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martes, 19 de abril de 2011

XXV JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD


BENEDICTO XVI

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo de Ramos 28 de marzo de 2010

(Vídeo)



Mientras nos preparamos para concluir esta celebración, mi pensamiento no puede menos de dirigirse al domingo de Ramos de hace veinticinco años. Era 1985, que las Naciones Unidas habían declarado "Año de la juventud". El venerable Juan Pablo II quiso aprovechar aquella ocasión y, conmemorando la entrada de Cristo en Jerusalén aclamado por sus jóvenes discípulos, dio inicio a las Jornadas mundiales de la juventud. Desde entonces, el domingo de Ramos ha adquirido esta característica, que cada dos o tres años se manifiesta también en los grandes encuentros mundiales, trazando una especie de peregrinación juvenil a través de todo el mundo en el seguimiento de Jesús. Hace veinticinco años, mi amado predecesor invitó a los jóvenes a profesar su fe en Cristo que "tomó sobre sí mismo la causa del hombre" (Homilía, 31 de marzo de 1985, nn. 5, 7: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 7 de abril de 1985, p. 1 y 12). Hoy yo renuevo este llamamiento a la nueva generación a dar testimonio con la fuerza suave y luminosa de la verdad, para que a los hombres y mujeres del tercer milenio no les falte el modelo más auténtico: Jesucristo. Encomiendo este mandato en particular a los trescientos delegados del Foro internacional de jóvenes, que han venido de todas las partes del mundo, convocados por el Consejo pontificio para los laicos.

(En francés)

Acoged con alegría la llamada a seguir a Cristo, a amarlo sobre todas las cosas y a servirlo en sus hermanos. No tengáis miedo de responder con generosidad, si os invita a seguirlo en la vida sacerdotal o en la vida religiosa. A lo largo de esta Semana santa, con María, seguid a Jesús que nos lleva hacia la luz de la Resurrección.

(En inglés)

Hoy comenzamos la Semana santa, el tiempo de oración y reflexión más intenso de la Iglesia, recordando la acogida que brindaron los jóvenes a Cristo en Jerusalén. Hagamos nuestra su alegría dando la bienvenida a Cristo en nuestra vida. Invoco de buen grado la fuerza y la paz de nuestro Señor Jesucristo sobre vosotros y sobres vuestros seres queridos.

(En alemán)

Llenos de alegría, vemos que también en nuestro tiempo muchos jóvenes abren la puerta de su vida a Jesucristo y sin miedo dan testimonio de su Señor y Rey. Que la entrega amorosa de Jesús, que contemplaremos en los misterios de la Semana santa, nos dé la fuerza para no asustarnos ante las exigencias del seguimiento de Cristo.

(En español)

Con la celebración del domingo de Ramos, la Iglesia conmemora la entrada triunfal del Señor en Jerusalén, iniciándose así esta Semana grande y santa, donde celebraremos los misterios de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor. Os invito, queridos hermanos, a participar con especial fervor en las celebraciones litúrgicas de los próximos días, para experimentar y gozar de la infinita misericordia de Dios, que por amor nos libra del pecado y de la muerte.

(En esloveno)

Os deseo que acojáis siempre con entusiasmo a Jesús como Salvador y que lo sigáis, si es necesario incluso con el sufrimiento, hasta la victoria de la resurrección.

(En polaco)

Preguntemos también nosotros a Jesús: "Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?" (Mc 10, 17). Que los misterios de la Semana santa, que de modo especial nos muestran el gran amor de Dios al hombre, nos ayuden a encontrar la respuesta adecuada. A todos os deseo que meditéis a fondo la pasión, muerte y resurrección de Cristo.

(En italiano)

Queridos amigos, no temáis cuando seguir a Cristo conlleve incomprensiones y ofensas. Servidlo en las personas más frágiles y desfavorecidas, especialmente en vuestros coetáneos que atraviesan dificultades. A este propósito, deseo asegurar también una oración especial por la Jornada mundial de los portadores de autismo, promovida por la ONU, que se celebrará el próximo 2 de abril.

En este momento, nuestro pensamiento y nuestro corazón se dirigen de manera especial a Jerusalén, donde se realizó el misterio pascual. Me siento profundamente entristecido por los recientes conflictos y tensiones que se han producido una vez más en esa ciudad, que es patria espiritual de cristianos, judíos y musulmanes, profecía y promesa de la reconciliación universal que Dios desea para toda la familia humana. La paz es un don que Dios encomienda a la responsabilidad humana, para que lo cultive mediante el diálogo y el respeto de los derechos de todos, la reconciliación y el perdón. Oremos, por tanto, para que los responsables del destino de Jerusalén emprendan con valentía el camino de la paz y lo sigan con perseverancia.

