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domingo, 24 de abril de 2011

Recuerdan a Charlie en el décimo aniversario de su beatificación


Escrito por Verónica Cruz Pillich
Martes, 19 de Abril de 2011 15:59

No contempla alterar su agenda el próximo 29 de abril, a pesar de que ese día se celebra el décimo aniversario de la beatificación de su hermano, Carlos Manuel Rodríguez.

Y es que Haydee Rodríguez, hermana Carmelita de Vedruna, no necesita un día especial para recordarlo. Siempre piensa en él y mantiene muy presente las enseñanzas que le impartiera el primer Beato puertorriqueño cuando era a penas una niña.

“Él me enseñó quien era el Señor y me enseñó la manera de vivir la fe. También, me instruyó a que todos los días debemos prepararnos para la Pascua. Esa es la razón de la frase “Vivimos para esa noche”, expresó Haydee.



Los Obispos

Para el Obispo de la Diócesis de Caguas, Monseñor Rubén González Medina, la mayor herencia que Carlos Manuel dejó a los hombres fue el vivo reflejo de que no se tienen que realizar obras extraordinarias para llevar una vida de santidad.

“Para ser santo o santa, no hay que hacer cosas fuera de lo común, sino vivir plenamente la vida cotidiana según el Evangelio. El Bautismo nos ha introducido plenamente en un camino de santidad. Y la santidad -como él bien decía- no es una especialización: todos podemos llegar a ser santos, porque los santos no han sido hombres sin ánimo, sin impulsos fuertes, sin lucha, sino hombres impregnados de amor”.

Asimismo, el Obispo de la Diócesis de Ponce, Monseñor Félix Lázaro, comentó que “su mayor legado es el modo como vivió la espiritualidad cristiana. Y si sencilla fue su vida, su espiritualidad puede resumirse en una frase, que supo convertir en el eje central de su vida: ´La Vigilia Pascual es centro y meta de nuestra liturgia: Vivimos para esa Noche´. Para Carlos Manuel, la Resurrección de Cristo iluminó plenamente su vida. La Pascua era la culminación de su camino a la santidad.

Del mismo modo, el Obispo de la Diócesis de Fajardo-Humacao, Monseñor Eusebio Ramos Morales opinó que “Carlos fue un joven que, en tiempos en que no habían muchos laicos, supo iniciar un proceso de autoformación y evangelización. Con su mensaje, él supo adelantarse a los tiempos. Fue un joven que supo vivir la fe y, desde la fe, entregarse totalmente con alma y corazón, viendo a Jesús como su primera opción. Estamos esperando con ansias su canonización”.



“Vivimos para esa noche”,

la película

Por otro lado, la película que presentará la vida y obra del primer beato puertorriqueño, Carlos Manuel Rodríguez, se encuentra en la etapa de producción. “Vivimos para esa noche”, es dirigida por el experimentado cineasta boricua Luis Molina Casanova y protagonizada por el joven actor Guisseppe Vázquez.

“Vivimos para esa noche”, transportará a los espectadores hacia un recorrido visual por la vida de este siervo de Dios, que incluirá su infancia, su encuentro con la fe, los acontecimientos trágicos que marcaron su juventud, el milagro, la etapa final de la colitis ulcerosa que padecía, su muerte y la posterior beatificación. Las escenas del filme se grabarán en el municipio de Caguas y en Roma. Su estreno se proyecta para agosto del presente año, durante la Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid.

El Papa pide a católicos "asomarse a intimidad" de Jesús en Semana Santa


Escrito por ACI/Prensa, Noticias del Vaticano
Miércoles, 20 de Abril de 2011 00:00

En la Audiencia General de este miércoles, el Papa Benedicto XVI profundizó en el significado de las celebraciones del Santo Triduo Pascual enSemana Santa y alentó a los católicos a "asomarse a la intimidad de Jesús" en estos días.

Este Triduo, dijo el Papa, está compuesto por "los tres días santos en los que la Iglesia conmemora el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Jesús".

Benedicto XVI explicó que "el Jueves Santo es el día en el que se conmemora la institución de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial. Por la mañana, cada comunidad diocesana se reúne en la Iglesia catedral con el obispo y celebra la Misa del Crisma. También tiene lugar la renovación de las promesas sacerdotales".



"En la tarde del Jueves Santo inicia realmente el Triduo Pascual, con la memoria de la Última Cena, en la que Jesús instituyó el memorial de su Pascua, dando cumplimiento al rito pascual judío".

"Jesús lava los pies a los apóstoles, invitándoles a amarse unos a otros como El los amó, dando su vida por ellos. Al repetir este gesto en la liturgia, también nosotros estamos llamados a dar testimonio activamente del amor de nuestro Redentor".

El Santo Padre recordó que el Jueves Santo "termina con la adoración eucarística, en recuerdo de la agonía del Señor en el Huerto de Getsemaní. Consciente de su muerte inminente en la cruz, siente una gran tristeza".

Refiriéndose a la somnolencia de los Apóstoles que acompañaron a Jesús en Getsemaní, el Papa señaló que "es la insensibilidad por Dios, que nos hace insensibles al mal". Con su muerte, el Señor "siente todo el sufrimiento de la humanidad" y resaltó que "su voluntad está subordinada a la voluntad del Padre y transforma esta voluntad natural en un sí a la voluntad de Dios".

En su oración, explicó Benedicto XVI, Jesús transforma "la aversión natural, la aversión contra el cáliz, contra su misión de morir por nosotros, transforma esta su voluntad natural en voluntad de Dios, en un sí a la voluntad de Dios".

"El hombre de por sí es tentado de oponerse a la voluntad de Dios, de tener la intención de seguir la propia voluntad, de sentirse libre solo si es autónomo, opone la propia autonomía a la heteronomía de seguir la voluntad de Dios. Este es el drama de la humanidad".

