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domingo, 2 de enero de 2011

Epifanía perenne


Escrito por Dr. Antonio J. Molina
Jueves, 30 de Diciembre de 2010 09:39

Puerto Rico vibra con la devoción de los Reyes Magos.

Los santeros, artesanos que trabajaban la madera, constituyen un interesante fenómeno, y único, de las artes plásticas puertorriqueñas que se destaca en la historia de Latinoamérica, al igual que más tarde, en los años 50 descolló el cartel puertorriqueño. En el centro de este

hemisferio la cartelística nuestra marca un hito en su género.

Cuando yo estudiaba “Problemas Sociales” en 1964 en la Academia Eicholz, en Colonia, Alemania, comprendí cómo

los nacionales de aquel lugar guardaban predilecto cariño a los Santos Reyes, pues conservan en valiosos relicarios de oro y plata los supuestos cuerpos de esos sabios del Oriente que fueron a adorar en Belén al Divino Niño.

Yo les contaba a mis condiscípulos que la primacía en el amor a esos personajes la tenían los puertorriqueños, y que desconocíamos el origen de ese sentimiento.

A don Ricardo E. Alegría, el personaje que más ha hecho por la cultura puertorriqueña de todos los tiempos, se le debe indiscutiblemente, el que en la edad actual el puertorriqueño adquiriera ese respeto y admiración por los santos de palo. De hecho los antropólogos pudieran estudiar ese sentido de reafirmación cultural que para el boricua representó adoptar como muy suya esa veneración, guardando celosamente la tradición, no solamente en el territorio de la Isla sino en cada hogar puertorriqueño en Estados Unidos y en cualquier parte del mundo donde resida.

Cuando fui en 1973 a dar una conferencia sobre arte puertorriqueño en la Universidad Libre de Berlín, como parte de mi labor voluntaria en la UNESCO, quise llevar algo de Puerto Rico y le pregunté al gran pintor Félix Bonilla Norat, pensando que me iba a decir de alguna pintura pero él decididamente me dijo: “llévale los Tres Reyes…” que le compré a Helen Santiago, de la Galería de ese nombre, en San Juan. Sugiero respetuosamente a los que estudian la Historia de Puerto Rico que busquen en los numerosos libros que se han escrito sobre los santos de aquí, toda la parafernalia que rodea al asunto, y cómo aquellos primitivos artesanos buscaban ciertas maderas, cortándolas en ciertas fechas, y la ingenua simbología para cada imagen, sin olvidar que el santero que recorría los campos vendiendo sus obras tenía cierta aureola de religiosidad con reconocida buena conducta y una conversación a tono con la mercancía que llevaba. La imagen del Cristo nunca se vendía, quizás se daba a compradores generosos o a los compadres. Del compadrazgo del país hasta han escrito los gobernadores que aquí estuvieron. Algunos compraban los santos por una “promesa”, tradición muy bella que habla de la sensibilidad de aquellas buenas gentes… que fueron fundadores de los pueblos. Decía Voltaire que “si no hubiese Dios… había que inventarlo”. El espíritu religioso es necesario para toda comunidad y el ejemplo a recordar es que todas las civilizaciones antiguas, desde las más primitivas, siempre tuvieron necesidad de creer en un Ser Superior, Creador de lo que veían alrededor y de ellos mismos.

La Iglesia con la sabiduría que le viene de Dios, que para civilizar tuvo que destruir los ídolos paganos, conservó con gran inteligencia la representación de los santos, los verdaderos amigos del Creador, como simples testimonios de su existencia, al igual que las naciones representan a sus héroes, o en el hogar hay el retrato del abuelo o de un ser querido.

¡Los Tres Reyes montados a caballo, no en camellos, fueron para nosotros un signo de amor, de generosidad, de justicia y de espiritualidad.

Por todo lo dicho, nuestra Isla debe mantener la bella tradición que tanto agrada a los niños… ¡y a los mayores!

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