Queridos hermanos y hermanas, como hizo Jesús con el discípulo Juan, también yo os encomiendo a María, diciéndoos: Ahí tienes a tu madre (cf. Jn 19, 27). A ella nos dirigimos todos con confianza filial, rezando juntos la oración del Ángelus.



© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana

domingo, 17 de abril de 2011

Entró a Jerusalén y hoy desea entrar en tu corazón


Escrito por Marielisa Ortiz Berríos
Miércoles, 13 de Abril de 2011 15:17

Palmas, cánticos, peregrinación, agua bendita, lecturas y solemnidad son algunos signos que pueden describir el Domingo de Ramos que celebran los cristianos católicos hoy día. Pero más que eso, este día marca el inicio de la Semana Santa, así como históricamente estableció el final del drama del amor de Cristo por la humanidad.

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“¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Bendito sea el Rey de Israel!” (Juan 12, 13), decían quienes lo veían a su paso montado en un burrito, en su entrada a Jerusalén. “Su entrada triunfal en Jerusalén es un presagio de que la aclamación del mundo era superficial y vacía. Pues al Jesús rechazar el poderío y la realeza humana frustraba sus planes: ‘Mi Reino no es de este mundo’... (Juan 18, 36)”, expresó el Monseñor Wilfredo Peña Moredo, párroco de la Parroquia Santa Bernardita en Carolina, sobre el significado del Domingo de Ramos.

“Los ramos que los niños sostenían por no tener grandes túnicas que depositar en el piso al pasar Jesús, eran el signo de que Dios estaba con nosotros, pero el mundo no lo recibió”, precisó Monseñor Peña Moredo a El Visitante. Sobre la repercusión que tiene esta celebración en los tiempos actuales el sacerdote añadió que “en el día de hoy al sostener los ramos en nuestras manos no sólo nos disponemos a entrar y celebrar los misterios de nuestra redención en la Semana Mayor del cristianismo, sino que nos volvemos protagonistas en esa Santa Semana”. “Si miro y contemplo mi corazón en verdad y sinceridad, ¿qué personaje realmente soy en este imponente escenario de entrega y amor?”, manifestó padre Peña Moredo, al sostener que el Domingo de Ramos abre la puerta al gran sacrificio de Cristo en la Cruz.

“Con Él nos disponemos llegar hasta el final por cumplir la voluntad de Dios en nuestras vidas. Las palmas de los niños se convertirán en palmas de victoria para vitorear al Resucitado”. Por su parte, el Padre José Darío Martínez Tobón, párroco de la Parroquia Nuestra Señora de la Candelaria en Toa Baja, dijo a este semanario que “en nuestra parroquia nosotros vivimos con mucha intensidad nuestro tiempo de ramos y lo vivimos porque tenemos la experiencia del amor que hace Jesús por nosotros”.

El sacerdote manifestó que a la luz de lo que estamos viviendo históricamente, no sólo en Puerto Rico, sino en todo el mundo, “debemos identificarnos en la realidad de nuestros pobres y marginados”, así como lo hizo Jesús en su peregrinar hacia Jerusalén. El padre Martínez Tobón señaló que a los cristianos les falta hoy día “entregarse plenamente a un Dios que con amor se da”. Recomendó a las personas descubrir la dádiva de Dios para con el mundo, para entender que “tenemos que darnos cada uno de nosotros”. “Nos hemos quedado en un sentimentalismo. Jesús entra en Jerusalén pero no entra en el corazón del hombre”, aseveró el sacerdote. Asimismo, afirmó que la entrada triunfante de Jesús en Jerusalén nos debe hacer entender que también podemos triunfar sobre el mal de esta sociedad.

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II (1979)


DOMINGO DE RAMOS
Plaza de San Pedro, 8 de abril de 1979

Durante la próxima semana, la liturgia quiere ser estrictamente obediente a la sucesión de los acontecimientos. Precisamente los acontecimientos, que se desarrollaron en Jerusalén hace poco menos de dos mil años, deciden que ésta sea la Semana Santa, la Semana de la Pasión del Señor.