El Papa advirtió que "en verdad esta autonomía es equivocada y este entrar en la voluntad de Dios no es una oposición en sí, no es una esclavitud que violente mi voluntad, sino es entrar en la verdad y el amor, en el bien. Y Jesús atrae nuestra voluntad, que se opone a la voluntad de Dios, que busca la autonomía, atrae esta nuestra voluntad hacia lo alto, hacia la voluntad de Dios".

En Getsemaní, dijo el Papa, "podemos también ver el gran contraste entre Jesús y su angustia, con su sufrimiento, confrontado con el gran filósofo Sócrates, que permanece pacífico, sin perturbación ante la muerte. Y parece que esto es lo ideal. Podemos admirar a este filósofo, pero la misión de Jesús era otra".

La misión del Señor, continuó el Santo Padre "no era esta total indiferencia y libertad, su misión era portar en sí mismo todo nuestro sufrimiento, todo el drama humano. Y por ello esta humillación del Getsemaní es esencial para la misión del Hombre-Dios".

"Él carga sobre sí nuestro sufrimiento, nuestra pobreza, y la transforma según la voluntad de Dios. Y así abre las puertas del cielo, abre el cielo: esta tienda del Santísimo, que hasta ahora el hombre ha cerrado contra Dios, es abierta por este sufrimiento y obediencia".

Sobre el Viernes Santo, Benedicto XVI dijo que en este día se conmemora "la pasión y muerte del Señor; adoraremos a Cristo crucificado, compartiendo sus sufrimientos con la penitencia y el ayuno".

"Dirigiendo la mirada a aquel que traspasaron, podremos alcanzar el corazón atravesado que mana sangre y agua como una fuente, ese corazón del que surge el amor de Dios por todos nosotros para que recibamos su espíritu. Acompañemos entonces en el Viernes Santo también nosotros a Jesús en el Calvario, dejémonos guiar por Él hasta la cruz, recibamos la ofrenda de su cuerpo inmolado".

"Por último, en la noche del Sábado Santo, celebraremos la solemne Vigilia Pascual, en la que se anuncia la resurrección de Cristo, su victoria definitiva sobre la muerte, que nos desafía a ser hombres nuevos en Él".

El Santo Padre resaltó que "el criterio que guió cada decisión de Jesús durante toda su vida fue su firme voluntad de amar al Padre y de serle fiel".

"Al revivir el Triduo Santo, dispongámonos a acoger en nuestra vida la voluntad de Dios, conscientes de que en ella se halla nuestro verdadero bien, el camino de la vida. Que la Virgen Madre nos guíe en este itinerario y nos obtenga de su divino Hijo la gracia de poder dedicar nuestra vida por amor de Jesús, al servicio de los demás".

En su saludo en español el Papa exhortó a que "en estas celebraciones podremos asomarnos a la intimidad de Jesús y a su voluntad firme de amar al Padre y serle fiel en todo, y aprender así de Él a imitarle en nuestra vida".

Asimismo saludó "especialmente a los participantes en el encuentro UNIV, así como a los venidos de Argentina, Colombia, Ecuador, España, México y otros países latinoamericanos. Que laVirgen María nos enseñe a todos a acompañar en estos días a su Hijo, en los momentos decisivos de su misterio redentor".

A los 3 000 participantes del encuentro UNIV, promovído por la Prelatura personal del Opus Dei, el Santo Padre dijo: "espero que estas jornadas romanas sean para todos vosotros una ocasión para redescubrir la persona de Cristo y una fuerte experiencia eclesial para que regreséis a casa animados por el deseo de testimoniar la misericordia del Padre celestial".

"Así, a través de vuestra vida, se realizará lo que deseaba San Josemaría Escrivá: Ojalá fuera tal tu compostura y tu conversación que todos pudieran decir al verte o al oírte hablar: éste lee la vida de Jesucristo", concluyó.

jueves, 21 de abril de 2011

HOMILIA DEL SANTO PADRE EN LA VIGILIA PASCUAL

Sábado Santo, 22 de abril de 2000


1. "Tenéis guardias. Id, aseguradlo como sabéis" (Mt 27, 65).

La tumba de Jesús fue cerrada y sellada. Según la petición de los sumos sacerdotes y los fariseos, se pusieron soldados de guardia para que nadie pudiera robarlo (Mt 27, 62-64). Este es el acontecimiento del que parte la liturgia de la Vigilia Pascual.

Vigilaban junto al sepulcro aquellos que habían querido la muerte de Cristo, considerándolo un "impostor" (Mt 27, 63). Su deseo era que Él y su mensaje fueran enterrados para siempre.
Velan, no muy lejos de allí, María y, con ella, los Apóstoles y algunas mujeres. Tenían aún impresa en el corazón la imagen perturbadora de hechos que acaban de ocurrir.

2. Vela la Iglesia, esta noche, en todos los rincones de la tierra, y revive las etapas fundamentales de la historia de la salvación. La solemne liturgia que estamos celebrando es una expresión de este "vigilar" que, en cierto modo, recuerda el mismo de Dios, al que se refiere el Libro del Éxodo: "Noche de guardia fue ésta para Yahveh, para sacarlos de la tierra de Egipto. Esta misma noche será la noche de guardia en honor de Yahveh ..., por todas sus generaciones" (Ex 12, 42).

En su amor providente y fiel, que supera el tiempo y el espacio, Dios vela sobre el mundo. Canta el salmista: "Yahveh es tu guardián, tu sombra, Yahveh, a tu diestra. De día el sol no te hará daño, ni la luna de noche. Te guarda Yahveh de todo mal, él guarda tu alma;... desde ahora y por siempre" (Sal 120, 4-5.8).

También el pasaje que estamos viviendo entre el segundo y el tercer milenio está guardado en el misterio del Padre. Él "obra siempre" (Jn 5, 7) por la salvación del mundo y, mediante el Hijo hecho hombre, guía a su pueblo de la esclavitud a la libertad. Toda la "obra" del Gran Jubileo del año 2000 está, por decirlo así, inscrita en esta noche de Vigilia, que lleva a cumplimiento aquella del Nacimiento del Señor. Belén y el Calvario remiten al mismo misterio de amor de Dios, que tanto amó al mundo "que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16).

