos invitan nuestras pasiones, y tenemos que domeñarlas (Mc 9, 47); nos gustan las riquezas, pero Cristo nos dice que es mejor repartirlas entre los pobres; quisiéramos vengarnos de nuestros enemigos, pero el buen Jesús quiere que los perdonemos hasta setenta veces siete, es decir, siempre (Mt 18, 22; 19, 21).

Todo esto ensombrecería nuestra vida si no pusiéramos en Cristo toda nuestra esperanza; en Él, que es nuestra gloria y nuestro premio. Pero no en esta vida, sino en la otra; no ahora, sino en el eterno después. Y como esto es bien difícil, será preciso que pidamos a Jesús que aumente nuestra fe en sus palabras, y nuestra esperanza en sus promesas (ver Lucas 17, 5; Juan 17, 24).



El amor y la esperanza exigen obras

Para que un día podamos llegar al Cielo, Cristo nos señala el camino: tenemos que cumplir sus mandamientos (Mt 7, 21; Jn 14, 15-21). Y esto es difícil porque nuestras pasiones quieren salirse siempre con las suyas. La clave para vencer es el amor. Y amor es la capacidad de creer y servir haciendo lo que se nos manda con buena voluntad; de corresponder con afecto y obras a lo que Dios nos ha dado de antemano (1 Jn 4, 10).



El Espíritu nos ayuda

Para que nos animemos a seguirle con entusiasmo y sin miedo, Jesús nos prometió que nos enviaría el Espíritu Santo, que estaría siempre con nosotros (Jn 15, 26). Y si Él está con nosotros, tenemos asegurada siempre su ayuda, con tal de que se la pidamos con humildad y total confianza.

El Espíritu de la Verdad


Escrito por P. Ángel M. Santos Santos
Viernes, 27 de Mayo de 2011 09:21

Juan Bautista enseñó que la acción de Jesús, el Cordero de Dios, es doble: quita el pecado del mundo y bautiza con el Espíritu Santo. Por eso, desde sus orígenes, la Iglesia celebra dos sacramentos diferentes: el bautismo que concede el perdón de los pecados y la imposición de manos para recibir el Espíritu Santo.

Pedro y Pablo oraron por los samaritanos y les impusieron las manos para que recibieran el Espíritu Santo. Sobre ninguno de ellos había descendido la Fuerza de lo Alto porque únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús (He 8, 15-17).



La iniciación cristiana

La Iglesia, fiel a la Tradición apostólica, sigue celebrando dos sacramentos distintos: el Bautismo y la Confirmación. El primero se recibe en la infancia. En la adolescencia se confirma el Bautismo con el segundo sacramento, que infunde el Espíritu para llevar a cabo la misión de Jesús. El primero lo administra el párroco. El obispo, como el sucesor de los apóstoles, celebra la Confirmación. Estos dos sacramentos constituyen un solo rito de iniciación cristiana. Junto a la Sagrada Comunión los bautizados se incorporan plenamente en la Iglesia. Estos sacramentos tienen tres efectos: el perdón de los pecados, la recepción del Espíritu Santo y la comunión con Cristo. El cristiano que no tiene uno de estos sacramentos no ha sido plenamente incorporado al cuerpo de Cristo.

Muchos, sin valorar el Bautismo porque no lo están viviendo, quieren recibir la Comunión y la Confirmación. Los sacramentos no sólo hay que celebrarlos o tenerlos. Son para cultivar una relación personal con Cristo, en un verdadero compromiso con su Evangelio.



El bautismo de Juan

La experiencia de los discípulos de Éfeso revela la diferencia entre el bautismo que administraba Juan en el Jordán y el que celebra la Iglesia. Los discípulos de Éfeso no tenían el Espíritu porque sólo habían recibido el bautismo de Juan. Se bautizaron en el nombre del Señor Jesús, Pablo les impuso las manos y, entonces, descendió sobre ellos el Espíritu Santo (He 19, 1-6).

El Bautismo que celebra la Iglesia no es el mismo de Juan, aunque se le parezca externamente. Mientras el Bautismo de Juan era un sólo signo de conversión, penitencia y preparación para recibir a Jesús, aquel de la Iglesia es un nuevo nacimiento por el agua y el Espíritu Santo.