El domingo de hoy permanece estrechamente unido con el acontecimiento que tuvo lugar cuando Jesús se acercó a Jerusalén para cumplir allí todo lo que había sido anunciado por los Profetas. Precisamente en este día los discípulos, por orden del Maestro, le llevaron un borriquillo, después de haber solicitado poderlo tomar prestado por cierto tiempo. Y Jesús se sentó sobre él para que se cumpliese también aquel detalle de los escritos proféticos. En efecto, así dice el Profeta Zacarías: "Alégrate sobremanera, hija de Sión, grita exultante, hija de Jerusalén. He aquí que viene a ti tu Rey, justo y victorioso, humilde, montado en un asno, en un pollino de asna" (9, 9).

Entonces, también la gente que se trasladaba a Jerusalén con motivo de las fiestas —la gente que veía los hechos que Jesús realizaba y escuchaba sus palabras— manifestando la fe mesiánica que El había despertado, gritaba: "¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene de David, nuestro Padre! ¡Hosanna en las alturas!" (Mc 11, 9-10).

Nosotros repetimos estas palabras en cada Misa cuando se acerca el momento de la transustanciación.

2. Así, pues, en el camino hacia la Ciudad Santa, cerca de la entrada de Jerusalén, surge ante nosotros la escena del triunfo entusiasmante: "Muchos extendían sus mantos sobre el camino, otros cortaban follaje de los campos" (Mc 11, 8).

El pueblo de Israel mira a Jesús con los ojos de la propia historia; ésta es la historia que llevaba al pueblo elegido, a través de todos los caminos de su espiritualidad, de su tradición, de su culto, precisamente hacia el Mesías. Al mismo tiempo, esta historia es difícil. El reino de David representa el punto culminante de la prosperidad y de la gloria terrestre del pueblo, que desde los tiempos de Abraham, varias veces, había encontrado su alianza con Dios-Yavé, pero también más de una vez la había roto.

Y ahora, ¿cerrará esta alianza de manera definitiva? ¿O acaso perderá de nuevo este hilo de la vocación, que ha marcado desde el comienzo el sentido de su historia?

Jesús entra en Jerusalén sobre un borriquillo que le habían prestado. La multitud parece estar más cercana al cumplimiento de la promesa de la que habían dependido tantas generaciones. Los gritos: "¡Hosanna!" "¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!", parecían ser expresión del encuentro ahora ya cercano de los corazones humanos con la eterna Elección. En medio de esta alegría que precede a las solemnidades pascuales, Jesús está recogido y silencioso. Es plenamente consciente de que el encuentro de los corazones humanos con la eterna Elección no sucederá mediante los "hosannas", sino mediante la cruz.

Antes de que viniese a Jerusalén, acompañado por la multitud de sus paisanos, peregrinos para las fiestas de Pascua, otro lo había dado a conocer y había definido su puesto en medio de Israel. Fue precisamente Juan Bautista en el Jordán. Pero Juan, cuando vio a Jesús, al que esperaba, no gritó "hosanna", sino señalándolo con el dedo, dijo: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29).

Jesús siente el grito de la multitud el día de su entrada en Jerusalén, pero su pensamiento está fijo en las palabras de Juan junto al Jordán: "He aquí el que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29).

3. Hoy leemos la narración de la Pasión del Señor, según Marcos. En ella está la descripción completa de los acontecimientos que se irán sucediendo en el curso de esta semana. Y en cierto sentido, constituyen su programa.

Nos detenemos con recogimiento ante esta narración. Es difícil conocer estos sucesos de otro modo. Aunque los sepamos de memoria, siempre volvemos a escucharlos con el mismo recogimiento. Recuerdo con qué atención escuchaban los niños cuando siendo yo todavía joven sacerdote les contaba la Pasión del Señor. Era siempre una catequesis completamente distinta de las otras. La Iglesia, pues, no cesa de leer nuevamente la narración de la Pasión de Cristo, y desea que esta descripción permanezca en nuestra conciencia y en nuestro corazón. En esta semana estamos llamados a una solidaridad particular con Jesucristo: "Varón de dolores" (Is 53, 3).

4. Así, pues, junto a la figura de este Mesías, que el Israel de la Antigua Alianza esperaba y, más aún, que parecía haber alcanzado ya con la propia fe en el momento de la entrada en Jerusalén, la liturgia de hoy nos presenta al mismo tiempo otra figura. La descrita por los Profetas, de modo particular por Isaías:

«He dado mis espaldas a los que me herían... sabiendo que no sería confundido» (Is 50, 6-7).