3. En esta Noche, la Iglesia, en su velar, se centra sobre los textos de la Escritura, que trazan el designio divino de salvación desde el Génesis al Evangelio y que, gracias también a los ritos del agua y del fuego, confieren a esta singular celebración una dimensión cósmica. Todo el universo creado está llamado a velar en esta noche junto al sepulcro de Cristo. Pasa ante nuestros ojos la historia de la salvación, desde la creación a la redención, desde el éxodo a la Alianza en el Sinaí, de la antigua a la nueva y eterna Alianza. En esta noche santa se cumple el proyecto eterno de Dios que arrolla la historia del hombre y del cosmos.

4. En la vigilia pascual, madre de todas las vigilias, cada hombre puede reconocer también la propia historia de salvación, que tiene su punto fundamental en el renacer en Cristo mediante el Bautismo.

Esta es, de manera muy especial, vuestra experiencia, queridos Hermanos y Hermanas que dentro de poco recibiréis los sacramentos de la iniciación cristiana: el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.

Venís de diversos Países del mundo: Japón, China, Camerún, Albania e Italia.

La variedad de vuestras naciones de origen pone de relieve la universalidad de la salvación traída por Cristo. Dentro de poco, queridos, seréis insertos íntimamente en el misterio de amor de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Que vuestra existencia se haga un canto de alabanza a la Santísima Trinidad y un testimonio de amor que no conozca fronteras.

5. "Ecce lignum Crucis, in quo salus mundi pependit: venite adoremus!" Esto ha cantado ayer la Iglesia, mostrando el árbol la Cruz, "donde estuvo clavada la salvación del mundo". "Fue crucificado, muerto y sepultado", recitamos en el Credo.

El sepulcro. El lugar donde lo habían puesto (cf. Mc 16, 6). Allí está espiritualmente presente toda la Comunidad eclesial de cada rincón de la tierra. Estamos también nosotros con las tres mujeres que se acercan al sepulcro, antes del alba, para ungir el cuerpo sin vida de Jesús (cf. Mc 16, 1). Su diligencia es nuestra diligencia. Con ellas descubrimos que la piedra sepulcral ha sido retirada y el cuerpo ya no está allí. "No está aquí", anuncia el Ángel, mostrando el sepulcro vacío y las vendas por tierra. La muerte ya no tiene poder sobre Él (cf Rm 6, 9).

¡Cristo ha resucitado! Anuncia al final de esta noche de Pascua la Iglesia, que ayer había proclamado la muerte de Cristo en la Cruz. Es un anuncia de verdad y de vida.

"Surrexit Dominus de sepulcro, qui pro nobis pependit in ligno. Alleluia!"

Ha resucitado del sepulcro el Señor, que por nosotros fue colgado a la cruz.
Sí, Cristo ha resucitado verdaderamente y nosotros somos testigos de ello.

Lo gritamos al mundo, para que la alegría que nos embarga llegue a tantos otros corazones, encendiendo en ellos la luz de la esperanza que no defrauda.

Cristo ha resucitado, alleluya

AUDIENCIA GENERAL (2001)


JUAN PABLO II
AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 11 de abril de 2001

El Triduo sacro revela el misterio de un amor sin límites

1. Estamos en la víspera del Triduo pascual, ya inmersos en el clima espiritual de la Semana santa. Desde mañana hasta el domingo viviremos los días centrales de la liturgia, que nos vuelven a proponer el misterio de la pasión, muerte y resurrección del Señor. En sus homilías, los santos Padres a menudo hacen referencia a estos días que, como dice san Atanasio, nos introducen "en el tiempo que nos lleva y nos hace conocer un nuevo inicio, el día de la santa Pascua, en la que el Señor se inmoló". Así describe el período que estamos viviendo en sus Cartas pascuales (Epist. 5, 1-2: PG 26, 1379). El prefacio pascual del domingo próximo nos hará cantar con gran fuerza que "en la resurrección de Cristo hemos resucitado todos".

En el centro de este Triduo sacro se encuentra el "misterio de un amor sin límites", es decir, el misterio de Jesús que "habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo" (Jn 13, 1). He vuelto a proponer este conmovedor y dulce misterio a los sacerdotes en la Carta que, como todos los años, les he enviado con ocasión del Jueves santo.

Sobre este mismo amor os invito a reflexionar también a vosotros, a fin de que os preparéis dignamente a revivir las últimas etapas de la vida terrena de Jesús. Mañana entraremos en el Cenáculo para acoger el don extraordinario de la Eucaristía, del sacerdocio y del mandamiento nuevo. El Viernes santo recorreremos el camino doloroso que lleva al Calvario, donde Cristo consumará su sacrificio. El Sábado santo esperaremos en silencio introducirnos en la solemne Vigilia pascual.

2. "Los amó hasta el extremo". Estas palabras del evangelista san Juan expresan y definen de modo peculiar la liturgia de mañana, Jueves santo, contenida en la celebración de la misa Crismal de la mañana y de la misa vespertina in Cena Domini, con la que se inaugura el Triduo pascual.

La Eucaristía es signo elocuente de este amor total, libre y gratuito, y ofrece a cada uno la alegría de la presencia de Cristo, que también a nosotros nos hace capaces de amar, como él, "hasta el extremo". El amor que Jesús propone a sus discípulos es un amor exigente.

En este encuentro hemos vuelto a escuchar el eco de ese amor en las palabras del evangelista san Mateo: "Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos" (Mt 5, 11-12). También hoy amar "hasta el extremo" quiere decir estar dispuestos a afrontar esfuerzos y dificultades por Cristo. Significa no temer ni insultos ni persecuciones, y estar dispuestos a "amar a nuestros enemigos y rogar por los que nos persigan" (cf. Mt 5, 44). Todo esto es don de Cristo, que por todos los hombres se ofreció a sí mismo como víctima en el altar de la cruz.