Dar razón de la

esperanza

San Pedro exhorta a todos los bautizados a dar culto al Señor en los corazones y a dar respuesta a todo el que les pida cuenta de su esperanza (I P 3, 15). Para el primero de los apóstoles es esencial el culto al Señor y explicar a los demás la esperanza cristiana. La forma ineludible para defender la fe es un testimonio de santidad. Por eso todos los bautizados están llamados a llevar una vida santa. “La santidad o plenitud de la vida cristiana no consiste en realizar empresas extraordinarias, sino en unirse a Cristo, en vivir sus misterios, en hacer nuestras sus actitudes, sus pensamientos, sus comportamientos” (Benedicto XVI, Audiencia general, 13 de abril de 2011)

El Papa Benedicto resume la manera de vivir santamente diciendo: “Lo esencial es nunca dejar pasar un domingo sin un encuentro con Cristo resucitado en la Eucaristía… No comenzar ni terminar nunca un día sin al menos un breve contacto con Dios en la oración. Y, en el camino de la vida, seguir las señales de tráfico que Dios nos ha comunicado (los diez mandamientos), que son sólo formas de caridad” (Audiencia general, 13 de abril de 2011).

Monseñor Cummings: custodio de una reliquia


Escrito por Julia Lopez
Miércoles, 25 de Mayo de 2011 16:09

Las paredes de la antigua Catedral San Juan Bautista encierran algo más que historia.

Anclado en el corazón del Viejo San Juan, el templo conserva vivo el recuerdo del año 1526 cuando por órdenes del primer obispo de Puerto Rico, Alonso Manso, se levantó su primera piedra.

Hoy, cinco siglos después, Monseñor José Emilio Cummings es el encargado de proteger, mantener y resguardar uno de los tesoros más importantes de la historia religiosa puertorriqueña.



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Monseñor Cummings cuenta que en el momento de su designación como rector del histórico templo se encontraba a gusto en la Parroquia Cristo Rey en Río Grande. Allí, como parte de su apostolado, compartía días de playa con el grupo de jóvenes que pastoreaba, visitaba el cine con sus feligreses y se divertía en campamentos improvisados en El Yunque.

“A principios del 2001 a alguien, en el Consejo Presbiteral, se le ocurrió elegirme rector de la catedral”, dice entre risas.

“No sugirieron a nadie más, sólo a mí. Pasó un tiempo, me quedé callado y no dije absolutamente nada, por si se les había olvidado (al Consejo Presbiteral). Pero un día el Arzobispo, Monseñor Roberto González me saludó en un retiro en Río Grande y siguió su camino. Pero, vi que su carro volvió y me dice: ‘Tú tienes que estar antes del día 13 de febrero en la Catedral’. Y le dije: ‘!Ay! Pensé que eso se había olvidado’, pero me dijo que no. Llegué a la iglesia el día de San Valentín y desde entonces estoy aquí”, recordó mientras un esbozo de sonrisa se dibujó en su cara.

Monseñor admite que han sido 10 años llenos de alegría y satisfacción, aún cuando asumir la administración de una institución tan importante representa mayores retos y desafíos.

“No es fácil estar al frente de cualquier catedral, en especial de ésta. Hay responsabilidades muy serias y grandes, porque es la cara de toda la Iglesia Arquidiocesana de Puerto Rico. Pero es muy gratificante. Hoy agradezco la oportunidad de nombrarme rector de la iglesia madre”, expresa el párroco.

El sacerdote lucha con tenacidad para sostener los cimientos de una edificación que luego de 500 años de antigüedad comienza a sufrir los embates del tiempo.

“He tratado de dar una imagen clara de lo que representa la catedral. Nos preocupamos de acoger debidamente a las personas que llegan hasta aquí para que se sientan bien. Siempre buscamos que esté todo ordenado y limpio. Muchos son turistas y visitantes; gente de paso. Por eso hay que trabajar un poco más fuerte para sostenerla, ya que es un edificio antiguo y se mantiene, en parte, de las ofrendas”, comenta Monseñor.

Al ser ordenado presbítero, Padre Cummings tuvo claro que sería un compromiso permanente con Jesucristo y su Iglesia.

“El sacerdocio se hizo para servir al pueblo. Yo no decidí ser sacerdote para quejarme, sino para tener un compromiso real y serio, ‘sin miedo’ como decía Juan Pablo II. Amo a la Iglesia y amo a la gente. En estos tiempos quien entra al seminario vive una vocación verdadera pero también enfrenta duras tentaciones. Hay que balancear todo y eso es lo que vela la Iglesia, esa formación sacerdotal”, repetía al mismo tiempo que exaltaba la figura de Juan Pablo II por su cercanía con los jóvenes.

Y es que durante su ministerio sacerdotal ha brindado una especial atención a las necesidades espirituales de la juventud católica, a quienes considera el futuro de la Iglesia.

“En mi vocación siempre ha reinado el compromiso de laicos con el pueblo de Dios. Hombres, mujeres y sobre todo, jóvenes activos en la Iglesia. Una parroquia sin juventud se queda a medias porque detrás de esos jóvenes viene su familia”, comenta pensativo.