Cristo viene a Jerusalén para que se cumplan en El estas palabras, para realizar la figura del "Siervo de Yavé", mediante la cual el Profeta, ocho siglos antes, había revelado la intención de Dios. El "Siervo de Yavé": el Mesías, el descendiente de David, pero en quien se cumple el "hosanna" del pueblo, pero el que es sometido a la más terrible prueba:

«Búrlanse de mí cuantos me ven..., líbrele, sálvele, pues dice que le es grato» (Sal 21, 8-9).

En cambio, no mediante la "liberación" del oprobio, sino precisamente mediante la obediencia hasta la muerte, mediante la cruz, debía realizarse el designio eterno del amor.

Y he aquí que habla ahora no ya el Profeta, sino el Apóstol, habla Pablo, en quien "la palabra de la cruz" ha encontrado un camino particular. Pablo, consciente del misterio de la redención, da testimonio de quien "existiendo en forma de Dios... se anonadó, tomando la forma de siervo..., se humilló, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz" (Flp 2, 6-8).

He aquí la verdadera figura del Mesías, del Ungido, del hijo de Dios, del Siervo de Yavé. Jesús con esta figura entraba en Jerusalén, cuando los peregrinos, que lo acompañaban por el caminó, cantaban: "Hosanna". Y extendían sus mantos y los ramos de los árboles en el camino por el que pasaba.

5. Y nosotros hoy llevamos en nuestras manos los ramos de olivo. Sabernos que después estos ramos se secarán. Con su ceniza cubriremos nuestras cabezas el próximo año, para recordar que el Hijo de Dios, hecho hombre, aceptó la muerte humana para merecernos la Vida.



© Copyright 1979 - Libreria Editrice Vaticana

Encuentro con Cristo en la Cruz


Escrito por P. Ruben Antonio González Medina, cmf.
Miércoles, 13 de Abril de 2011 15:42

Al contemplar el rostro de Cristo sufriente en la Cruz nos acercamos al aspecto más paradójico de su misterio, ante el cual nosotros y nosotras en este Viernes Santo nos postramos en adoración. Te adoramos Cristo y te bendecimos que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.

La intensidad de la escena de la agonía de Cristo en la Cruz nos hace reflexionar con serenidad sobre sus últimas palabras. Jesús, el hombre Dios, pronuncia unas palabras que rompen los esquemas normales de nuestra reflexión y nos hacen trascender el momento de dolor. Ellas se explican por sí solas, lo que hace falta es escucharlas: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen» (Lucas 23,34). Estas palabras constituyen la postura culmen de su doctrina, ellas encierran la clave del amor que se dona, que se entrega.

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Para devolver al ser humano el rostro del Padre, Jesús debió no sólo asumir el rostro del hombre y de la mujer, sino cargarse incluso del «rostro» del pecado. Porque «A quien no conoció pecado, Dios lo hizo por nosotros reo de pecado, para gracias a El, nosotros nos transformemos en salvación de Dios » (2 Co 5,21).

Es por eso que nunca acabaremos de conocer la profundidad de este misterio. Es toda la aspereza de esta paradoja la que emerge en el grito de dolor, aparentemente desesperado, que Jesús da en la Cruz: « “Eloí, Eloí, ¿lema sabactaní?” —que quiere decir— “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” » (Mc 15,34). ¿Es posible imaginar un sufrimiento mayor, una oscuridad más densa?

Dolor y sufrimiento que continúa en los hombres y mujeres de hoy que ante las situaciones que viven gritan con fuerza y hasta con rabia: ¿Por qué, Dios mío me has abandonado?

El grito de Jesús en la Cruz, queridos hermanos y hermanas, no delata la angustia de un desesperado, sino la oración del Hijo que ofrece su vida al Padre en el amor para la salvación de todos.

Mientras se identifica con nuestro pecado, « abandonado » por el Padre, El se « abandona » en las manos del Padre. Fija sus ojos en el Padre. Precisamente por el conocimiento y la experiencia que sólo El tiene de Dios, incluso en este momento de oscuridad, ve límpidamente la gravedad del pecado y sufre por esto. Sólo El, que ve al Padre y lo goza plenamente, valora profundamente qué significa resistir con el pecado a su amor. Antes aún, y mucho más que en el cuerpo, su pasión es sufrimiento atroz del alma.