3. "Los amó hasta el extremo". Desde el Cenáculo hasta el Gólgota: nuestra reflexión nos lleva al Calvario, donde contemplamos un amor cuya coronación plena es el don de la vida. La cruz es un signo claro de este misterio, pero, al mismo tiempo, precisamente por eso, se convierte en símbolo que interpela y sacude las conciencias. Cuando, el Viernes próximo, celebremos la pasión del Señor y participemos en el vía crucis, no podremos olvidar la fuerza de este amor que se entrega sin medida.

En la carta apostólica que publiqué al concluir el gran jubileo del año 2000 escribí: "La contemplación del rostro de Cristo nos lleva así a acercarnos al aspecto más paradójico de su misterio, como se ve en la hora extrema, la hora de la cruz. Misterio en el misterio, ante el cual el ser humano no puede por menos de postrarse en adoración" (Novo millennio ineunte, 25). Y esta es la actitud interior más adecuada para prepararnos a vivir el día en que se conmemora la pasión, la crucifixión y la muerte de Cristo.

4. "Los amó hasta el extremo". Jesús, después de sacrificarse por nosotros en la cruz, resucita y se convierte en primicia de la nueva creación. Pasaremos el Sábado santo en silenciosa espera del encuentro con el Resucitado, meditando en las palabras del apóstol san Pablo: "Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; fue sepultado y resucitó al tercer día, según las Escrituras" (1 Co 15, 3-4).

De ese modo podremos prepararnos mejor para la solemne Vigilia pascual, cuando irrumpa en el corazón de la noche la deslumbrante luz de Cristo resucitado.

Que en este último tramo del camino penitencial nos acompañe María, la Virgen que permaneció siempre fiel al lado de su Hijo, sobre todo en los días de la Pasión. Que ella nos enseñe a amar "hasta el extremo", siguiendo el ejemplo de Jesús, que con su muerte y su resurrección ha salvado al mundo.

Saludos

Quiero saludar ahora a los fieles de lengua española, en particular a los diversos grupos de estudiantes de España, al grupo de niños de Caracas, así como a los demás peregrinos españoles y latinoamericanos. Que la Virgen María nos enseñe a amar "hasta el extremo" y a seguir fielmente a Cristo, nuestro Salvador. A todos os deseo: ¡Feliz Pascua de Resurrección! Muchas gracias.

(A los peregrinos lituanos)
La semana de la Pasión del Señor es tiempo precioso de oración y penitencia, que nos lleva a un compromiso evangélico más generoso. Saquemos mucho fruto de este tiempo de gracia.

(A los peregrinos croatas)
Deseo de corazón que el Triduo pascual de la pasión y resurrección del Señor, que comenzará mañana por la tarde, sea para todos un momento de gracia especial y de crecimiento en la fe, en la esperanza y en la caridad. A todos imparto de corazón la bendición apostólica. ¡Alabados sean Jesús y María!.

(En italiano)
Saludo cordialmente a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Mañana entraremos en el Triduo sacro, en el que reviviremos los misterios centrales de nuestra salvación. Os invito, queridos jóvenes, a mirar a la cruz y a sacar de ella luz para caminar fielmente tras las huellas del Redentor. Para vosotros, queridos enfermos, deseo que la pasión del Señor, que culmina en el triunfo glorioso de la Pascua, constituya la fuente de esperanza y consuelo en los momentos de la prueba. Y vosotros, queridos recién casados, preparad vuestro corazón para celebrar con profunda participación el misterio pascual, a fin de hacer de vuestra existencia un don recíproco, abierto al amor fecundo.

Con estos sentimientos, imparto a todos una especial bendición apostólica.

VIGILIA PASCUAL (2003)


HOMILÍA DE JUAN PABLO II

Sábado, 19 de abril de 2003

1. "No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado" (Mc 16,6).

Al alba del primer día después del sábado, como narra el Evangelio, algunas mujeres van al sepulcro para embalsamar el cuerpo de Jesús que, crucificado el viernes, rápidamente había sido envuelto en una sábana y depositado en el sepulcro. Lo buscan, pero no lo encuentran: ya no está donde había sido sepultado. De Él sólo quedan las señales de la sepultura: la tumba vacía, las vendas, la sábana. Las mujeres, sin embargo, quedan turbadas a la vista de un "joven vestido con una túnica blanca", que les anuncia: "No está aquí. Ha resucitado".

Esta desconcertante noticia, destinada a cambiar el rumbo de la historia, desde entonces sigue resonando de generación en generación: anuncio antiguo y siempre nuevo. Ha resonado una vez más en esta Vigilia pascual, madre de todas las vigilias, y se está difundiendo en estas horas por toda la tierra.

2. ¡Oh sublime misterio de esta Noche Santa! Noche en la cual revivimos ¡el extraordinario acontecimiento de la Resurrección! Si Cristo hubiera quedado prisionero del sepulcro, la humanidad y toda la creación, en cierto modo, habrían perdido su sentido. Pero Tú, Cristo, ¡has resucitado verdaderamente!

Entonces se cumplen las Escrituras que hace poco hemos escuchado de nuevo en la liturgia de la Palabra, recorriendo las etapas de todo el designio salvífico. Al comienzo de la creación "Vio Dios todo lo que había hecho: y era muy bueno" (Gn 1,31). A Abrahán había prometido: "Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia" (Gn 22,18). Se ha repetido uno de los cantos más antiguos de la tradición hebrea, que expresa el significado del antiguo éxodo, cuando "el Señor salvó a Israel de las manos de Egipto" (Ex 14,30). Siguen cumpliéndose en nuestros días las promesas de los Profetas: "Os infundiré mi espíritu, y haré que caminéis..." (Ez 36,27).

3. En esta noche de Resurrección todo vuelve a empezar desde el "principio"; la creación recupera su auténtico significado en el plan de la salvación. Es como un nuevo comienzo de la historia y del cosmos, porque "Cristo ha resucitado, primicia de todos los que han muerto" (1 Co 15,20). Él, "el último Adán", se ha convertido en "un espíritu que da vida" (1 Co 15,45).

