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martes, 1 de mayo de 2018

María: Madre de Jesús, y Nuestra Madre.

Gracias a “la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha ni defecto.” (1 Pedro 1,19)

   
   LAS DIOSAS PAGANAS
Pastores y teólogos de diferentes denominaciones cristianas acusan a la Iglesia Católica de “Mariolatría”, es decir, un culto idolátrico a la Madre de Jesús. Para justificar su tesis relacionan la veneración a María con la devoción que se daba en la antigüedad a las diversas divinidades politeístas. En las Sagradas Escrituras podemos destacar especialmente a la “diosa reina del cielo” (Regina deam coeli) en Egipto (Jeremías  44, 16-19), al lado de Asera, deidad cananea de la fertilidad. Los israelitas practicaban una mezcla de tributo en los llamados “lugares altos” (2 Reyes 23,5-8; Ezequiel 6,6), que consistían en santuarios con altares, estantes para incienso, columnas sagradas de piedra y postes simbólicos de madera o troncos de árbol esculpidos en forma femenina, conocidos como “el poste de Asera” (Deuteronomio 16,21). Igualmente, Los arqueólogos han encontrado cientos de estatuillas de terracota en Jerusalén y Judá, sobre todo en las ruinas de los hogares particulares. La mayoría son representaciones de una mujer desnuda con senos de un tamaño exagerado. Los expertos opinan que las figuras eran “talismanes para facilitar la concepción y el alumbramiento”.

En los textos Neo Testamentarios se menciona a Artemisa, para los griegos, o Diana, para los romanos, cuyo culto estaba muy arraigado en Éfeso (Turquía). Patrona de la ciudad, y diosa de la caza, el nacimiento y la fertilidad. En esta localidad se guardaba una estatua suya que supuestamente había caído “del cielo”. Se suponía que Júpiter había arrojado a la tierra una imagen de madera de esta diosa (Hechos 19,35). Con motivo de las fiestas en su honor, la metrópoli se llenaba de visitantes todos los años entre marzo y abril. Los peregrinos adquirían gran cantidad de artículos religiosos: recuerdos, amuletos, imágenes para el culto familiar. Varias inscripciones antiguas de Éfeso hablan de la fabricación de esfinges de Artemisa en oro y plata, y otras mencionan al gremio de los plateros (Hechos 19, 24-25). Su templo estaba considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo. Era idolatrada en este lugar y en toda Asia (Hechos 19,27).