En nuestro Puerto Rico de hoy, este grito de dolor se escucha con más intensidad; cuántas mujeres y niños maltratados, cuántos padres y madres de familia sin trabajo. Cuánta necesidad y dolor. Mirar a Cristo Crucificado hoy, no solo es mirar la hermosa imagen que se venera en un templo, sino descubrir el rostro doliente del Cristo sufriente en el templo de cada ser humano.

Contemplar el rostro de Jesucristo, muerto y resucitado, maltratado por nuestros pecados y glorificado por el Padre, en el rostro doliente y glorioso, es ver, con la mirada de la fe el rostro humillado de tantos hombres y mujeres de nuestros pueblo y, al mismo tiempo, descubrir su vocación a la libertad de los hijos e hijas de Dios, a la plena realización de su dignidad personal y a la fraternidad entre todos.

Ante la Cruz de Jesucristo, ante las cruces de tantos hombres y mujeres, jóvenes, niños y niñas, no nos podemos quedar indiferentes con los brazos cruzados.

Hoy te invito a reflexionar que el Señor con su muerte en la Cruz, ha sellado un pacto de amor con cada uno de nosotros y de nosotras para que siguiendo su ejemplo de entrega y donación, sellemos un pacto de amor con cada ser humano golpeado y maltratado.

En la tarde del Viernes Santo te invito a recordar que la fidelidad a Jesús nos exige defender la verdad y velar por el inviolable y sagrado derecho a la vida y la dignidad de la persona desde su concepción hasta su muerte natural combatiendo todos los males que dañan o destruyen la vida, como el aborto y el maltrato, la violencia, el terrorismo, la explotación sexual y el narcotráfico.

Que con la fuerza del Espíritu Santo que Jesús nos entregó, cada uno asuma su responsabilidad para que avanzando sin miedo, construyamos con esperanza la historia de salvación que brota del árbol de la Cruz. Y así, juntos en nuestro Puerto Rico, haremos presente el Reino de Dios.

sábado, 16 de abril de 2011

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II


SANTA MISA DEL DOMINGO DE RAMOS
Plaza de San Pedro
Domingo 30 de marzo de 1980

1. Cristo, junto con sus discípulos, se acerca a Jerusalén. Lo hace como los demás peregrinos, hijos e hijas de Israel; que en esta semana. precedente a la Pascua, van a Jerusalén. Jesús es uno de tantos.

Este acontecimiento, en su desarrollo externo, se puede considerar, pues, normal. Jesús se acerca a Jerusalén desde el Monte llamado de los Olivos, y por lo tanto viniendo de las localidades de Betfagé y de Betania. Allí da orden a dos discípulos de traerle un borrico. Les da las indicaciones precisas: dónde encontrarán al animal y cómo deben responder a los que pregunten por qué lo hacen. Los discípulos siguen escrupulosamente las indicaciones. A los que preguntan por que desatan al borrico, les responden: "El Señor tiene necesidad de él" (Lc 19, 31), y esta respuesta es suficiente. El borrico es joven; hasta ahora nadie ha montado sobre él. Jesús será el primero. Así, pues, sentado sobre el borrico, Jesús realiza el último trecho del camino hacia Jerusalén. Sin embargo, desde cierto momento, este viaje, que en sí nada tenía de extraordinario, se cambia en una verdadera "entrada solemne en Jerusalén".

Hoy celebramos el Domingo de Ramos, que nos recuerda y hace presente esta "entrada". En un especial rito litúrgico repetimos y reproducimos todo lo que hicieron y dijeron los discípulos de Jesús —tanto los cercanos como los más lejanos en el tiempo— en ese camino, que llevaba desde el Monte de los Olivos a Jerusalén. Igual que ellos, tenernos en las manos los ramos de olivo y decimos —o mejor, cantamos— las palabras de veneración que ellos pronunciaron. Estas palabras, según la redacción del Evangelio de Lucas, dicen así: "Bendito el que viene, el Rey, en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en las alturas" (Lc 19, 38).