El mismo pecado de nuestros primeros padres es cantado en el Pregón pascual como "felix culpa", "¡feliz culpa que mereció tal Redentor!". Donde abundó el pecado, ahora sobreabundó la Gracia y "la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular" (Salmo resp.) de un edificio espiritual indestructible.

En esta Noche Santa ha nacido el nuevo pueblo con el cual Dios ha sellado una alianza eterna con la sangre del Verbo encarnado, crucificado y resucitado.

4. Se entra a formar parte del pueblo de los redimidos mediante el Bautismo. "Por el bautismo -nos ha recordado el apóstol Pablo en su Carta a los Romanos- fuimos sepultados con Él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva" (Rm 6,4).

Esta exhortación va dirigida especialmente a vosotros, queridos catecúmenos, a quienes dentro de poco la Madre Iglesia comunicará el gran don de la vida divina. De diversas Naciones la divina Providencia os ha traído aquí, junto a la tumba de San Pedro, para recibir los Sacramentos de la iniciación cristiana: el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Entráis así en la Casa del Señor, sois consagrados con el óleo de la alegría y podéis alimentaros con el Pan del cielo.

Sostenidos por la fuerza del Espíritu Santo, perseverad en vuestra fidelidad a Cristo y proclamad con valentía su Evangelio.

5. Queridos hermanos y hermanas aquí presentes. También nosotros, dentro de unos instantes, nos uniremos a los catecúmenos para renovar las promesas de nuestro Bautismo. Volveremos a renunciar a Satanás y a todas sus obras para seguir firmemente a Dios y sus planes de salvación. Expresaremos así un compromiso más fuerte de vida evangélica.

Que María, testigo gozosa del acontecimiento de la Resurrección, ayude a todos a caminar "en una vida nueva"; que haga a cada uno consciente de que, estando nuestro hombre viejo crucificado con Cristo, debemos considerarnos y comportarnos como hombres nuevos, personas que "viven para Dios, en Jesucristo" (cf. Rm 6, 4.11).

Amén. ¡Aleluya!

VIGILIA PASCUAL EN LA BASÍLICA DE SAN PEDRO


HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Sábado Santo, 5 de abril de 1980

1. Cristo, Hijo del Dios vivo.

Aquí estamos nosotros, tu Iglesia: el Cuerpo de tu Cuerpo y de tu Sangre; estamos aquí, velamos.

Ya fue una noche santa la noche de Belén, cuando fuimos llamados por la voz de lo alto, e introducidos por los pastores en la gruta de tu nacimiento. Entonces velamos a media noche, reunidos en esta Basílica, acogiendo con alegría la Buena Nueva de que habías venido al mundo desde el seno de la Virgen-Madre; de que te habías hecho hombre semejante a nosotros, tú, que eres "Dios de Dios, Luz de Luz", no creado como cada uno de nosotros, sino "de la misma naturaleza que el Padre", engendrado por El antes de todos los siglos.

Hoy estamos de nuevo aquí nosotros, tu Iglesia; estamos junto a tu sepulcro; velamos.

Velamos, para preceder a aquellas mujeres, "que muy de mañana" fueron a la tumba, llevando consigo "los aromas que habían preparado" (cf. Lc 24, 1), para ungir tu cuerpo que había sido puesto en el sepulcro anteayer.

Velamos para estar junto a tu tumba, antes, de que venga aquí Pedro traído por las palabras de las tres mujeres; antes de que venga Pedro, que, inclinándose, verá solamente los lienzos (Lc 24, 12); y volverá a los Apóstoles "admirado de lo ocurrido" (Lc 24, 12).

Y había ocurrido lo que habían escuchado las mujeres: María Magdalena, Juana y María de Santiago, cuando llegaron a la tumba y encontraron removida la piedra del sepulcro, "y entrando, no hallaron el cuerpo del Señor Jesús" (Lc 24, 3). En ese momento por vez primera, en esa tumba vacía, en la que anteayer fue colocado tu cuerpo, resonó la palabra: "¡Ha resucitado!" (Lc 24, 6).

"¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí; ha resucitado. Acordaos cómo os habló estando aún en Galilea, diciendo que el Hijo del hombre había de ser entregado en poder de los pecadores, y ser crucificado, y resucitar al tercer día" (Lc 24, 5-7).

Por esto estamos aquí ahora. Por esto velamos. Queremos preceder a las mujeres y a los Apóstoles. Queremos estar aquí, cuando la sagrada liturgia de esta noche haga presente tu victoria sobre la muerte. Queremos estar contigo, nosotros, tu Iglesia, el Cuerpo de tu Cuerpo y de tu Sangre derramada en la cruz.

2. Somos tu Cuerpo. Somos tu Pueblo. Somos muchos. Nos reunimos en muchos lugares de la tierra esta noche de la Santa Vigilia, junto a tu tumba, lo mismo que nos reunimos, la noche de tu nacimiento, en Belén. Somos muchos, y a todos nos une la fe, nacida de tu Pascua, de tu Paso a través de la muerte a la nueva vida, la fe nacida de tu resurrección.

"Esta noche es santa para nosotros". Somos muchos, y a todos nos une un solo bautismo.

El bautismo que nos sumerge en Jesucristo (cf. Rom 6, 3).

Mediante este bautismo "que nos sumerge en tu muerte", juntamente contigo, Cristo, hemos sido sepultados "en la muerte, para que como Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva" (Rom 6, 4).

Sí. Tu" resurrección, Cristo, es la gloria del Padre.

Tu resurrección revela la gloria del Padre, al que en el momento de la muerte, te has confiado hasta el fin, entregando tu espíritu con estas palabras: "Padre, en tus manos" (Lc 23, 46). Y contigo nos has confiado también a todos nosotros, al morir en la cruz como Hijo del Hombre: nuestro Hermano y Redentor. En tu muerte has devuelto al Padre nuestra muerte humana, le has devuelto el ser de cada uno de los hombres, que está signado por la muerte.

He aquí que el Padre te devuelve a ti, Hijo del hombre, esta vida que le habías confiado hasta el fin. Resucitas de entre los muertos gracias a la gloria del Padre. En la resurrección es glorificado el Padre, y tú serás glorificado en el Padre, al que has confiado hasta el fin tu vida en la muerte: eres glorificado con la Vida. Con la Vida nueva. Con misma vida y, al mismo tiempo, nueva.

Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo, a quien el Padre ha glorificado con la resurrección y con la vida, en medio de la historia del hombre. En tu muerte has devuelto al Padre el ser de cada uno de nosotros, la vida de cada uno de los hombres, que está signada por la necesidad de la muerte, para que en tu resurrección cada uno pudiera adquirir de nuevo la conciencia y la certeza de entrar, por ti y contigo, en la Vida nueva.

"Porque si hemos sido injertados en El por la semejanza de su muerte, también lo seremos por la de su resurrección" (Rom 6, 5).

3. Estamos muchos velando, esta noche, junto a tu sepulcro. A todos nos une "una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios, Padre de todos" (cf. Ef 4, 5-6).

Nos une la esperanza de la resurrección, que brota de la unión de la vida, en que queremos permanecer con Jesucristo.

Nos alegramos por esta Noche Santa junto con aquellos que han recibido el bautismo. Es la misma alegría que han vivido los discípulos y los confesores de Cristo en la noche de la resurrección, durante el curso de tantas generaciones. La alegría de los catecúmenos sobre los cuales se ha derramado el agua del bautismo, y la gracia de la unión con Cristo en su muerte y resurrección.

Es la alegría de la vida que en la noche de la resurrección compartimos recíprocamente entre nosotros como el misterio más profundo de nuestros corazones y la deseamos a cada uno de los hombres.

"La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa. No he de morir, viviré, para contar las hazañas del Señor" (Sal 117 [118] 16-17).

Cristo, Hijo del Dios vivo, acepta de nosotros esta Santa Vigilia en la noche pascual y concédenos esa alegría de la vida nueva, que llevamos en nosotros, que sólo Tú puedes dar al corazón humano:

Tú, Resucitado

Tú, nuestra Pascua



© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

miércoles, 20 de abril de 2011

MENSAJE URBI ET ORBI DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II


Domingo de Resurrección, 6 de abril de 1980


1. "... y vio que la piedra había. sido removida" (Jn 20, 1).

En la anotación de los acontecimientos del día que siguió a aquel sábado, estas palabras tienen un significado clave.

Al lugar donde había sido puesto Jesús, la tarde del viernes, llega María Magdalena, llegan las otras mujeres. Jesús había sido colocado en una tumba nueva, excavada en la la roca, en la cual nadie había sido sepultado anteriormente. La tumba se hallaba a los pies del Gólgota, allí donde Jesús crucificado expiró, después de que el centurión le traspasara el costado con la lanza para constatar con certeza la realidad de su muerte. Jesús había sido envuelto en lienzos por las manos caritativas y afectuosas de las piadosas mujeres que, junto con su madre y con Juan, el discípulo predilecto, habían asistido a su extremo sacrificio. Pero, dado que caía rápidamente la tarde e iniciaba el sábado de pascua, las generosas y amorosas discípulas se vieron obligadas a dejar la unción del cuerpo santo y martirizado de Cristo para la próxima ocasión, apenas la ley religiosa de Israel lo permitiese.

Se dirigen pues al sepulcro, el día siguiente al sábado, temprano, es decir, al romper el día, preocupadas de cómo remover la gran piedra que había sido puesta a la entrada del sepulcro, el cual además había sido sellado.

Y he aquí que, llegadas al lugar, vieron que la piedra había sido removida del sepulcro.

2. Aquella piedra, colocada a la entrada de la tumba, se había convertido primeramente en un mudo testigo de la muerte del Hijo del Hombre.

Con piedra así se concluía el curso de la vida de tantos hombres de entonces en el cementerio de Jerusalén; más aún, el ciclo de la vida de todos los hombres en los cementerios de la tierra.

Bajo el peso de la losa sepulcral, tras su barrera imponente, se cumple en el silencio del sepulcro la obra de la muerte, es decir, el hombre salido del polvo se transforma lentamente en polvo (cf. Gén 3, 19).

La piedra puesta la tarde del Viernes Santo sobre la tumba de Jesús, se ha convertido, como todas las losas sepulcrales, en el testigo mudo de la muerte del Hombre, del Hijo del Hombre.

¿Qué testimonia esta losa, el día después del sábado, en las primeras horas del día?

¿Qué nos dice? ¿Qué anuncia la piedra removida del sepulcro?

En el Evangelio no hay una respuesta humana adecuada. No aparece en los labios de María de Magdala. Cuando asustada, por la ausencia del cuerpo de Jesús en la tumba. esta mujer corre a avisar a Simón Pedro y al otro discípulo al que Jesús amaba (cf. Jn 20, 2), su lenguaje humano encuentra solamente estas palabras para expresar lo sucedido:

"Han tomado al Señor del monumento y no sabemos dónde lo han puesto" (Jn 20, 2).

También Simón Pedro y el otro discípulo se dirigieron de prisa al sepulcro; y Pedro, entrando dentro, vio las vendas por tierra, y el sudario que había sido puesto sobre la cabeza de Jesús, al lado (cf. Jn 20, 7).

Entonces entró también el otro discípulo, vio y creyó; "aún no se habían. dado cuenta de la Escritura, según la cual era preciso que El resucitase de entre los muertos" (Jn 20, 9).

Vieron y comprendieron que los hombres no habían logrado derrotar a Jesús con la losa sepulcral, sellándola con la señal de la muerte;

3. La iglesia que hoy, como cada año, termina su triduo pascual con el Domingo de Resurrección, canta con alegría las palabras del antiguo: Salmo:

‘‘Alabad a Yavé porque es bueno, / porque es eterna su misericordia. / Diga la Casa de Israel: / Porque es eterna. su misericordia... La diestra de Yavé ha sido ensalzada; / la diestra de Yavé ha hecho proezas... No moriré, sino que viviré / para poder narrar las gestas de Yavé... La piedra que rechazaron los constructores ha sido puesta por cabecera angular... Obra de Yavé es ésta, / y es admirable a nuestros ojos" (Sal 117 [118], 1-2; 16-17; 22-23).