LA MATERNIDAD DIVINA
La mitología pagana para los egipcios, babilónicos, griegos, romanos, zoroastrianos o hindúes; está repletas de relatos sobre el advenimiento a la tierra de sus “dioses” o de los “hijos de sus dioses”. A diferencia de estas fábulas fantasiosas, la revelación divina nos explica que María fue la Madre del Mesías prometido desde la antigüedad a los patriarcas y profetas de la nación de Israel (Hechos 3,22-25). El término “encarnación” viene del latín incarnare, y hace énfasis al hecho de que el Hijo de Dios sólo podía ser verdaderamente el Salvador del género humano, si adoptaba enteramente un cuerpo y un alma, con todo lo que implicaba haber tenido nuestra propia naturaleza (Hebreos 2,14). La palabra “encarnación” no aparece en la Biblia, pero el equivalente griego es sarki (en carne), lo que da a entender que Cristo Jesús asumió la jomoíoma, que significa: “forma”, “semejanza”, “apariencia” o “parecido” a cada uno de nosotros; en cuanto al haber nacido de una mujer (Gálatas 4,4; Romanos 8,3; Filipenses 2,7). Sin embargo, por el mismo hecho de ser Dios, no tuvo en su vida terrenal imperfección alguna: “Porque él también estuvo sometido a las mismas pruebas que nosotros; sólo que él jamás pecó”  (Hebreos 4,15), “nunca cometió ningún crimen, ni hubo engaño en su boca” (Isaías 53,9; 1 Pedro 2,22), “Él es santo, sin mancha, apartado de los pecadores” (Hebreos 7,26).
Es un dogma de fe en el catolicismo creer que María Santísima en el momento mismo de su concepción fue preservada del pecado original, tal cual como se encontraban nuestros primeros padres, antes del pecado original. El apóstol Pablo en sus cartas menciona a Jesús como el “nuevo Adán” (Romanos 5, 14; 1 Corintios 15, 45). Es por ello, que se relacionan a María como la “nueva Eva”, según la descripción que encontramos en Génesis 3,15: “Haré que haya enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Ella te pisará la cabeza mientras tú herirás su talón” (Biblia Latinoamericana).
Por otra parte, aunque el salmista proclama: “En pecado me concibió mi madre” (51,5). No obstante, el ángel Gabriel alude a María como la siempre “llena de gracia” (Lucas 1, 28), por un privilegio único y especial otorgado por el Padre Eterno desde el cielo, en atención a los méritos de su Unigénito. La carne y la sangre de Cristo, son carne y sangre que le vienen de Ella. Sobre este punto podemos analizar cuatro factores:
El Espíritu de Dios confiesa que Jesucristo ha venido en carne (1 Juan 4,2). Y todo aquel que lo niegue es el anticristo  (2 Juan 1,7).
Durante el embarazo la madre alimenta a su hijo por nacer de su sangre a través de la placenta que se encuentra unida a la pared del útero, y se conecta con el feto por el cordón umbilical.
Gracias a “la sangre preciosa de Cristo, el Cordero sin mancha ni defecto.” (1 Pedro 1,19), se realiza un nuevo pacto (Mateo 26,26-28; 1 Corintios 11,23-26), para la redención y el perdón de los pecados (Efesios 1,7; 1 Juan 1,7).
Análisis de laboratorio han comprobado que la sangre detectada tanto en la sábana que se cree cubrió el cuerpo de Cristo después de haber sido bajado de la cruz y que se conserva en Turín (Italia), es la misma del sudario de Oviedo (España), que es un pequeño paño que se presume envolvió el rostro del Señor. Ambos corresponden al tipo AB. Un 16 % de la población semítica o hebrea posee este tipo de sangre.
Si decimos que María no tuvo pecado alguno, esto no la exime de las consecuencias que trae la misma falta en los seres humanos, como son los padecimientos y la propia muerte. Su Hijo Jesucristo se describe como “un hombre lleno de dolor, acostumbrado al sufrimiento” (Isaías 53,3; 1 Pedro 2, 21). “El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias’” (Isaías 53,4; Mateo 8, 16-17). En la cruz del Calvario grita y muere con dolor (Mateo 27,50).
Siguiendo esta línea, el evangelista y médico Lucas anota que cuando se encontraba en Belén “llegó para María el momento del parto y dio a luz a su hijo primogénito” (Lucas 2,6-7). Esto es una referencia a los síntomas que siente toda mujer en este estado. En la etapa de la gestación, algunas madres experimentan cólicos similares a los dolores del ciclo menstrual. En el parto las contracciones son prolongadas, intensas y frecuentes. El apóstol Juan en una visión en el libro del Apocalipsis agrega: “Apareció en el cielo una señal grandiosa: una mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza. Está embarazada y grita de dolor, porque le ha llegado la hora de dar a luz” (12,1-2).
Algunos místicos y revelaciones particulares, afirman que el alumbramiento de María fue algo especial como un rayo atravesando un cristal. Pero más bien, podemos estar inclinados a creer que fue un procedimiento normal, con rompimiento de fuente y expulsión de la criatura a través de la vagina. En este proceso bien pudo haber intervenido su esposo José, porque la palabra de Dios no especifica que haya habido ninguna otra persona en este momento crucial en la historia de la salvación.
Después del desembarazo, ella siguió siendo la “siempre y bienaventurada Virgen María”, ya que la Maternidad Divina no puede explicarse desde un plano solamente fisiológico, sino que está enmarcado en lo sobrenatural, “porque ninguna cosa es imposible para Dios” (Lucas 1, 37).
Como toda Madre, María nutrió al Emmanuel con su leche materna. San Agustín, afirma que “María fue la Mujer que dio leche a aquel que nos dio el pan de vida eterna”. En la misma localidad de Belén se puede visitar la llamada “Gruta de la Leche”, donde según una piadosa leyenda la Virgen Santísima mientras amamantaba al Niño Dios dejó caer una gotas de su calostro, al instante las rocas se tornaron blancas y blandas. Desde entonces este lugar es objeto de veneración por los cristianos y musulmanes, sobre todo por las mujeres estériles o lactantes que le piden por estos dos favores a la progenitora del Mesías.