En estas circunstancias, el simple hecho de Jesús, que junto con los discípulos sube hacia Jerusalén para la cercana solemnidad de la Pascua, asume claramente un significado mesiánico. Los detalles que forman el marco del acontecimiento, demuestran que en él se cumplen las profecías. Demuestran también que, pocos días antes de la Pascua, en ese momento de su misión pública, Jesús logró convencer a muchos hombres sencillos en Israel.. Le seguían los más cercanos, los Doce, y además una muchedumbre: "Toda la muchedumbre de los discípulos", como dice el Evangelista Lucas (19, 37), la cual hacía comprender sin equívocos que veía en El al Mesías.

2. El Domingo de Ramos abre la Semana Santa de la pasión del Señor; de la que ya lleva en sí la dimensión más profunda. Por este motivo, leemos toda la descripción de la pasión del Señor según Lucas.

Jesús, al subir en ese momento hacia Jerusalén, se revela a Sí mismo completamente ante aquellos que preparan el atentado contra su vida. Por lo demás, se había revelado desde ya hacía tiempo, al confirmar con los milagros todo lo que proclamaba y al enseñar, como doctrina de su Padre, todo lo que enseñaba. Las lecturas litúrgicas de las últimas semanas lo demuestran de manera clara: la "entrada solemne en Jerusalén" constituye un paso nuevo y decisivo en el camino hacia la muerte, que le preparan los representantes de los ancianos de Israel.

Las palabras que dice "toda la muchedumbre" de peregrinos, que subían a Jerusalén con Jesús, no podían menos de reforzar las inquietudes del Sanedrín y de apresurar la decisión final.

El Maestro es plenamente consciente de esto. Todo cuanto hace, lo hace con esta conciencia, siguiendo las palabras de la Escritura, que ha previsto cada uno de los momentos de su Pascua. La entrada en Jerusalén fue el cumplimiento de la Escritura.

Jesús de Nazaret se revela, pues, según las palabras de los Profetas, que El sólo ha comprendido en toda su plenitud. Esta plenitud permaneció velada tanto a "la muchedumbre de los discípulos", cine a lo largo del camino hacia Jerusalén cantaban "Hosanna", alabando "a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto" (Lc 19, 37), como a esos Doce más cercanos a El. A estos últimos, el amor por Cristo no les permitía admitir un final doloroso; recordemos cómo en una ocasión dijo Pedro: "Esto no te sucederá jamás" (Mt 16; 22).

En cambio, para Jesús las palabras de los Profetas son claras hasta el fin, y se le revelan con toda la plenitud de su verdad; y El mismo se abre ante esta verdad con toda la profundidad de su espíritu. La acepta totalmente. No reduce nada. En las palabras de los Profetas encuentra el significado justo de la vocación del Mesías: de su propia vocación. Encuentra en ellas la voluntad del Padre.

"El Señor Dios me ha abierto los oídos, y yo no me resisto, no me echo atrás" (Is 50, 5).

De este modo la liturgia del Domingo de Ramos contiene ya en sí la dimensión plena de la pasión: la dimensión de la Pascua.

"He dado mis espaldas a los que me herían, mis mejillas a los que me arrancaban la barba. Y no escondí mi rostro ante las injurias y los esputos" (Is 50, 6).

"Al verme, se burlan de mí; hacen visajes, menean la cabeza... me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica" (Sal 21 [22], 8-17-19).

3. He aquí la liturgia del Domingo de Ramos: en medio de las exclamaciones de la muchedumbre, del entusiasmo de los discípulos que, con las palabras de los Profetas, proclaman y confiesan en El al Mesías, sólo El, Cristo, conoce hasta el fondo la verdad de su misión; sólo El, Cristo, lee hasta el fondo lo que sobre El han escrito los Profetas.

Y todo lo que han dicho y escrito se cumple en El con la verdad interior de su alma. El, con la voluntad y el corazón, está ya en todo lo que, según las dimensiones externas del tiempo, le queda todavía por delante. Ya en este cortejo triunfal, en su "entrada en Jerusalén", El es "obediente hasta la muerte y muerte de cruz" (Flp 2, 8).

Entre la voluntad del Padre, que lo ha enviado, y la voluntad del Hijo hay una profunda unión plena de amor, un beso interior de paz y de redención. En este beso, en este abandono sin límites, Jesucristo, que es de naturaleza divina, se despoja a Sí mismo y toma la condición de siervo, humillándose a Sí mismo (cf. Flp 2, 6-8). Y permanece en este abajamiento, en esta expoliación de su fulgor externo, de su divinidad y de su humanidad, llena de gracia y de verdad. El, Hijo del hombre, va, con este aniquilamiento y expoliación, hacia los acontecimientos que se cumplirán, citando su abajamiento, expoliación, aniquilamiento revistan precisas formas exteriores: recibirá salivazos, será flagelado, insultado, escarnecido, rechazado por el propio pueblo, condenado a muerte, crucificado, hasta que pronuncie el último: "todo está cumplido", entregando el espíritu en las manos del Padre.