Los artífices de la muerte del Hijo del Hombre, para: mayor seguridad, "pusieron guardia al sepulcro después de haber sellado la piedra" (Mt 27, 66).

Muchas veces los constructores del Mundo, por el cual Cristo quiso morir han tratado de poner una piedra definitiva sobre su tumba.

Pero la piedra permanece siempre removida de su sepulcro; la piedra, testigo de la muerte, se ha convertido en testigo de la Resurrección: "la diestra de Yavé ha hecho proezas" (Sal 117 [118], 16).

4. La Iglesia anuncia siempre y de nuevo la Resurrección de Cristo. La Iglesia repite con alegría a los hombres las palabras de los ángeles y de las mujeres pronunciadas en aquella radiante mañana en la que la muerte fue vencida.

La Iglesia anuncia que está vivo Aquel que se ha convertido en nuestra Pascua. Aquel que ha muerto en la cruz, revela la plenitud de la Vida.

Este mundo que por desgracia hoy, de diversas maneras, parece querer la "muerte de Dios", escuche el mensaje de la Resurrección.

Todos vosotros que anunciáis "la muerte de Dios", que tratáis de expulsar a Dios del mundo humano, deteneos y pensad que "la muerte de Dios" puede comportar fatalmente "la muerte del hombre".

Cristo ha resucitado para que el hombre encuentre el auténtico significado de la existencia, para que el hombre viva en plenitud su propia vida, para que el hombre, que viene de Dios, viva en Dios.

Cristo ha resucitado. El es la piedra angular. Ya entonces se quiso rechazarlo y vencerlo con la piedra vigilada y sellada del sepulcro. Pero aquella piedra fue removida. Cristo ha resucitado.

No rechacéis a Cristo vosotros, los que construís el mundo humano.

No lo rechacéis vosotros, los que, de cualquier manera y en cualquier sector, construís el mundo de hoy y de mañana: el mundo de la cultura y de la civilización, el mundo de la economía y de la política, el mundo de la ciencia y de la información. Vosotros que construís el mundo de la paz..., ¿o de la guerra? Vosotros que construís el mundo del orden..., ¿o del terror? No rechacéis a Cristo: ¡El es la piedra angular!

Que no lo rechace ningún hombre, porque cada uno es responsable de su destino: constructor o destructor de la propia existencia.

Cristo resucitó ya antes de que el Ángel removiera la losa sepulcral. Él se reveló después como piedra angular, sobre la cual se construye la historia de la humanidad entera Y la de cada uno de nosotros.

5. ¡Queridos hermanos y hermanas! Con sincera alegría acojamos este día tan esperado. Con viva alegría compartamos el mensaje pascual todos los que acogemos a Cristo como piedra angular.

En virtud de esta piedra angular que une, construyamos nuestra común esperanza con los hermanos en Cristo de Oriente y de Occidente, con quienes no nos une aún la plena comunión y la perfecta unidad.

Aceptad, queridos hermanos, nuestro beso pascual de paz y de amor. Cristo resucitado despierte en nosotros un deseo todavía más profundo de esta unidad por la cual oró la víspera de su pasión.

No cesemos de orar por ella en unión con El. Pongamos nuestra confianza en la fuerza de la cruz y de la Resurrección; ¡tal fuerza es más poderosa que la debilidad de toda división humana!

Amadísimos hermanos: ¡Os anunció un gran gozo: Aleluya!

6. La Iglesia se acerca hoy a cada hombre con el deseo pascual: el deseo de construir el mundo sobre Cristo: deseo que hace extensivo a toda la familia humana.

Ojalá acojan este deseo los que comparten con nosotros el mensaje de la resurrección y de la alegría pascual, y también los que, por desgracia, no lo comparten. Cristo, "nuestra Pascua", no cesa de ser peregrino con nosotros en el camino de la historia, y cada uno puede encontrarlo, porque El no cesa de ser el Hermano del hombre en cada época y en cada momento.

En su nombre os hablo hoy a todos, y a todos os dirijo mi más ferviente y santa felicitación.

* * *

Saludos

(En español)

Paz, felicidad y alegría en Cristo resucitado!), portugués, albanés, bálgarO, checo, esloveno,

(En polaco)

Nuestra vida nos ha sanado —de la muerte eterna nos ha salvado— tu santa fuerza has revelado" (del canto pascual polaco).

Hermanos y hermanas, queridos compatriotas en Polonia y en todo el mundo: Recibid hoy de nuevo a Dios, su fuerza: y su gracia, que nos vierten de la cruz, del sufrimiento, de la muerte, y se han revelado en la resurrección del Hijo de Dios.

Recibid a Cristo resucitado; recibid su cruz, y todo lo que ella trae al hombre y a la humanidad: la salvación, la libertad y la dignidad de los hijos de Dios, la vida, nuestra vida restaurada, la vida eterna. Regina coeli, Maria, Laetare!



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HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II (1980)


MISA VESPERTINA «IN CENA DOMINI»
Basílica de San Juan de Letrán
Jueves Santo 3 de abril de 1980

1. Venerados y queridos participantes en la liturgia del Jueves Santo:

Esta tarde toda la Iglesia se reúne en el Cenáculo: vuelve al Cenáculo para confesar y dar testimonio de que quiere permanecer allí constantemente, sin abandonarlo jamás.