Mientras conversa, saca de una gaveta de su escritorio una enorme fotografía. Tomada en el año 1984 y añejada por el tiempo, mostraba los rostros de quienes conformaron el primer grupo de jóvenes que pastoreó.

“¡Muchacha! Ya todos están viejos (sonríe). Muchos los casé y he bautizado a sus hijos. Siempre vienen por ahí a visitarme. Al día de hoy se mantienen firmes en la fe”, relata entusiasmado.

Tras 34 años de labor ininterrumpida al servicio de Dios y la Iglesia, Monseñor Cummings conserva en su corazón un amor especial por el apostolado misionero. Por esto, al culminar su compromiso como administrador de la Catedral de San Juan anhela retomar su labor misionera.

“He llegado a estos 10 años agradecido porque los retos se han cumplido, no se han quedado atrás. Hoy, después de tantos años reconozco que ha valido la pena ser sacerdote”, concluyó el rector.

Benedicto XVI subraya la importancia de las catequesis prematrimoniales


Escrito por Julia Lopez
Martes, 31 de Mayo de 2011 16:22

Benedicto XVI destacó que la Palabra de Dios consuela y cambia a los creyentes, individualmente y en comunidad.

Lo hizo en su discurso dirigido este lunes al tercer grupo de obispos de India, recibidos estos días en el Vaticano, en audiencias separadas, con motivo de su visita ad limina.

“La Palabra de Dios, no sólo consuela sino que también cambia a los creyentes, individualmente y en comunidad, para avanzar en la justicia, reconciliación y la paz entre ellos mismos y la totalidad de la sociedad”, indicó.

Refiriéndose en concreto a las familias de las diócesis indias, destacó que son “iglesias domésticas”, “ejemplos del amor mutuo, respeto y apoyo que debe animar las relaciones humanas en todos sus ámbitos”.

“En la medida en que estos no descuiden la oración, mediten las Escrituras, y participen plenamente en la vida sacramental de la Iglesia, ayudarán a alimentar este “amor incondicional” entre ellos y en la vida de sus parroquias, y serán fuente de una gran bien para la comunidad en general”, afirmó.

Durante su visita, los obispos de India transmitieron al Papa los grandes retos que amenazan con minar la unidad, la armonía y la santidad de la familia, y el trabajo que debe hacerse para construir una cultura de respeto al matrimonio y a la vida familiar.

Como respuesta, Benedicto XVI apuntó la importancia de las catequesis, especialmente las prematrimoniales.

“Una catequesis profunda que invite, especialmente a aquellos que se preparan para el matrimonio, alimentará en gran medida la fe de las familias cristianas y los asistirá para que puedan dar un testimonio vivo y vibrante de la sabiduría ancestral de la Iglesia con respecto al matrimonio, la familia y el uso responsable del don de Dios que es la sexualidad”, dijo.

Por otra parte, el Pontífice señaló que “entre las responsabilidades más importantes de los obispos, la proclamación del Evangelio prevalece”.

Y destacó que es una fuente de satisfacción que la proclamación de la Palabra de Dios produzca un rico fruto espiritual en las Iglesias locales de la India.

En especial valoró “la diseminación de pequeñas comunidades cristianas en las que los fieles se reúnen para rezar, meditar las Escrituras y apoyarse fraternalmente”.

Benedicto XVI animó a los obispos de la India a “asegurar que la plenitud de la Palabra de Dios que nos llega a través de las Sagradas Escrituras y la tradición apostólica de la Iglesia, se ponga a disposición de aquellos que buscan profundizar su conocimiento y amor al Señor y la obediencia a su voluntad”.

“Cada esfuerzo debe hacer hincapié en que cada individuo o grupo de oración, por su misma naturaleza, nace y vuelve a la fuente de la gracia que se encuentra en los sacramentos de la Iglesia y en su vida litúrgica entera”, añadió.

Valoró las “semillas de la Palabra de Dios” que se siembran actualmente en la India y destacó “los impresionantes signos de la caridad de la Iglesia en muchos ámbitos o actividades sociales, un servicio que está a cargo de sus sacerdotes y religiosos”.

En concreto se refirió a las escuelas, agencias para la promoción de microcréditos, clínicas, orfanatos, hospitales e “innumerables proyectos cuyo objetivo es la promoción de la dignidad humana y del bienestar, asistiendo a los más pobres y a los más débiles, a los marginados y a los mayores, los abandonados y los sufrientes, ayudándolos a todos”.

Y añadió: “Que los fieles a Cristo de India sigan asistiendo a aquellos que están en necesidad de las comunidades que los rodean, sin distinción”.