Esta es la entrada "interior" de Jesús en Jerusalén, que se realiza dentro de su alma en el umbral de la Semana Santa.

4. En cierto momento, se le acercan los fariseos que no pueden soportar más las exclamaciones de la muchedumbre en honor de Cristo, que hace su entrada en Jerusalén, y dicen: "Maestro, reprende a tus discípulos"; Jesús contestó: "Os digo que si ellos callasen, gritarían las piedras" (Lc 19, 39-40).

Comenzamos hoy la Semana Santa de la pasión del Señor en Roma,, En esta ciudad no faltan las piedras que hablan de cómo ha llegado aquí la cruz de Cristo y de cómo ha echado sus raíces en esta capital. del mundo antiguo.

Que las piedras no hagan ruborizarse a los hombres.

Que nuestros corazones y nuestras conciencias griten más fuerte que éllas.

HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI


CELEBRACIÓN DEL DOMINGO DE RAMOS
Y DE LA PASIÓN DEL SEÑOR
Plaza de San Pedro
XXI Jornada Mundial de la Juventud
Domingo 9 de abril de 2006

Introducción a la celebración:

"Hermanos y hermanas queridos, jóvenes aquí presentes y jóvenes del mundo entero: con esta asamblea litúrgica entramos en la Semana santa para vivir la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Del mismo modo que los discípulos aclamaron a Jesús como Mesías, como el que viene en el nombre del Señor, también nosotros le cantamos con alegría, y confesamos nuestra fe: él es la Palabra única y definitiva de Dios Padre, él es la Palabra hecha carne, él es quien nos ha hablado del Dios invisible. Amadísimos jóvenes, sólo meditando con asiduidad la Palabra de Dios aprenderéis a amar a Jesucristo, sólo en él conoceréis la verdad y la libertad, sólo participando en su Pascua daréis sentido y esperanza a vuestra vida. Hermanos y hermanas, sigamos a Cristo: los ramos de olivo, signo de la paz mesiánica, y los ramos de palma, signo del martirio, don de la vida a Dios y a los hermanos, con los que ahora aclamaremos a Jesús como Mesías, testimonian nuestra adhesión firme al misterio pascual que celebramos

* * *



Queridos hermanos y hermanas:

Desde hace veinte años, gracias al Papa Juan Pablo II, el domingo de Ramos ha llegado a ser de modo particular el día de la juventud, el día en que los jóvenes en todo el mundo van al encuentro de Cristo, deseando acompañarlo en sus ciudades y en sus pueblos, para que esté en medio de nosotros y pueda instaurar su paz en el mundo. Pero si queremos ir al encuentro de Jesús y después avanzar con él por su camino, debemos preguntarnos: ¿Por qué camino quiere guiarnos? ¿Qué esperamos de él? ¿Qué espera él de nosotros?

Para entender lo que sucedió el domingo de Ramos y saber qué significa, no sólo para aquella hora, sino para toda época, es importante un detalle, que también para sus discípulos se transformó en la clave para la comprensión del acontecimiento, cuando, después de la Pascua, repasaron con una mirada nueva aquellas jornadas agitadas.

Jesús entra en la ciudad santa montado en un asno, es decir, en el animal de la gente sencilla y común del campo, y además un asno que no le pertenece, sino que pide prestado para esta ocasión. No llega en una suntuosa carroza real, ni a caballo, como los grandes del mundo, sino en un asno prestado. San Juan nos relata que, en un primer momento, los discípulos no lo entendieron. Sólo después de la Pascua cayeron en la cuenta de que Jesús, al actuar así, cumplía los anuncios de los profetas, que su actuación derivaba de la palabra de Dios y la realizaba. Recordaron -dice san Juan- que en el profeta Zacarías se lee: "No temas, hija de Sión; mira que viene tu Rey montado en un pollino de asna" (Jn 12, 15; cf. Za 9, 9).