El Cenáculo está en Jerusalén, pero, al mismo tiempo, en muchos lugares del orbe terrestre. Sin embargo, particularmente en esta tarde es cuando todos estos lugares quieren ser un Cenáculo: el lugar de la Ultima Cena. Y todos los que se reúnen en estos lugares van con el recuerdo y el corazón a ese único Cenáculo, que fue el lugar histórico de la Cena del Señor. Al Cenáculo de la Eucaristía de Cristo:

Vayamos allá, pues, también nosotros, reunidos en este templo que, desde hace siglos, es la catedral del Obispo de Roma. Vayamos allá con amor y con humildad. Dejémonos captar por la grandeza de estos momentos únicos en la historia de la salvación del mundo. Sometamos nuestros pensamientos y nuestros corazones al acontecimiento y al misterio, del que vive incesantemente la Iglesia. Escuchemos con el recogimiento más profundo las palabras del Señor y de sus Apóstoles. Observemos cada uno de sus movimientos, cada uno de sus gestos. Leamos en lo profundo de su corazón el mensaje pascual de la salvación. Recibamos, finalmente, el sacramento de la Nueva y de la Antigua Alianza, y vivamos de este amor que tiene aquí su fuente inagotable para la vida eterna.

2. He aquí que Jesús se inclina a los pies de los Apóstoles, para lavarlos. En este gesto quiere expresar la necesidad de la pureza especial que debe reinar en los corazones de quienes se acercan a la Ultima Cena. Es la pureza que sólo El puede traer a los corazones. Y, por esto, fueron vanas las protestas de Simón Pedro, para que el Señor no le lavase los pies; vanas las palabras de sus explicaciones. El Señor, y sólo el Señor, puede realizar en ti, Pedro, esa pureza con la que debe resplandecer tu corazón en su banquete. El Señor, y sólo el Señor, puede lavar los pies y purificar las conciencias humanas, por que para esto es necesaria la fuerza de la redención, esto es, la fuerza del sacrificio que transforma al hombre desde dentro. Para esto es necesario el sello del Cordero cíe Dios, grabado en el corazón del hombre como un beso misterioso del amor.

Inútilmente, pues, te opones, Pedro, y en vano presentas tus razones al Maestro. El Señor responde a tu corazón impulsivo: "Lo que yo hago, tú no lo sabes ahora; lo sabrás después" (Jn 13, 7): Y cuando sigues protestando, Pedro, el Señor te dice: "Si no té lavare, no tendrás parte conmigo" (Jn 13, 8).

La purificación es condición para la comunión con el Señor.

Es la condición de esta comunión y de esa humildad y disponibilidad para servir a los demás, de las que nos da ejemplo el Señor mismo,.cuando se inclina a los pies de sus discípulos, para lavarlos como un siervo.

Es necesario, pues, que la Iglesia —dondequiera se reúna, en cualquier cenáculo del mundo— recuerde constantemente y haga recordar que las condiciones para la comunión con el Señor son éstas: la pureza interior, la humildad de corazón, disponible para servir al prójimo y, en el prójimo, a Dios. Que nadie se acerque a esta Cena con un corazón falso, con la conciencia pecaminosa, pensando en sí con soberbia, sin disponibilidad para servir.

"Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado" (Jn 13, 34).

3. El Cáliz de la Alianza es la Sangre del Redentor.

.He aquí que se acerca el momento en que el Señor tomará este cáliz en sus manos.

Primero "tomando el pan, dio gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que será entregado por vosotros" (Lc 22, 19; cf. pasajes paralelos). Y ahora toma el cáliz, para establecer, mediante él, la Alianza con el Padre por medio de su Sangre. He aquí "mi sangre de la Alianza, ¿que será derramada por muchos" (Mc 14, 24; cf. pasajes paralelos).

Antes ya había revelado Dios al Pueblo de la Antigua Alianza la Pascua mediante la Sangre del Cordero. Esto sucedió cuando el Señor decidió hacer salir a este Pueblo de la condición de esclavitud que tenía en Egipto. Precisamente entonces Dios le ordenó inmolar un cordero, elegido entre las ovejas o entre las cabras, nacido dentro del año, y signar con su sangre los postes y el dintel de las casas en las que habitaban. Ordenó también que se asociasen en familias y comieran la carne asada al fuego, con las caderas ceñidas, calzados los pies, el bastón en la mano, porque ésa era la tarde de la Pascua, esto es, del Paso del Señor y el comienzo de la liberación de su Pueblo de la esclavitud que tenía en Egipto (cf. Ex 12).

En el Cenáculo la generación de Israel de entonces —aquella en la que se había cumplido definitivamente el anuncio del Mesías— realizó el rito de la Pascua de la Antigua Alianza. Y este rito lo presidió, en la familia de sus Apóstoles, Jesús mismo, el Cordero al que Juan había ya señalado en la orilla del Jordán, el Cordero de Dios, la Pascua de la Nueva Alianza.

4. Así, pues, El toma en sus manos el pan pascual, ácimo. Levanta el cáliz lleno de vino, y luego lo ofrece y distribuye a los Apóstoles. He aquí que pronuncia las palabras que revelan el misterio del Cordero, señalado allá junto al Jordán, del Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

Su Cuerpo será entregado por nosotros. Su Sangre será derramada en remisión de los pecados.

Los Apóstoles escuchan las palabras, que en aquel momento no comprenden plenamente, pero las comprenderán más tarde. Quizá ya mañana, cuando el Señor sea flagelado hasta derramar sangre y clavado en la cruz; o quizá todavía más tarde, cuando El resucite, y se encuentre de nuevo con ellos, en el mismo Cenáculo del Jueves Santo. Comprenderán esas palabras de manera particular, cuándo, también dentro del Cenáculo, descienda sobre ellos el Espíritu Santo, esto es, el Espíritu del Señor, que Él mismo prometió junto con el sacrificio de su Cuerpo y de su Sangre, también en la Ultima Cena: junto con la Eucaristía del Cenáculo.

Los Apóstoles escuchan estas palabras y participan en el acontecimiento; y aun cuando solamente lo comprenderán más tarde, sin embargo, ya en ese momento, en el Cenáculo del Jueves Santo se realizó lo que elles debían comprender y que desde entonces debían hacer en memoria de El.

Y todo esto también nosotros lo hemos recibido de ellos y de sus sucesores.

Por esto nuestros corazones están colmados del santo estremecimiento de la veneración y del amor, ahora que de nuevo ha llegado para nosotros el Jueves Santo: efectivamente, nos hemos reunido aquí para participar en la liturgia de la Ultima Cena.

"¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?" (Sal 115 [116], 3).



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