Para comprender el significado de la profecía y, en consecuencia, de la misma actuación de Jesús, debemos escuchar todo el texto de Zacarías, que prosigue así: "El destruirá los carros de Efraím y los caballos de Jerusalén; romperá el arco de combate, y él proclamará la paz a las naciones. Su dominio irá de mar a mar y desde el río hasta los confines de la tierra" (Za 9, 10). Así afirma el profeta tres cosas sobre el futuro rey.

En primer lugar, dice que será rey de los pobres, pobre entre los pobres y para los pobres. La pobreza, en este caso, se entiende en el sentido de los anawin de Israel, de las almas creyentes y humildes que encontramos en torno a Jesús, en la perspectiva de la primera bienaventuranza del Sermón de la montaña. Uno puede ser materialmente pobre, pero tener el corazón lleno de afán de riqueza material y del poder que deriva de la riqueza. Precisamente el hecho de que vive en la envidia y en la codicia demuestra que, en su corazón, pertenece a los ricos. Desea cambiar la repartición de los bienes, pero para llegar a estar él mismo en la situación de los ricos de antes.

La pobreza, en el sentido que le da Jesús -el sentido de los profetas-, presupone sobre todo estar libres interiormente de la avidez de posesión y del afán de poder. Se trata de una realidad mayor que una simple repartición diferente de los bienes, que se limitaría al campo material y más bien endurecería los corazones. Ante todo, se trata de la purificación del corazón, gracias a la cual se reconoce la posesión como responsabilidad, como tarea con respecto a los demás, poniéndose bajo la mirada de Dios y dejándose guiar por Cristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros (cf. 2 Co 8, 9).

La libertad interior es el presupuesto para superar la corrupción y la avidez que arruinan al mundo; esta libertad sólo puede hallarse si Dios llega a ser nuestra riqueza; sólo puede hallarse en la paciencia de las renuncias diarias, en las que se desarrolla como libertad verdadera. Al rey que nos indica el camino hacia esta meta -Jesús- lo aclamamos el domingo de Ramos; le pedimos que nos lleve consigo por su camino.

En segundo lugar, el profeta nos muestra que este rey será un rey de paz; hará desaparecer los carros de guerra y los caballos de batalla, romperá los arcos y anunciará la paz. En la figura de Jesús esto se hace realidad mediante el signo de la cruz. Es el arco roto, en cierto modo, el nuevo y verdadero arco iris de Dios, que une el cielo y la tierra y tiende un puente entre los continentes sobre los abismos. La nueva arma, que Jesús pone en nuestras manos, es la cruz, signo de reconciliación, de perdón, signo del amor que es más fuerte que la muerte. Cada vez que hacemos la señal de la cruz debemos acordarnos de no responder a la injusticia con otra injusticia, a la violencia con otra violencia; debemos recordar que sólo podemos vencer al mal con el bien, y jamás devolviendo mal por mal.

La tercera afirmación del profeta es el anuncio de la universalidad. Zacarías dice que el reino del rey de la paz se extiende "de mar a mar (...) hasta los confines de la tierra". La antigua promesa de la tierra, hecha a Abraham y a los Padres, se sustituye aquí con una nueva visión: el espacio del rey mesiánico ya no es un país determinado, que luego se separaría de los demás y, por tanto, se pondría inevitablemente contra los otros países. Su país es la tierra, el mundo entero. Superando toda delimitación, él crea unidad en la multiplicidad de las culturas. Atravesando con la mirada las nubes de la historia que separaban al profeta de Jesús, vemos cómo desde lejos emerge en esta profecía la red de las comunidades eucarísticas que abraza a la tierra, a todo el mundo, una red de comunidades que constituyen el "reino de la paz" de Jesús de mar a mar hasta los confines de la tierra.

Él llega a todas las culturas y a todas las partes del mundo, adondequiera, a las chozas miserables y a los campos pobres, así como al esplendor de las catedrales. Por doquier él es el mismo, el Único, y así todos los orantes reunidos, en comunión con él, están también unidos entre sí en un único cuerpo. Cristo domina convirtiéndose él mismo en nuestro pan y entregándose a nosotros. De este modo construye su reino.

Este nexo resulta totalmente claro en la otra frase del Antiguo Testamento que caracteriza y explica la liturgia del domingo de Ramos y su clima particular. La multitud aclama a Jesús: "Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor (Mc 11, 9; Sal 118, 25). Estas palabras forman parte del rito de la fiesta de las tiendas, durante el cual los fieles dan vueltas en torno al altar llevando en las manos ramos de palma, mirto y sauce.